miércoles, 28 de febrero de 2018

Mitos

Los mitos, ¿eran una especie de ciencia primitiva? ¿eran relatos religiosos? ¿con qué fines se inventaban estos relatos? Son todas preguntas que aún hoy se siguen discutiendo. Lo concreto es que todos los pueblos inventaban historias para explicar todo aquello que les preocupaba o que les daba curiosidad y no podían tener certezas sobre eso que era inexplicable, que en muchos casos hoy siguen siendo inexplicables aunque contamos con la ciencia y la tecnología para conocer más sobre por ejemplo ¿qué es y cómo se produce un rayo, un trueno, la lluvia, por qué se mueve la luna, el sol? Te imaginás las cosas que pensarían los pueblos primitivos tratando de explicar por qué la luna se va moviendo y va cambiando su forma día por día. Todos los pueblos inventaron relatos mitológicos, muchos están relacionados a la religión de cada pueblo aunque hay muchos especialistas que opinan que por ejemplo los griegos no creían sagrado esos relatos. De los griegos heredamos una gran cantidad de este tipo de relatos, fue un pueblo que por distintos motivos habían creado una cantidad enorme de relatos mitológicos y una variedad enorme de historias y deidades. El siguiente video nos permite tener un pantallazo de esos relatos.


Así como hicieron los griegos, todos los pueblos han creado sus historias, las explicaciones de su origen, del origen del universo, de los factores climatológicos, las particularidades de los cuerpos celestes, etc. A continuación tenés dos videos: uno para ver por ejemplo que cada pueblo de américa tenía sus relatos antes de la conquista, y ver que la variedad es inmensa y sólo es una aproximación para elegir y seguir investigando por tu cuenta. El segundo elijo algunos de los relatos Mayas, simplemente porque es el que se conservó a través de un libro y es el que más difusión tiene.




A continuación tenés dos relatos griegos y uno de la tradición judeo cristiana.

El mito de Protágoras

Hubo una vez una época en la que ya existían los dioses, pero aún no las especies mortales. Llegado el tiempo fijado por el destino para el nacimiento de estas últimas, los dioses las modelaron en el seno de la tierra mediante una mezcla de fuego, de tierra y de aquellos otros elementos que se combinan con ambos. Y llegado el momento de sacarlas a la luz, ordenaron a Prometeo y a Epimeteo que distribuyesen entre ellas cualidades de un modo ordenado y adecuado.
Epimeteo pidió a Prometeo que le dejase hacer tal distribución: “una vez hecha, le dijo, tú la supervisarás”. Y después que le convenció, inició su tarea. En su reparto dio a unas especies fuerza sin velocidad, y a las más débiles les otorgó ésta; a otras les concedió defensas naturales, y a las que carecían de ellas, dióles un medio distinto para su seguridad. A las que hizo indefensas por su pequeñez, les otorgó alas para huir, o una morada subterránea. A las que dotó de gran tamaño, con él les concedió su seguridad. Y así distribuyó equilibradamente todas las cualidades, para que ninguna especie pudiera ser aniquilada.
Y una vez que dio medios a cada especie para poder escapar a la reciproca destrucción, distribuyó defensas contra las inclemencias climatológicas venidas de Zeus, revistiéndolas de espesas pelambres y gruesas pieles, aptas para proteger ya del frío, ya del calor, y para que, cuando fueran a dormir, esas mismas pelambres y pieles les sirvieran de lecho natural. Y calzó a unos con a modo de zuecos, a otros con resistente piel por la que no circula la sangre.
Procuró después distintos alimentos a cada especie. A unas, hierba de la tierra; a otras, frutos de los árboles; a otras, raíces; incluso a algunas les dio como alimento el devorar otros animales. Dio a éstas, poca fecundidad, en tanto que se la otorgó abundante a sus víctimas, asegurando así la preservación de la especie.
Al final, Epimeteo, que no era muy inteligente, se dio cuenta de que había consumido todas las cualidades en los seres irracionales, y que había dejado a la especie humana carente de ellas. Y no sabía qué hacer.
En medio de sus dudas se presentó Prometeo para supervisar la distribución, viendo a los demás animales bien provistos de todo, pero que el hombre estaba desnudo, descalzo, privado de abrigo e inerme. Y era inminente la llegada del día fijado por el destino, en el que el hombre tenía que emerger del seno de la tierra a la luz.
Apurado con el problema de cómo encontrar para el hombre un medio de conservación, Prometeo robó a Atenea el secreto de las artes y a Hefaistos el fuego –pues sin éste aquellas no hubieran podido ser adquiridas ni útiles- y los entregó al hombre. Así entró el hombre en posesión de las artes necesarias para la vida, excepto una, la política, que no le fue concedida. Pues Prometeo no pudo entrar en la Acrópolis, vivienda de Zeus, defendida por formidables centinelas. Por el contrario, sin ser visto, entró en la morada común a Atenea y Hefaistos, donde ejercían sus artes, y apoderándose de la del fuego, perteneciente a él, y de las de ella, se las entregó a los hombres. De este modo el hombre tuvo lo necesario para la vida. Mas Prometeo, según narra la tradición, tuvo que soportar después el castigo por su robo.
Al ser partícipe el hombre de un privilegio divino, en primer lugar fue el único entre los animales que, por su común origen con los dioses, creyó en ellos y les honró con la construcción de altares y estatuas. Después obtuvo con rapidez el arte de emitir sonidos y palabras articuladas, e inventó la vivienda, el vestido, el calzado, los medios para cubrirse y el aprovechamiento de los alimentos que provienen de la tierra. Pero los hombres, pese a estar así de provistos, vivieron en un principio dispersos, sin que existiera la polis. Por eso fueron víctimas de las fieras, al ser más débiles que ellas en todos los aspectos, ya que su habilidad práctica les bastaba para atender a la alimentación, pero era insuficiente para combatir a aquellas. Y esto se debía a que no poseían el arte de la política, del que es parte el de la guerra.
Trataron entonces de reunirse y de proveer a su conservación mediante la fundación de grupos sociales, pero, una vez reunidos, se dañaban recíprocamente, por carecer del arte de la política, de modo que se dispersaron de nuevo y siguieron pereciendo.
Temiendo Zeus que nuestra especie se aniquilara, envió a Hermes para que trajese a los hombres el sentido del respeto y de la justicia, a fin de que sirviesen en la sociedad de principios ordenadores y de lazos productores de amistad.
“¿De qué modo, preguntó Hermes a Zeus, he de buscar la distribución entre los hombres del respeto y la justicia? ¿Acaso tal como se hizo con las artes? Éstas se han repartido de tal manera que un solo médico basta para muchos profanos, e igualmente sucede con las demás profesiones. ¿Debo, pues, distribuir a los hombres el respeto y la justicia
con igual criterio o he de repartirlos entre todos?”
“Entre todos, dijo Zeus, de modo que cada uno tenga su parte, ya que la sociedad no podría subsistir, si, al modo que sucede en las demás artes, sólo unos pocos participaran de ellos. Y en mi nombre les dictarás esta ley: que se mate, como a una peste social, al que no pueda ser partícipe del respeto y de la justicia”.
  

El Mito de Pandora

A pesar de haberse vengado de Prometeo de una manera muy cruel, Zeus aún le guardaba odio por haberle enseñado a los humanos el secreto del fuego. También estaba preocupado porque si los seres humanos se hacían más poderosos, podían quitarle su trono en el Olimpo, por lo que ideó un plan: en parte para vengarse aún más de Prometeo y en parte para resguardar su posición.
Por voluntad de Zeus, su hija Nefesto modeló a una muchacha con una mezcla de arcilla y agua. Atenea le infundió el soplo de la vida y la instruyó en las artes femeninas de la costura y la cocina; Hermes, el dios alado, le enseñó la astucia y el engaño, y Afrodita le mostró como conseguir que todos los hombres la desearan. Otras diosas la vistieron de plata y le ciñeron la cabeza con una guirnalda de flores, luego la llevaron a la presencia de Zeus.
Toma este cofre -le dijo, entregándole una cajita de cobre bruñido-. Es tuyo, llévalo siempre contigo, pero no lo abras por nada del mundo. No me preguntes la razón y sé feliz, pues los dioses te han dado todo lo que las mujeres desean.
Pandora, que así se llamaba la muchacha, sonrió. Pensaba que el cofre estaba lleno de piedras preciosas.
Ahora tenemos que encontrarte un marido que te ame, y yo conozco al hombre adecuado, Epimeteo. Él te hará feliz.
Epimeteo era hermano de Prometeo, pero le faltaba toda la prudencia de su hermano. Prometeo le había advertido a su hermano que no aceptara ningún regalo de Zeus, pero él, un poco halagado y quizás temeroso de rechazarle, aceptó a Pandora como esposa. Hermes acompañó a la muchacha a la casa del flamante marido en el mundo de los hombres.
Bueno, amigo Epimeteo -le dijo- no olvides que Pandora tiene un estuche que no debe abrir por ningún concepto.
Epimeteo tomó el estuche y lo colocó en sitio seguro. Al principio, Pandora fue feliz viviendo con él y olvidó el estuche, pero con el tiempo empezó a reconcomerla el gusanillo de la curiosidad. “¿Por qué no podemos ver al menos que contiene”? se preguntaba.
Un día, mientras Epimeteo dormía, abrió el cofre, y rápidos como el viento, salieron todos los males que desde entonces nos afligen: el cansancio, la pobreza, la vejez, la enfermedad, los celos, el vicio, las pasiones, la suspicacia…
Desesperada, Pandora intentó cerrar el cofre, pero ya era demasiado tarde. La venganza de Zeus se había realizado: la raza humana no podía ser tan noble como había querido Prometeo. La vida sería una lucha constante contra dificultades de todo género. Había pocas probabilidades de que el hombre pudiera aspirar al trono de Zeus.
Pero el triunfo del rey sobre los dioses no era completo. Una cosa de nada había quedado en el fondo del estuche y Pandora consiguió encerrarla. Era la esperanza. Con ella el género humano había encontrado la manera de sobrevivir en este mundo hostil. La esperanza daba una razón para seguir viviendo.


Adán y Eva


La creación de Adán es descrita en Génesis 2:7. Dios lo creó del polvo de la tierra, sopló en su nariz el aliento de la vida y lo puso en el jardín de Edén.
Adán fue dado la labor de nombrar a los animales.
Adán estaba sólo, Dios tomó una de las costillas de Adán y formó una mujer llamada Eva.
Adán murió a la edad de 930 años.
En hebreo Adán significa: del suelo; tierra rojiza.

Jehová plantó un jardín en un lugar llamado Edén. Este jardín tenía muchas flores, árboles y animales. Luego, Dios hizo al primer hombre, Adán. Lo hizo con tierra y después le sopló en la nariz. ¿Sabes qué pasó entonces? ¡El hombre empezó a vivir! Jehová le dijo a Adán que cuidara del jardín y que les pusiera nombre a todos los animales.
Jehová le dio a Adán una orden muy importante. Le dijo: “Puedes comer fruta de cualquier árbol menos de uno, que es muy especial. Si comes la fruta de ese árbol, morirás”.
Más tarde, Jehová dijo: “Voy a hacerle una ayudante a Adán”. Así que hizo que Adán se quedara bien dormido y usó una de sus costillas para hacerle una esposa. Se llamaba Eva. Adán y Eva fueron la primera familia. ¿Cómo se sintió Adán cuando vio a su esposa?  Estaba tan contento que dijo: “¡Mira lo que Jehová ha creado con una de mis costillas! ¡Por fin hay alguien como yo!”.
Jehová les dijo a Adán y Eva que tuvieran muchos hijos y llenaran la tierra. Quería que fueran felices trabajando juntos para convertir la tierra en un paraíso. Sería un hermoso parque, como el jardín de Edén. Pero las cosas no salieron así.
Un día, mientras Eva estaba sola, una serpiente habló con ella. Le preguntó: “¿Es verdad que Dios no les deja comer las frutas de ningún árbol?”. Eva le respondió: “Podemos comer cualquier fruta, menos la de un árbol. Si comemos la de ese árbol, nos moriremos”. La serpiente dijo: “No se van a morir. Si la comen, serán como Dios”. ¿Era eso verdad? No. Era una mentira, pero Eva se la creyó. Cuanto más miraba aquella fruta, más la deseaba. Así que la probó y le dio también a Adán. Él sabía que iban a morir si desobedecían a Dios, pero de todas maneras comió.
Más tarde, Adán y Eva se escondieron porque se dieron cuenta que estaban desnudos. Cuando Dios los encontró Eva le echó la culpa a la serpiente, y Adán culpó a Eva. Jehová los expulsó del jardín. Además, puso ángeles y una espada de fuego a la entrada para que nunca más pudieran regresar.

Ahora a trabajar. Compará las historias, detectá qué cosas estaría intentado explicar cada historia, qué cosas les preocupaba a los griegos, que cosas a los hebreos (judeo-cristianos luego). Qué ocurre con el marco temporal espacial, ¿qué sabemos hoy de la procedencia del hombre? Investigá lo que nos dice la ciencia, ¿por qué el hombre pudo razonar?

martes, 27 de febrero de 2018

Leyendas de por acá



Dos versiones de:

LEYENDA DE LA FLOR DEL CEIBO:

1)
Cuenta la leyenda que en las riberas del Paraná, vivía una indiecita fea, de rasgos toscos, llamada Anahí. Era fea, pero en las tardecitas veraniegas deleitaba a toda la gente de su tribu guaraní con sus canciones inspiradas en sus dioses y el amor a la tierra de la que eran dueños... Pero llegaron los invasores, esos valientes, atrevidos y aguerridos seres de piel blanca, que arrasaron las tribus y les arrebataron las tierras, los ídolos, y su libertad.
Anahí fue llevada cautiva junto con otros indígenas. Pasó muchos días llorando y muchas noches en vigilia, hasta que un día en que el sueño venció a su centinela, la indiecita logró escapar, pero al hacerlo, el centinela despertó, y ella, para lograr su objetivo, hundió un puñal en el pecho de su guardián, y huyó rápidamente a la selva.
El grito del moribundo carcelero, despertó a los otros españoles, que salieron en una persecución que se convirtió en cacería de la pobre Anahí, quien al rato, fue alcanzada por los conquistadores. Éstos, en venganza por la muerte del guardián, le impusieron como castigo la muerte en la hoguera.
La ataron a un árbol e iniciaron el fuego, que parecía no querer alargar sus llamas hacia la doncella indígena, que sin murmurar palabra, sufría en silencio, con su cabeza inclinada hacia un costado. Y cuando el fuego comenzó a subir, Anahí se fue convirtiendo en árbol, identificándose con la planta en un asombroso milagro.
Al siguiente amanecer, los soldados se encontraron ante el espectáculo de un hermoso árbol de verdes hojas relucientes, y flores rojas aterciopeladas, que se mostraba en todo su esplendor, como el símbolo de valentía y fortaleza ante el sufrimiento.

2)
Cuenta la leyenda que esta flor es el alma de la Reina India Anahí, la más fea de una tribu indomable que habitaba en las orillas del Río Paraná.
Pero Anahí tenía una dulce voz, quizás la más bella oída jamás en aquellos parajes, además era rebelde como los de su raza y amante de la libertad como los pájaros del bosque.
Un día fue tomada prisionera, pero valiente y decidida, dio muerte al centinela que la vigilaba.
En ese mismo momento, quedó sellado su destino para siempre: condenada a morir en la hoguera, la noche siguiente, su cuerpo fue atado a un árbol de la selva, bajo y de anchas hojas.
Lentamente, Anahí fue envuelta por las llamas. Los que asistían al suplicio, comprobaron con asombro que el cuerpo de la reina india tomaba una extraña forma, y poco a poco se convertía en un árbol esbelto, coronado de flores rojas.
Al amanecer, en un claro del bosque, resplandecía el ceibo en flor.

Como todo relato anónimo, de transmisión oral, y que se ha transmitido de generación en generación es factible encontrar distintas versiones, resolver: Leé atentamente las dos versiones y tratá de encontrar semejanzas y diferencias.


LA PIEDRA MOVEDIZA

En tiempos remotos, el Sol y la Luna fueron dos esposos gigantes, creadores de La Pampa. Luego que sembraron de pastos y flores la sabana; que hicieron brotar las lagunas, y crearon los animales y los hombres, tornáronse al cielo, de donde habían bajado.
Como prenda de alianza con sus hijos, el Sol siguió enviándoles su luz de día, y la Luna derramando la suya de noche, sobre la Tierra.
Así pasaron años, siglos, edades, pero una semana, los hombres notaron algo anormal en el Sol, le vieron palidecer, casi extinguirse: era que un puma (león de la pampa) gigantesco y alado le acosaba por la inmensidad de los cielos y por ello los más hábiles guerreros de la pampa decidieron atacar al puma con sus flechas.
Una de éstas dio en el blanco, traspasando al puma, que cayó en la tierra con el vientre atravesado y la flecha saliendo por el espinazo. El monstruo, en su agonía, daba rugidos tan terribles que ninguno osaba acercarse a rematarlo.
El Sol entre tanto, había recobrado su apariencia risueña, regalaba a sus hijos con la mejor luz, y, a la hora de costumbre se ocultó.
Salió la Luna, y como viese al puma aún con vida le fue tirando piedras para ultimarlo; tantas en número que se amontonaron formando una sierra: la Sierra del Tandil.
La última piedra cayó sobre la punta de la flecha, y en ella quedó clavada, tal como los conquistadores del desierto la tenían ante su vista.
Pero el puma aunque enterrado, no estaba muerto. Al apuntar los primeros rayos de la aurora, se estremecía de rabia, se movía como si quisiera atacar de nuevo al Sol, y hacía oscilar la piedra que coronaba la flecha, siguiendo la dirección del astro.
Se dice que la piedra se cayó al moverse el puma con mayor violencia, aunque sin poder llegar a incorporarse.

INFORMACIÓN: ¿EXISTE LA PIEDRA MOVEDIZA?
La Piedra Movediza, interesante fenómeno de la naturaleza, se hallaba sobre el lomo de una sierra del sistema del Tandil, en la provincia de Buenos Aires, uno de los dos que integran la orografía bonaerense. Constituía, con su eterno vaivén, el atractivo más grande para los turistas que hasta el 29 de febrero de 1912 llegaban hasta las afueras de la ciudad de Tandil.
En efecto, y sin que hasta la fecha exista una explicación satisfactoria, ese día, la piedra que hacía milagros de equilibrio se derrumbó con estrépito y como un coloso herido de muerte cayó al vacío, despedazándose. 
Para ir pensando: ¿Cuál es el lugar en que ocurren los hechos narrados? ¿Qué elementos nos pueden informar el lugar? Enumerá los elementos sobrenaturales. ¿Qué podrían estar explicando los elementos y sus acciones? ¿Para vos, la comunidad que inventaba estos relatos creían que sucedieron así las cosas?


LA FLOR DEL IRUPÉ

Esta hermosa leyenda guaraní viene de los vocablos “i” que significa (agua) “ru” que significa (el que trae) y “pe” que significa (plato). O sea Plato que lleva el agua.
Se la conoce con el nombre de Victoria Regia, y constituye una de las flores más curiosas de nuestra flora. Con los granos de su fruto, los indígenas elaboran un pan muy exquisito. Además debemos tener en cuenta que para los pueblos guaraníes la Luna era de género masculino y que Tupá era el dios supremo creador de la luz y el universo.

Yasí Ratá (estrella) había nacido con un pequeño mal incurable; amaba los astros.
Desde pequeña quería la Luna y vivía para ella. Cuando ésta no aparecía en el cielo, Yasí lloraba insomne las noches enteras.
Y cuando el pálido satélite surcaba raudo la inmensidad cubierta de estrellas, la enamorada se vestía con las mejores galas, y pasaba la noche entera en celeste idilio con el astro. Entonces era hermosísima y la Luna le daba a su rostro un halo sobrenatural.
Así los dos enfermos se amaron mucho tiempo. Hasta que un día Yasí desesperada de vivir tan lejos de su celestial amante, decidió ir en su busca.
Subió a uno de los árboles más altos y desde él tendió los brazos para que el astro la recogiera. Pero fue inútil. Entonces bajó y trepó a la cima más alta de la montaña y allí esperó el paso de la Luna, pero también fue en vano.
Descorazonada y vencida volvió al valle y allí camino largo tiempo, sus pies desgarrados por las piedras y las espinas, manaban abundante sangre.
En su marcha llegó a un lago de aguas límpidas. Se miró en ellas y vio su imagen reflejada al lado de la Luna. ¡Era el milagro! Sin vacilar se arrojó a sus brazos, pero la imagen se desvaneció y las aguas se cerraron sobre ella cubriendo para siempre su imposible sueño.
Tupá, compadecido de aquel gran amor, la transformó en Irupé con hojas de forma de un disco lunar y que mira hacia lo alto en procura de su amado ideal. De noche cierra sus pétalos cubriendo las manchas de sangre de sus heridas, pero cuando la Luna aparece, las abre, y todavía platica con ella.



A continuación hay algunas animaciones para ir viendo si son o no leyendas:


¿Por qué esta sería una leyenda? Pensá en qué pasa con el marco temporal espacial, qué cosa que existe en la realidad explica la historia, si hay transformaciones.

 

¿Qué problemática plantea este video? ¿Cuál es el marco temporal y espacial? ¿Qué conflictos sociales plantea? 


Para pensar: ¿Por qué esta historia no sería una leyenda?

lunes, 26 de febrero de 2018

Viejo con árbol (por Roberto Fontanarrosa)


   A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.
   Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.
   Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.
   —Ojo con la vía, alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
   —No pasan trenes, casi, tranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.
   —¿No vino la hinchada?, ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo—. ¿No vino la barra brava?
   Y se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.
   —La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá, bromeó alguno.
  —Por ahí es amigo del referí, dijo otro. Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors.
   Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha —casi a desgano, aprovechando para desperezarse— cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo.
   El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.
   —¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro? —medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso. El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.
   —No—, sonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatado. —Música— dijo después, mirándolo de nuevo.
   —Algún tanguito? —Probó el Soda.
   —Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.
   El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.
   —Pero le gusta el fútbol —le dijo—. Por lo que veo.
   El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.
  —Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte —dictaminó después—. Muy emparentado.
   El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.
   —Mire usted nuestro arquero —efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra—. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales —se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba—. Bueno... Eso, eso es la escultura...
   El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.
—Vea usted —el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner— el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y siena de los muslos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.
   Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.
    —Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...
   El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.
   —Y escuche usted, escuche usted... —lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido—... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...
   El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.
   —Y vea usted a ese delantero... —señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado—... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro.
   El Soda se tomó la cabeza.
   —¿Qué cobró? —balbuceó indignado.
   —¿Cobró penal? —abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha—. ¿Qué cobrás? —gritó después, desaforado—. ¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?
   El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.
   —...¿Y eso? —se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo.
   —Y eso... —vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra—...Eso es el fútbol. 



Si querés podés ver este video realizado a partir del cuento de Fontanarrosa:


Fontanarrosa escribió muchos cuentos sobre fútbol, manejaba muy bien el sentido del humor, y narraba de un modo coloquial, tal como podemos escuchar que se habla en un bar, en nuestros barrios y sabía sacar provecho de esa combinación entre uso coloquial del lenguaje para expresar ideas o teorías académicas. En youtube hay infinidad de audios, videos, conferencias, reportajes, historietas (Hinodoro Pereyra es una de sus creaciones), aquí compartiremos un audio de otro de sus grandes cuentos leído en el programa radial de Alejandro Apo "El fútbol contó un cuento". 

Pichón de Cristo
de Roberto Fontanarrosa



El Canon Miserable

Episodio número 12, especial por el festejo de la independencia, cuentos, un mensaje desde lejos y acordes que muestran un rumbo. E...