jueves, 1 de marzo de 2018

Ciencia ficción

Así como en la antigüedad, cuando los pueblos no podían entender algo, inventaban historias que intentaban explicarlo, en nuestra era y al ver con los fines que se utilizan los adelantos tecnológicos, sobre todo luego de las guerras mundiales, los autores comenzaron a plantearse: ¿Qué será de la humanidad con este nuevo invento? Así nacen este tipo de relatos que conocemos como "Ciencia ficción". Esta ficción pertenece al no realismo y está definida por la calidad del elemento sobrenatural, que tiene que estar relacionado con la ciencia o la tecnología y es casi siempre una proyección futura. 
Debemos aclarar que hay antecedentes del 1600 que pueden ser considerados Ciencia ficción, relatos de Cyrano de Bergerac que escribió la historia de un viaje a la luna o Swif que también escribió sobre la misma temática, mucho antes que se hable del género. ¿Sabías que a Frankestein lo podríamos considerar ciencia ficción? Tratá de pensar ¿por qué?
A continuación habrá tres cuentos de Ray Bradbury, que forman parte de un libro que se llama El hombre ilustrado, uno trata de un accidente espacial, otro de un conflicto en el planeta Marte, y otro de robots. Como suele ocurrir con la literatura cada historia trata además un conflicto del comportamiento humano, tratá de definir cuál en el que leas. 
Basta de charla, este es un gran libro y espero que disfrutes de las historias elegidas...



MARIONETAS S.A.
RAY BRADBURY

Caminaban lentamente por la calle, a eso de las diez de la noche, hablando con tranquilidad. No tenían más de treinta y cinco años. Estaban muy serios.
—Pero ¿por qué tan temprano? —dijo Smith.
—Porque sí —dijo Braling.
—Tu primera salida en todos estos años y te vuelves a casa a las diez.
—Nervios, supongo.
—Me pregunto cómo te las habrás ingeniado. Durante diez años he tratado de sacarte a beber una copa. Y hoy, la primera noche, quieres volver en seguida.
—No tengo que abusar de mi suerte —dijo Braling.
—Pero, ¿qué has hecho? ¿Le has dado un somnífero a tu mujer?
—No. Eso sería inmoral. Ya verás.
Doblaron la esquina.
—De veras, Braling, odio tener que decírtelo, pero has tenido mucha paciencia con ella. Tu matrimonio ha sido terrible.
—Yo no diría eso.
—Nadie ignora cómo consiguió casarse contigo. Allá, en 1979, cuando ibas a salir para Río.
—Querido Río. Tantos proyectos y nunca llegué a ir.
—Y cómo ella se desgarró la ropa, y se desordenó el cabello, y te amenazó con llamar a la policía si no te casabas con ella.
—Siempre fue un poco nerviosa, Smith, entiéndelo.
—Había algo más. Tú no la querías. Se lo dijiste, ¿no es así?
—En eso siempre fui muy firme.
—Pero sin embargo te casaste.
—Tenía que pensar en mi empleo, y también en mi madre, y en mi padre. Una cosa así hubiese terminado con ellos.
—Y han pasado diez años.
—Sí —dijo Braling, mirándolo serenamente con sus ojos grises—. Pero creo que todo va a cambiar. Mira.
Braling sacó un largo billete azul.
—¡Cómo! ¡Un billete para Río! ¡El cohete del jueves!
—Sí, al fin voy a hacer mi viaje.
—¡Es maravilloso! Te lo mereces de veras. Pero, ¿y tu mujer, no se opondrá? ¿No te hará una escena?
Braling sonrió nerviosamente.
—No sabe que me voy. Volveré de Río de Janeiro dentro de un mes y nadie habrá notado mi ausencia, excepto tú.
Smith suspiró.
—Me gustaría ir contigo.
—Pobre Smith, tu matrimonio no ha sido precisamente un lecho de rosas, ¿eh?
—No, exactamente. Casado con una mujer que todo lo exagera. Es decir, después de diez años de matrimonio, ya no esperas que tu mujer se te siente en las rodillas dos horas todas las noches; ni que te llame al trabajo doce veces al día, ni que te hable en media lengua. Y parece como si en este último mes se hubiese puesto todavía peor. Me pregunto si no será una simple.
—Ah, Smith, siempre el mismo conservador. Bueno, llegamos a mi casa. ¿Quieres conocer mi secreto? ¿Cómo pude salir esta noche?
—Me gustaría saberlo.
—Mira allá arriba —dijo Braling.
Los dos hombres se quedaron mirando el aire oscuro. En una ventana del segundo piso apareció una sombra. Un hombre de treinta y cinco años, de sienes canosas, ojos tristes y grises y bigote minúsculo se asomó y miró hacia abajo.
—Pero, cómo, ¡eres tú! —gritó Smith.
—¡Chist! ¡No tan alto!
Braling agitó una mano. El hombre respondió con un ademán y desapareció.
—Me he vuelto loco —dijo Smith.
—Espera un momento.
Los hombres esperaron. Se abrió la puerta de calle y el alto caballero de los finos bigotes y los ojos tristes salió cortésmente a recibirlos.
—Hola, Braling —dijo.
—Hola, Braling —dijo Braling.
Eran idénticos. Smith abría los ojos.
—¿Es tu hermano gemelo? No sabía que…
—No, no —dijo Braling serenamente—. Inclínate. Pon el oído en el pecho de Braling Dos. Smith titubeó un instante y al fin se inclinó y apoyó la cabeza en las impasibles costillas. Tic—tic—tic—tic—tic—tic—tic—tic.
—¡Oh, no! ¡No puede ser!
—Es.
—Déjame escuchar de nuevo. Tlc—tic—tic—tic—tic—tic—tic—tic. Smith dio un paso atrás y parpadeó, asombrado. Extendió una mano y tocó los brazos tibios y las mejillas del muñeco.
—¿Dónde lo conseguiste?
—¿No está bien hecho?
—Es increíble. ¿Dónde?
—Dale al señor tu tarjeta, Braling Dos.
Braling Dos movió los dedos como un prestidigitador y sacó una tarjeta blanca. MARIONETAS, SOCIEDAD ANÓNIMA
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—No —dijo Smith.
—Sí —dijo Braling.
—Claro que sí —dijo Braling Dos.
—¿Desde cuándo lo tienes?
—Desde hace un mes. Lo guardo en el sótano, en el cajón de las herramientas. Mi mujer nunca baja, y sólo yo tengo la llave del cajón. Esta noche dije que salía a comprar unos cigarros. Bajé al sótano, saqué a Braling Dos de su encierro, y lo mandé arriba, para que acompañara a mi mujer, mientras yo iba a verte, Smith.
—¡Maravilloso! ¡Hasta huele como tú! ¡Perfume de Bond Street y tabaco Melachrinos!
—Quizás me preocupe por minucias, pero creo que me comporto correctamente. Al fin y al cabo mi mujer me necesita a mí. Y esta marioneta es igual a mí, hasta el último detalle. He estado en casa toda la noche. Estaré en casa con ella todo el mes próximo. Mientras tanto otro caballero paseará al fin por Río. Diez años esperando ese viaje. Y cuando yo vuelva de Río, Braling Dos volverá a su cajón. Smith reflexionó un minuto o dos.
—¿Y seguirá marchando solo durante todo ese mes? —preguntó al fin.
—Y durante seis meses, si fuese necesario. Puede hacer cualquier cosa —comer, dormir, transpirar cualquier cosa, y de un modo totalmente natural. Cuidarás muy bien a mi mujer, ¿no es cierto, Braling Dos?
—Su mujer es encantadora —dijo Braling Dos—. Estoy tomándole cariño. Smith se estremeció.
—¿Y desde cuándo funciona Marionetas, S. A.?
—Secretamente, desde hace dos años.
—Podría yo… quiero decir, sería posible… —Smith tomó a su amigo por el codo—. ¿Me dirías dónde puedo conseguir un robot, una marioneta, para mí? Me darás la dirección, ¿no es cierto?
—Aquí la tienes.
Smith tomó la tarjeta y la hizo girar entre los dedos.
—Gracias —dijo—. No sabes lo que esto significa. Un pequeño respiro. Una noche, una vez al mes… Mi mujer me quiere tanto que no me deja salir ni una hora. Yo también la quiero mucho, pero recuerda el viejo poema: «El amor volará si lo dejas; el amor volará si lo atas.» Sólo deseo que ella afloje un poco su abrazo.
—Tienes suerte, después de todo. Tu mujer te quiere. La mía me odia. No es tan sencillo.
—Oh, Nettie me quiere locamente. Mi tarea consistirá en que me quiera cómodamente.
—Buena suerte, Smith. No dejes de venir mientras estoy en Río. Mi mujer se extrañará si desaparecieras de pronto. Tienes que tratar a Braling Dos, aquí presente, lo mismo que a mí.
—Tienes razón. Adiós. Y gracias.
Smith se fue, sonriendo, calle abajo. Braling y Braling Dos se encaminaron hacia la casa. Ya en el ómnibus, Smith examinó la tarjeta silbando suavemente. Se ruega al señor cliente que no hable de su compra. Aunque ha sido presentado al Congreso un proyecto para legalizar Marionetas, S. A., la ley pena aún el uso de los robots.
—Bueno —dijo Smith.
Se le sacará al cliente un molde del cuerpo y una muestra del color de los ojos, labios, cabellos, piel, etc. El cliente deberá esperar dos meses a que su modelo esté terminado. No es tanto, pensó Smith. De aquí a dos meses mis costillas podrán descansar al fin de los apretujones diarios. De aquí a dos meses mi mano se curará de esta presión incesante. De aquí a dos meses mi aplastado labio inferior recobrará su tamaño normal. No quiero parecer ingrato, pero… Smith dio vuelta la tarjeta. Marionetas, S. A. funciona desde hace dos años. Se enorgullece de poseer una larga lista de satisfechos clientes. Nuestro lema es «Nada de ataduras.» Dirección: 43 South Wesley.
El ómnibus se detuvo. Smith descendió, y caminó hasta su casa diciéndose a sí mismo: Nettie y yo tenemos quince mil dólares en el banco. Podría sacar unos ocho mil con la excusa de un negocio. La marioneta me devolverá el dinero, y con intereses. Nettie nunca lo sabrá.
Abrió la puerta de su casa y poco después entraba en el dormitorio. Allí estaba Nettie, pálida, gorda, y serenamente dormida.
—Querida Nettie. —Al ver en la semioscuridad ese rostro inocente, Smith se sintió aplastado, casi, por los remordimientos—. Si estuvieses despierta me asfixiarías con tus besos y me hablarías al oído. Me haces sentir, realmente, como un criminal. Has sido una esposa tan cariñosa y tan buena. A veces me cuesta creer que te hayas casado conmigo, y no con Bud Chapman, aquel que tanto te gustaba. Y en este último mes has estado todavía más enamorada que antes.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió de pronto deseos de besarla, de confesarle su amor, de hacer pedazos la tarjeta, de olvidarse de todo el asunto. Pero al adelantarse hacia Nettie sintió que la mano le dolía y que las costillas se le quejaban. Se detuvo, con ojos desolados, y volvió la cabeza. Salió de la alcoba y atravesó las habitaciones oscuras. Entró canturreando en la biblioteca, abrió uno de los cajones del escritorio, y sacó la libreta de cheques.
—Sólo ocho mil dólares —dijo—. No más. —Se detuvo—. Un momento. Hojeó febrilmente la libreta.
—¡Pero cómo! —gritó—. ¡Faltan diez mil dólares! —Se incorporó de un salto—. ¡Sólo quedan cinco mil!
¿Qué ha hecho Nettie? ¿Qué ha hecho con ese dinero? ¿Más sombreros, más vestidos, más perfumes? ¡Ya sé! ¡Ha comprado aquella casita a orillas del Hudson de la que ha estado hablando durante tantos meses! Se precipitó hacia el dormitorio, virtuosamente indignado. ¿Qué era eso de disponer así del dinero? Se inclinó sobre su mujer.
—¡Nettie! —gritó—. ¡Nettie, despierta!
Nettie no se movió.
—¡Qué has hecho con mi dinero! —rugió Smith.
Nettie se agitó, ligeramente. La luz de la calle brillaba en sus hermosas mejillas. A Nettie le pasaba algo. El corazón de Smith latía con violencia. Se le secó la boca. Se estremeció. Se le aflojaron las rodillas.
—¡Nettie, Nettie! —dijo—. ¿Qué has hecho con mi dinero?
Y en seguida, esa idea horrible. Y luego el terror y la soledad. Y luego el infierno, y la desilusión. Smith se inclinó hacia ella, más y más, hasta que su oreja febril descansó, firmemente, irrevocablemente, sobre el pecho redondo y rosado.
—¡Nettie! —gritó.
Tic—tic—tic—tic—tic—tic—tic—tic—tic—tic—tic—tic—tic—tic.
Mientras Smith se alejaba por la avenida, internándose en la noche, Braling y Braling. Los dos se volvieron hacia la puerta de la casa.
—Me alegra que él también pueda ser feliz —dijo Braling.
—Sí —dijo Braling Dos distraídamente.
—Bueno, ha llegado la hora del cajón, Braling Dos.
—Precisamente quería hablarle de eso —dijo el otro Braling mientras entraban en la casa— . El sótano. No me gusta. No me gusta ese cajón.
—Trataré de hacerlo un poco más cómodo.
—Las marionetas están hechas para andar, no para quedarse quietas. ¿Le gustaría pasarse las horas metido en un cajón?
—Bueno…
—No le gustaría nada. Sigo funcionando. No hay modo de pararme. Estoy perfectamente vivo y tengo sentimientos.
—Esta vez sólo será por unos días. Saldré para Río y entonces podrás salir del cajón. Podrás vivir arriba. Braling Dos se mostró irritado.
—Y cuando usted regrese de sus vacaciones, volveré al cajón.
—No me dijeron que iba a vérmelas con un modelo difícil.
—Nos conocen poco —dijo Braling Dos—. Somos muy nuevos. Y sensitivos. No me gusta nada imaginarlo al sol, riéndose, mientras yo me quedo aquí pasando frío.
—Pero he deseado ese viaje toda mi vida —dijo Braling serenamente.
Cerró los ojos y vio el mar y las montañas y las arenas amarillas. El ruido de las olas le acunaba la mente. El sol le acariciaba los hombros desnudos. El vino era magnífico.
—Yo nunca podré ir a Río —dijo el otro—. ¿Ha pensado en eso?
—No, yo…
—Y algo más. Su esposa.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó Braling alejándose hacia la puerta del sótano.
—La aprecio mucho.
Braling se pasó nerviosamente la lengua por los labios.
—Me alegra que te guste.
—Parece que usted no me entiende. Creo que… estoy enamorado de ella.
Braling dio un paso adelante y se detuvo.
—¿Estás qué?
—Y he estado pensando —dijo Braling Dos— qué hermoso sería ir a Río, y yo que nunca podré ir…
Y he pensado en su esposa y… creo que podríamos ser muy felices, los dos, yo y ella.
—M—m—muy bien. —Braling caminó haciéndose el distraído hacia la puerta del sótano—.
Espera un momento, ¿quieres? tengo que llamar por teléfono. Braling Dos frunció el ceño.
—¿A quién?
—Nada importante.
—¿A Marionetas, Sociedad Anónima? ¿Para decirles que vengan a buscarme?
—No, no… ¡Nada de eso!
Braling corrió hacia la puerta. Unas manos de hierro lo tomaron por los brazos.
—¡No se escape!
—¡Suéltame!
—No.
—¿Te aconsejo mi mujer hacer esto?
—No.
—¿Sospechó algo? ¿Habló contigo? ¿Está enterada?
Braling se puso a gritar. Una mano le tapó la boca.
—No lo sabrá nunca, ¿me entiende? No lo sabrá nunca.
Braling se debatió.
—Ella tiene que haber sospechado. ¡Tiene que haber influido en ti!
—Voy a encerrarlo en el cajón. Luego perderé la llave y compraré otro billete para Río, para su esposa.
—¡Un momento, un momento! ¡Espera! No te apresures. Hablemos con tranquilidad.
—Adiós, Braling.
Braling se endureció.
—¿Qué quieres decir con «adiós»?
Diez minutos más tarde, la señora Braling abrió los ojos. Se llevó la mano a la mejilla. Alguien la había besado. Se estremeció y alzó la vista.
—Cómo… No lo hacías desde hace años —murmuró.
—Ya arreglaremos eso —dijo alguien.


Calidoscopio
Ray Bradbury

El primer impacto rajó la nave como si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.
—Barkley, Barkley, ¿dónde estás?
Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.
—¡Woode, Woode!
—¡Capitán!
—Hollis, Hollis, aquí Stone.
—Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?
—¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo… Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!
Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.
Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.
—Nos alejamos unos de otros.                                                                               
Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.
Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.
—Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?
—Depende de tu velocidad y la mía.
—Una hora, supongo.
—Algo así —dijo Hollis, pensativo y tranquilo.
—¿Qué sucedió? —preguntó Hollis al cabo de un minuto.
—El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?
—¿Hacia dónde caes?
—Creo que me estrellaré en el Sol.
—Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, arderé como una cerilla.
Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.
Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.
—¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! —exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!
—¿Quién habla?
—No lo sé.
—Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?
—Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!
—Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?
Una pausa. Seguían separándose unos de otros.
—¿Stimson?
—Sí —replicó por fin.
—Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.
—No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.
—Hay una posibilidad de que nos encuentren.
—Si, sí, seguro —dijo Stimson—. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.
—Es una pesadilla —dijo alguien.
—¡Cállate! —ordenó Hollis.
—Ven y hazme callar —contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria—. Ven y hazme callar.
Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo…, y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.
¡Y seguían cayendo y cayendo!
Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.
—¡Basta!
El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.
Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.
“Da lo mismo —pensó Hollis—. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?”
Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.
Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.
—Hollis, ¿sigues ahí?
Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.
—Aquí Applegate otra vez.
—¿Qué hay, Applegate?
—Hablemos. No podemos hacer otra cosa.
El capitán intervino.
—Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.
—Capitán, ¿por qué no se calla?
—¿Qué?
—Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.
—¡Compórtese, Applegate!
—No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.
—¡Le ordeno que se calle!
—Adelante, vuelva a ordenarlo. —Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más—. ¿Dónde estábamos, Hollis? Ah, sí, ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.
Hollis, desesperado, cerró los puños.
—Quiero confesarte algo —prosiguió Applegate—. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.
Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.
Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad… Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.
¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.
—¿Estás enfadado, Hollis?
—No.
Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.
—Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.
—No tiene importancia.
Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso… El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.
Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?
Uno de los otros hombros estaba hablando.
—Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.
“Pero ahora estás aquí —pensó Hollis—. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca.”
Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:
—¡Todo ha terminado, Lespere!
Silencio.
—¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!
—¿Quién habla? —preguntó Lespere temblorosamente.
—Soy Hollis.
Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.
—Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?
—No.
—Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?
—¡Sí, es mejor!
—¿Por qué?
—Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! —gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.
Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.
—¿Y para qué te sirve eso? —Gritó a Lespere—. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.
—Estoy tranquilo —contestó Lespere—. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.
—¿Perverso?
Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. “Perverso”. La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.
—Cálmate, Hollis.
Alguien había escuchado su voz sofocada.
Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson… Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la “serenidad”, que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.
—Sé lo que sientes, Hollis —dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada—. No me has ofendido.
“Pero, ¿no somos iguales? —Se preguntó un aturdido Hollis—. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra.”
Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.
Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?
Un momento después descubrió que su pie derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.
—¿Hollis?
Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.
—Aquí Applegate de nuevo —dijo la voz.
—Sí.
—He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?
—Sí
—Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Cuando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.
Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.
—Gracias, Applegate.
—No hay de qué. Y anímate, bobo.
—¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?
—¿Stimson?
Todos escuchaban atentamente:
—Debe de haber muerto.
—No lo creo. ¡Stimson!
Volvieron a escuchar.
Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta…
—Es él. Escuchad.
—¡Stimson!
Nadie respondió.
Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.
—No contestará.
—Ha perdido el conocimiento. Dios lo ayude.
—Es él, escuchen.
Una respiración apenas audible, el silencio.
—Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Considérenlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.
Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.
—¡Eh! —dijo Stone.
—¿Qué?
Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.
—Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.
—¿Meteoritos?
—Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, qué hermoso es todo esto!
Silencio.
—Me voy con ellos —prosiguió Stone—. Me llevan con ellos. Estoy condenado. —Y se rió de buena gana.
Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.
—Adiós, Hollis. —La voz de Stone, ya muy debilitada—. Adiós.
—Buena suerte —gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.
—No te hagas el gracioso —dijo Stone.
Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.
Todas las voces iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.
—Adiós.
—Tómatelo con calma.
—Adiós, Hollis —dijo Applegate.
Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.
Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood… Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.
“¿Y yo? —pensó Hollis—. ¿Qué puedo hacer?. ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta… Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra.”
Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz… Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.
“Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro.”
—Me pregunto si alguien me verá —dijo en voz alta.
Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.
—¡Mira, mamá! ¡Mira! —gritó—. ¡Una estrella fugaz!
La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.
—Pide un deseo —dijo la madre del niño—. Pide un deseo.


EL OTRO PIÉ
Ray Bradbury

Cuando oyeron las noticias salieron de los restaurantes y los cafés y los hoteles y observaron el cielo.
Las manos oscuras protegieron los ojos en blanco. Las bocas se abrieron. A lo largo de miles de kilómetros, bajo la luz del mediodía, se extendían unos pueblitos donde unas gentes oscuras, de pie sobre sus sombras, alzaban los ojos.
Hattie Johnson tapó la olla donde hervía la sopa, se secó los dedos con un trapo, y fue lentamente hacia el fondo de la casa.
¡Ven, Ma!
¡Eh, Ma, ven!
¡Te lo vas a perder!
¡Eh, Ma!
Los tres negritos bailaban chillando en el patio polvoriento. De cuando en cuando miraban ansiosamente hacia la casa.
—Ya voy —dijo Hattie, y abrió la puerta de tela de alambre—. ¿Dónde oísteis la noticia?
—En casa de Jones, Ma. Dicen que viene un cohete. Por primera vez después de veinte años.
¡Y con un hombre blanco dentro!
—¿Cómo es un hombre blanco, Ma? Nunca vi ninguno.
—Ya sabrás cómo es —dijo Hattie—. Sí, ya lo sabrás, de veras.
—Dinos cómo es, Ma. Cuéntanos, por favor.
Hattie frunció el ceño.
—Bueno, han pasado muchos años. Yo era sólo una niñita, ¿sabeis? Fue en 1965.
¡Cuéntanos del hombre blanco, Ma!
Hattie salió al patio, y miró el cielo marciano, claro y azul, con las tenues nubes blancas marcianas, y más allá, a lo lejos, las colinas marcianas que se tostaban al sol. Y dijo al fin:
—Bueno, ante todo tienen manos blancas.
¡Manos blancas!
Los chicos se rieron lanzándose manotones.
—Y tienen brazos blancos.
¡Brazos blancosl
—Y caras blancas.
¡Caras blancas! ¿De veras?
—¿Blanca como ésta, Ma? —El más pequeño de los negritos se arrojó un puñado de polvo a la cara y lanzó un estornudo—. ¿Así de blanca?
—Más blanca aún —dijo la negra gravemente, y se volvió otra vez hacia el cielo. Tenía como una sombra de inquietud en los ojos, como si esperara una tormenta y no pudiese verla—. Será mejor que entréis, chicos.
¡Oh, Ma! —Los negritos la miraron asombrados—. Tenemos que verlo, Ma. No va a pasar nada, ¿no?
—No sé. Tengo un mal presentimiento.
—Sólo queremos ver el cohete, e ir al aeródromo, y ver al hombre blanco. ¿Cómo es el hombre blanco, Ma?
—No lo sé. No lo sé de veras —murmuró la mujer, sacudiendo la cabeza.
¡Cuéntanos algo más!
—Bueno, los blancos viven en la Tierra, el lugar de donde vinimos todos nosotros hace veinte años. Salimos de allí y nos vinimos a Marte y construimos las ciudades, y aquí estamos. Ahora somos marcianos y no terrestres. Y ningún hombre blanco vino a Marte en todo este tiempo. Eso es todo.
—¿Por qué no vinieron, Ma?
—Bueno, porque… Apenas llegamos, estalló en la Tierra una guerra atómica. Pelearon entre ellos, de un modo terrible. Se olvidaron de nosotros. Cuando terminaron de pelear, no tenían más cohetes. Sólo hace poco pudieron construir algunos. Y ahora vienen a visitarnos después de tanto tiempo. —La mujer miró distraídamente a sus hijos, y se alejó unos metros—. Esperad aquí. Voy a ver a Elizabeth Brown.
—Bueno, Ma.
La mujer se alejó calle abajo.
Llegó a la casa de los Brown en el momento en que todos se subían al coche.
—Eh, Hattie, ¡ven con nosotros!
—¿A dónde van? —dijo la mujer, sin aliento, corriendo hacia ellos.
¡A ver al hombre blanco!
—Eso es —dijo el señor Brown, muy serio—. Mis chicos nunca vieron uno, y yo casi no me acuerdo.
—¿Qué van a hacer con el hombre blanco? –les preguntó Hattie.
—¿A hacer? Vamos a verlo, nada más.
—¿Seguro?
—¿Y qué podíamos hacer?
—No sé —dijo Hattie vagamente, algo avergonzada—. ¿No van a lincharlo?
—¿A lincharlo? —Todos se rieron. El señor Brown se palmeó una rodilla—. ¡Dios te bendiga, criatura!
Vamos a estrecharle la mano. ¿No es cierto? Todos nosotros.
¡Claro, claro!
Otro coche se acercó corriendo. Hattie lanzó un grito:
¡Willie!
—¿A dónde piensan ir? ¿Dónde están los chicos? —les gritó agriamente el marido de Hattie, mirándolos con furia—. Se van como idiotas a ver a ese blanco…
—Exactamente —asintió el señor Brown, sonriendo.
—Bueno, llévense sus armas —dijo Willie—. Yo voy a buscar la mía ahora mismo.
¡Willie!
—¡Entra en este coche, Hattie. —El negro abrió la puerta, y así la sostuvo, hasta que la mujer obedeció. Sin volver a hablar con los otros, se lanzó por el camino polvoriento.
¡Willie, no tan rápido!
—No tan rápido, ¿eh? Ya lo veremos. –Willie miró el camino que se precipitaba bajo el coche—. ¿Con qué derecho vienen aquí después de tantos años? ¿Por qué no nos dejan tranquilos? ¿Por qué no se habrán matado unos a otros en ese viejo mundo, permitiéndonos vivir en paz?
—Willie, no hablas como un cristiano.
—No me siento como un cristiano —dijo Willie furiosamente, asiendo con fuerza el volante—. Me siento malvado. Después de hacernos, durante tantos años, todo lo que nos hicieron… A mis padres y a los tuyos… ¿Recuerdas? ¿Recuerdas cómo colgaron a mi padre en Knockwood Hill, y cómo mataron a mamá? ¿Recuerdas? ¿O tienes tan poca memoria como los otros?
—Recuerdo —dijo la mujer.
—¿Recuerdas al doctor Phillips, y al señor Burton, y sus casas enormes, y la cabaña de mi madre, y a mi viejo padre que seguía trabajando a pesar de sus años? El doctor Phillips y el señor Burton le dieron las gracias poniéndole una soga al cuello. Bueno —dijo Willie—, todo ha cambiado. El zapato aprieta ahora en el otro pie. Veremos quién dicta leyes contra quién, quién lincha, quién viaja en el fondo de los coches, quién sirve de espectáculo en las ferias. Vamos a verlo.
—Oh, Willie, no hables así. Nos traerá mala suerte.
—Todo el mundo habla así. Todo el mundo ha pensado en este día, creyendo que nunca iba a llegar. Todos pensábamos: “¿Qué pasará el día que un hombre blanco venga a Marte?” Pues bien, el día ha llegado, y ya no podemos retroceder.
—¿No vamos a dejar que los blancos vivan aquí en Marte?
—Sí, seguro. —Willie sonrió, pero con una ancha sonrisa de maldad. Había furia en sus ojos—. Pueden venir y trabajar aquí. ¿Por qué no? Pero para merecerlo tendrán que vivir en los barrios bajos, y lustrarnos los zapatos, y barrernos los pisos, y sentarse en la última fila de butacas. Sólo eso les pedimos. Y una vez por semana colgaremos a uno o dos. Nada más.
—No hablas como un ser humano, y no me gusta.
—Tendrás que acostumbrarte —dijo Willie. Se detuvo frente a la casa y saltó fuera del coche—. Voy a buscar mis armas y un trozo de cuerda. Respetaremos el reglamento.
¡Oh, Willie! —gimió la mujer, y allí se quedó, sentada en el coche, mientras su marido subía de prisa las escaleras y entraba en la casa dando un portazo.
Al fin Hattie siguió a su marido. No quería seguirlo, pero allá estaba Willie, agitándose en la buhardilla, maldiciendo como un loco, buscando las cuatro armas. Hattie veía el salvaje metal de los caños que brillaba en la oscura bohardilla, pero no podía ver a Willie. ¡Era tan negro! Sólo oía sus juramentos. Al fin las piernas de Willie aparecieron en la escalera, envueltas en una nube de polvo. Willie amontonó los cartuchos de cápsulas amarillas, y sopló en los cargadores, y metió en ellos las balas, con un rostro serio y grave, como ocultando una amargura interior.
—Déjennos solos —murmuraba, abriendo mecánicamente los brazos—. Déjennos solos. ¿Por qué no nos dejan?
—Willie, Willie.
—Tú también… tú también.
Y Willie miró a su mujer con la misma mirada, y Hattie se sintió tocada por todo ese odio. A través de la ventana se veía a los niños que hablaban entre ellos.
—Blanco como la leche, dijo Ma. Blanco como la leche.
—Blanco como esta flor vieja, ¿ves?
—Blanco como una piedra como la tiza del colegio.
Willie salió de la casa.
—Chicos, adentro. Os encerraré. No habrá hombre blanco para vosotros. No hablaréis de él. Nada.
—Pero, papá 
El hombre los empujó al interior de la casa, y fue a buscar una lata de pintura y un pincel, y sacó del garaje una cuerda peluda y gruesa, en la que hizo un nudo corredizo, con manos torpes, mientras examinaba cuidadosamente el cielo.
Y luego se metieron en el coche, y se alejaron sembrando a lo largo de la carretera unas apretadas nubes de polvo.
—Despacio, Willie.
—No es tiempo de ir despacio —dijo Willie—. Es tiempo de ir de prisa, y yo tengo prisa.
Las gentes miraban el cielo desde los bordes del camino, o subidas a los coches, o llevadas por los coches, y las armas asomaban como telescopios orientados hacia los males de un mundo en agonía.
Hattie miró las armas.
—Has estado hablando —dijo acusando a su marido.
—Sí, eso he hecho —grunó Willie, y observó orgullosamente el camino—. Me detuve en todas las casas, y les dije que debían hacer: sacar las armas, buscar la pintura, traer las cuerdas, y estar preparados. Y aquí estamos ahora: el comité de bienvenida, para entregarles las llaves de la ciudad. ¡Sí, señor!
La mujer juntó las manos delgadas y oscuras, como para rechazar el terror que estaba invadiéndola.
El coche saltaba y se sacudía entre los otros coches.
Hattie oía las voces que gritaban:
¡Eh, Willie! ¡Mira! —y veía pasar rápidamente las manos que alzaban las cuerdas y las armas, y las bocas que sonreían.
—Hemos llegado —dijo Willie, y detuvo el automóvil en el polvo y el silencio. Abrió la puerta de un puntapié, salió cargado con sus armas, y se metió en los campos del aeródromo.
—¿Lo has pensado, Willie?
—No he hecho otra cosa en veinte años. Tenía dieciséis años cuando dejé la Tierra. Y muy contento. No había nada allí para mí, ni para ti, ni para ninguno de nosotros. Jamás me he arrepentido. Aquí vivimos en paz. Por primera vez respiramos a gusto. Vamos, adelante.
Willie se abrió paso entre la oscura multitud que venía a su encuentro
—Willie, Willie, ¿qué vamos a hacer? —decían los hombres.
—Aquí tienen un fusil —les dijo Willie—. Aquí otro fusil. Y otro. —Les entregaba las armas con bruscos movimientos—. Aquí tienen. Una pistola. Un rifle.
La gente estaba tan apretada que semejaba un solo cuerpo oscuro, con mil brazos extendidos hacia las armas.
—Willie, Willie.
Hattie, erguida y silenciosa, apretaba los labios, con los grandes ojos trágicos y húmedos.
—Trae la pintura —le dijo Willie.
Y la mujer cruzó el campo con una lata de pintura, hasta el lugar donde en ese momento se detenía un ómnibus con un letrero recién pintado en el frente: A LA PISTA DE ATERRIZAJE DEL HOMBRE BLANCO. El ómnibus traía un grupo de gente armada que salió de un salto y corrió trastabillando por el aeródromo, con los ojos fijos en el cielo. Mujeres con canastas de comida; hombres con sombreros de paja, en mangas de camisa. El ómnibus se quedó allí, vacío, zumbando.
Willie se meció en el coche, instaló las latas, las abrió, revolvió la pintura, probó un pincel, y se subió a un asiento.
¡Eh, oiga! —El conductor se acercó por detrás, con su tintineante cambiador de monedas—. ¿Qué hace? ¡Fuera de aquí!
—Vas a ver lo que hago. Espera un poco.
Y Willie mojó el pincel en la pintura amarilla. Pintó una B y una L y una A y una N y una C y una O y una S con una minuciosa y terrible aplicación. Y cuando Willie terminó su trabajo, el conductor arrugó los párpados y leyó: BLANCOS: ASIENTOS DE ATRAS. Leyó otra vez: BLANCOS. Guiñó un ojo. ASIENTOS DE ATRAS. El conductor miró a Willie y sonrió.
—¿Te gusta? —le preguntó Willie descendiendo.
Y el conductor respondió:
—Mucho, señor. Me gusta mucho.
Hattie miraba el letrero desde afuera, con las manos apretadas contra el pecho.
Willie volvió a reunirse con la multitud. Esta aumentaba con cada coche que se detenía gruñendo, y con cada ómnibus que llegaba tambaleándose desde el pueblo cercano.
Willie se subió a un cajón.
—Nombremos a unos delegados para que pinten todos los ómnibus en la hora próxima. ¿Hay voluntarios?
Las manos se alzaron.
¡Adelante!
Los hombres se fueron a pintar.
—Nombremos a unos delegados para separar con cuerdas los asientos de los cines. Las dos últimas filas para los blancos.
Más manos.
¡Adelante!
Los hombres corrieron.
Willie miró a su alrededor, transpirado, fatigado por el esfuerzo, orgulloso de su energía, con la mano en el hombro de su mujer. Hattie miraba el suelo con los ojos bajos.
—Veamos —anunció Willie—. Ah, sí. Tenemos que votar una ley esta misma tarde. ¡Se prohíben los
matrimonios entre razas de distinto color!
—Eso es —dijeron algunos.
—Todos los lustrabotas dejan hoy su empleo.
¡Ahora mismo!
Algunos de los hombres arrojaron al suelo unos trapos que habían traído del pueblo, aturdidos por la excitación.
—Votaremos una ley sobre salarios mínimos, ¿no es cierto?
¡Seguro!
—Se les pagará, por lo menos, diez centavos por hora.
—¡Eso es!
El alcalde de la ciudad se acercó corriendo.
—Oye, Willie Johnson. ¡Bájate de ese cajón!
—Alcalde, nada podrá sacarme de aquí.
—Estás provocando un tumulto, Willie Johnson.
—Justo.
—Cuando eras chico, odiabas todo esto. No eres mejor que esos blancos que ahora atacas.
—Las cosas han cambiado, alcalde —dijo Willie, desviando la vista y mirando los rostros que se extendían ante él: algunos sonrientes, otros titubeantes, otros asombrados, y otros que se alejaban disgustados y temerosos.
—Te arrepentirás, Willie —dijo el alcalde.
—Haremos una elección y tendremos otro alcalde —dijo Willie, y volvió los ojos hacia el pueblo, donde, calles abajo y calles arriba, se colgaban unos letreros recién pintados: EL ESTABLECIMIENTO SE RESERVA EL DERECHO DE NO ACEPTAR A ALGUN CLIENTE. Willie mostró los dientes y golpeó las manos. ¡Señor!
Y se detuvo a los ómnibus y se pintaron de blanco los últimos asientos, como para sugerir quiénes serían los futuros ocupantes. Y unos hombres alegres invadieron los teatros y tendieron unas cuerdas, mientras sus mujeres los miraban desde las aceras, sin saber qué hacer. Y algunos encerraron a sus niños en las casas, para apartarlos de esas horas terribles.
—¿Todos listos? —preguntó Willie Johnson, alzando una soga bien anudada.
¡Listos! —gritó media multitud. La otra mitad murmuró y se movió como figuras de una pesadilla
de la que deseaban huir.
¡Ahí viene! —dijo un niño.
Como cabezas de títeres, movidas por una sola cuerda, las cabezas de la multitud se volvieron hacia arriba.
En lo más alto del cielo, un hermoso cohete lanzaba un ardiente penacho anaranjado. El cohete describió un círculo amplio y descendió, y todos lo miraron con la boca abierta. El campo ardió, aquí y allá, y luego el fuego se fue apagando. El cohete inmóvil descansó unos instantes. Y al fin, mientras la multitud esperaba en silencio, en un costado de la nave se abrió una puerta y dejó escapar una bocanada de oxígeno. Un hombre viejo apareció en el umbral.
—Un blanco, un blanco, un blanco…
Las palabras corrieron por la expectante multitud. Los niños se hablaron al oído, empujándose suavemente; las palabras retrocedieron en ondas hasta los últimos hombres y hasta los ómnibus bañados por la luz y golpeados por el viento. De las abiertas ventanillas salía un olor a pintura fresca. El murmullo se alejó lentamente, y al fin dejó de oírse.
Nadie se movió.
El hombre blanco era alto y esbelto, pero llevaba en el rostro las huellas de un profundo cansancio. No se había afeitado ese día, y sus ojos eran tan viejos como pueden serlo los ojos de un hombre todavía vivo. Eran ojos incoloros, casi blancos. Las cosas que había visto en su vida habían destruido la mirada. El hombre era delgado como un arbusto en invierno. Le temblaban las manos, y mientras miraba a la multitud buscó apoyo en los quicios de la puerta.
El hombre blanco sonrió débilmente, y extendió una mano, y la dejó caer.
Nadie se movió.
El hombre observó atentamente los rostros, y quizá vio, sin verlos, los fusiles y las cuerdas, y quizá olió la pintura. Nadie llegó a preguntárselo. El hombre blanco comenzó a hablar. Comenzó lentamente, dulcemente, como si no esperase ninguna interrupción. Nadie lo interrumpió Su voz era una voz fatigada, vieja y uniforme.
—No importa quién soy —les dijo—. De todos modos, no sería más que un nombre para vosotros. Yo tampoco sé vuestros nombres. Eso vendrá más tarde. —Se detuvo, cerró los ojos un momento, y luego continuó—: Hace veinte años dejasteis la Tierra. Han sido años tan largos, tan largos… Pasaron tantas cosas… Son más de veinte siglos. Cuando os fuisteis estalló la guerra. —El hombre asintió con un lento movimiento de cabeza—. Sí, la gran guerra, la tercera. Duró mucho. Hasta el año pasado. Bombardeamos todas las ciudades. Destruimos Nueva York y Londres, y Moscú, y París, y Shanghai, y Bombay, y Alejandría. Lo arruinamos todo. Y cuando terminamos con las grandes ciudades, nos volvimos hacia las más pequeñas, y lanzamos sobre ellas nuestras bombas atómicas…
Y el hombre nombró ciudades y lugares y calles.
Y mientras los nombraba un murmullo se elevó de la multitud.
—Destruimos Natchez…
Un murmullo.
—Y Columbus, Georgia…
Otro murmullo.
—Quemamos Nueva Orleans…
Un suspiro.
—Y Atlanta….
Un nuevo suspiro.
—Y no quedó nada de Greenwater, Alabama.
Willie Johnson alzó la cabeza y abrió la boca. Hattie vio el gesto de Willie y los recuerdos que le venían a los ojos.
—No quedó nada —dijo el viejo, hablando lentamente—. Ardieron los algodonales.
¡Oh! —dijeron todos.
—Los molinos de algodón cayeron bajo las bombas…
¡Oh!
—Y las fábricas, radiactivas; todo radiactivo. Los caminos y las granjas y los alimentos, radiactivos. Todo.
El hombre nombró otras ciudades y pueblos.
—Tampa.
—Mi pueblo —dijo alguien.
—Fulton.
—El mío —murmuró otro.
—Memphis.
Una voz indignada:
—¿Memphis? ¿Quemaron Memphis?
—Memphis saltó en pedazos.
—¿La calle Cuatro de Memphis?
—Toda la ciudad —dijo el viejo.
La multitud comenzó a agitarse. Una ola los llevaba al pasado. Veinte años. Los pueblos y las plazas, los árboles y los edificios de ladrillo, los carteles y las iglesias y las tiendas familiares. Todo volvía a la superficie entre las gentes del aeródromo. Cada nombre despertaba un recuerdo, y todos pensaban en algún otro día. Todos eran, excepto los niños, suficientemente viejos.
—Laredo.
—Recuerdo Laredo.
—Nueva York.
—Yo tenía una tienda en Harlem.
—Harlem, bombardeado.
Las palabras siniestras. Los lugares familiares. El esfuerzo de imaginar todo en ruinas.
Willie Johnson murmuró:
—Greenwater. Alabama. El pueblo donde nací. Lo veo aún.
—Destruido. Todo.
Destruido. Todo. Así decía el hombre.
Y el hombre continuó:
—Destruimos todo y arruinamos todo, como estúpidos que éramos y somos todavía. Matamos a millones. No creo que los sobrevivientes pasen de quinientos mil. Y de todo ese desastre salvamos un poco de metal, construimos este único cohete, y vinimos a Marte, a pediros ayuda.
El hombre se detuvo y miró hacia abajo, y escrutó los rostros como para ver qué podía esperar. Pero no estaba seguro.
Hattie Johnson sintió que el brazo de su marido se endurecía y vio que sus dedos apretaban la cuerda.
—Hemos sido unos insensatos —dijo el hombre serenamente—. Destruimos la Tierra y su civilización. No vale ya la pena reconstruir las ciudades. La radiactividad durará todo un siglo. La Tierra ha muerto. Su vida ha terminado. Vosotros tenéis cohetes. Cohetes que no habéis intentado usar, pues no queríais volver a la Tierra. Yo ahora os pido que los uséis. Que vayáis a la Tierra a recoger a los sobrevivientes y traerlos a Marte. Os pido vuestra ayuda. Hemos sido unos estúpidos. Confesamos ante Dios nuestra estupidez y nuestra maldad. Chinos, hindúes, y rusos, e ingleses y americanos. Os pedimos que nos dejéis venir. El suelo marciano se mantiene casi virgen desde hace innumerables siglos. Hay sitio para todos. Es un buen suelo… Lo he visto desde el aire. Vendremos y trabajaremos la tierra para vosotros. Sí, hasta haremos eso. Merecemos cualquier castigo; pero no nos cerréis las puertas. No podemos obligaros ahora. Si queréis subiré a mi nave y volveré a la Tierra. Pero si no, vendremos y haremos todo lo que vosotros hacíais… Limpiaremos las casas, cocinaremos, os lustraremos los zapatos, y nos humillaremos ante Dios por lo que hemos hecho durante siglos contra nosotros mismos, contra otras gentes, contra vosotros.
El hombre calló. Había terminado.
Se oyó un silencio hecho de silencios. Un silencio que uno podía tomar con la mano, un silencio que cayó sobre la multitud como la sensación de una tormenta distante. Los largos brazos de los negros colgaban como péndulos oscuros a la luz del sol, y sus ojos se clavaban en el viejo. El viejo no se movía. Esperaba.
Willie Johnson sostenía aún la cuerda entre las manos. Los hombres a su alrededor lo observaban atentamente. Su mujer Hattie esperaba, tomada de su brazo.
Hattie Johnson hubiese querido entrar en el interior de aquel odio, y examinarlo hasta descubrir una grieta, una falla. Entonces podría sacar un guijarro o una piedra, o un ladrillo, y luego parte de una pared, y pronto todo el edificio se vendría abajo. Ahora mismo ya estaba tambaleándose. ¿Pero dónde estaba la piedra angular? ¿Cómo llegar a ella? ¿Cómo sacarla y convertir ese odio en un montón de ruinas?
Hattie miró a su marido, hundido en el silencio. No entendía qué pasaba, pero conocía a su marido, conocía su vida, y de pronto comprendió que él, Willie, era la piedra angular. Comprendió que sin él todo caería en pedazos.
—Señor… —Hattie dio un paso adelante. No sabía cómo empezar. La multitud le clavó los ojos en la espalda. Sintió esas miradas—. Señor…
El hombre se volvió hacia Hattie con una débil sonrisa.
—Señor —dijo Hattie—, ¿conoce usted Knockwood Hill en Greenwater, Alabama?
El viejo le habló por encima del hombro a alguien que estaba dentro de la nave. Un momento después le alcanzaban un mapa fotográfico. El hombre esperó.
—¿Conoce el viejo roble en la cima de la colina, señor?
El viejo roble. El sitio donde habían baleado al padre de Willie, donde lo habían colgado. El sitio donde lo habían descubierto, balanceado por el viento del alba.
—Sí.
—¿Todavía está? —preguntó Hattie.
—No —dijo el viejo—. Saltó en pedazos. Toda la colina ha desaparecido, y el árbol también. ¿Ve? —Señaló el lugar en el mapa.
—Déjeme ver —dijo Willie adelantándose y mirando la fotografía.
Hattie parpadeó ante el hombre blanco. El corazón se le salía del pecho.
—Hábleme de Greenwater —dijo rápidamente.
—¿Qué quiere saber?
—El doctor Phillips, ¿vive todavía?
Pasó un momento. Encontraron la información en una máquina tintineante, en el interior del cohete…
—Muerto en la guerra.
—¿Y su hijo?
—Muerto.
—¿Qué pasó con la casa?
—Se incendió. Como todas las casas.
—¿Y qué pasó con aquel otro viejo árbol de Knockwood Hill?
—Todos los árboles murieron.
—¿Aquel árbol también? ¿Está usted seguro? —preguntó Willie.
—Sí.
El cuerpo de Willie pareció aflojarse.
—¿Y qué pasó con la casa del señor Burton, y el señor Burton?
—No quedó en pie ninguna casa. Murieron todos los hombres.
—¿Y la cabaña de la señora Johnson, mi madre?
El sitio donde la habían matado.
—Desapareció también. Todo desapareció. Aquí están las fotografías. Usted mismo puede verlo.
Allí estaban las fotografías. Podía tenerlas en la mano, mirarlas, pensar en ellas. El cohete estaba lleno de fotografías y respuestas. Cualquier pueblo, cualquier edificio, cualquier sitio.
Willie se quedó, allí, inmóvil, con la cuerda en las manos.
Estaba recordando la Tierra, la Tierra verde y el pueblo verde donde había nacido y crecido. Y pensaba en ese pueblo, hecho pedazos, destruido, arruinado, y en todos sus lugares, en todos aquellos lugares relacionados con algún mal, y en todos sus hombres muertos, y en los establos, y las herrerías, y las tiendas de antigüedades, los cafés, las tabernas, los puentes, los árboles con sus ahorcados, las colinas sembradas de balas, los senderos, las vacas, las mimosas, y su propia casa, y las casas de columnas a orillas del río, esas tumbas blancas en donde mujeres delicadas como polillas revoloteaban a la luz del otoño, distantes, lejanas. Esas casas en donde los hombres fríos se balanceaban en sus mecedoras, con los vasos de alcohol en la mano, y los fusiles apoyados en las balaustradas del porche, mientras aspiraban el aire del otoño y meditaban en la muerte. Ya no estaban allí, ya nunca volverían. Sólo quedaba, de toda aquella civilización, un poco de papel picado esparcido por el suelo. Nada, nada que él, Willie, pudiese odiar… ni la cápsula vacía de una bala, ni una cuerda de cáñamo, ni un árbol, ni siquiera una colina. Nada sino unos desconocidos en un cohete, unos desconocidos que podían lustrarle los zapatos y viajar en los últimos asientos de los ómnibus o sentarse en las últimas filas de los cines oscuros.
—No tienen por qué hacer eso —murmuró Willie Johnson.
Su mujer le miró las manos.
Los dedos de Willie estaban abriéndose.
La cuerda cayó al suelo y se dobló sobre sí misma.
Los hombres corrieron por las calles del pueblo y arrancaron los letreros tan rápidamente dibujados y borraron la pintura amarilla de los ómnibus, y cortaron los cordones que dividían los teatros, y descargaron los fusiles, y guardaron las cuerdas.
—Un nuevo principio para todos —dijo Hattie, en el coche, al regresar.
—Sí —dijo Willie al cabo de un rato—. El Señor ha salvado a algunos: unos pocos aquí y unos pocos allá. Y el futuro está ahora en nuestras manos. El tiempo de la tortura ha concluido. Seremos cualquier cosa, pero no tontos. Lo comprendí en seguida al oír a ese hombre. Comprendí que los blancos están ahora tan solos como lo estuvimos nosotros. No tienen casa y nosotros tampoco la teníamos. Somos iguales. Podemos empezar otra vez. Somos iguales.
Willie detuvo el coche y se quedó sentado, inmóvil, mientras Hattie hacía salir a los chicos. Los chicos corrieron hacia el padre.
—¿Has visto al hombre blanco? ¿Lo has visto? —gritaron.
—Sí, señor —dijo Willie, sentado al volante, pasándose lentamente la mano por la cara—. Me parece que hoy he visto por primera vez al hombre blanco… Lo he visto de veras, claramente.



El Canon Miserable

Episodio número 12, especial por el festejo de la independencia, cuentos, un mensaje desde lejos y acordes que muestran un rumbo. E...