Así como hicieron los griegos, todos los pueblos han creado sus historias, las explicaciones de su origen, del origen del universo, de los factores climatológicos, las particularidades de los cuerpos celestes, etc. A continuación tenés dos videos: uno para ver por ejemplo que cada pueblo de américa tenía sus relatos antes de la conquista, y ver que la variedad es inmensa y sólo es una aproximación para elegir y seguir investigando por tu cuenta. El segundo elijo algunos de los relatos Mayas, simplemente porque es el que se conservó a través de un libro y es el que más difusión tiene.
A continuación tenés dos relatos griegos y uno de la tradición judeo cristiana.
El mito de Protágoras
Hubo
una vez una época en la que ya existían los dioses, pero aún no las especies
mortales. Llegado el tiempo fijado por el destino para el nacimiento de estas
últimas, los dioses las modelaron en el seno de la tierra mediante una mezcla
de fuego, de tierra y de aquellos otros elementos que se combinan con ambos. Y
llegado el momento de sacarlas a la luz, ordenaron a Prometeo y a Epimeteo que
distribuyesen entre ellas cualidades de un modo ordenado y adecuado.
Epimeteo
pidió a Prometeo que le dejase hacer tal distribución: “una vez hecha, le dijo,
tú la supervisarás”. Y después que le convenció, inició su tarea. En su reparto
dio a unas especies fuerza sin velocidad, y a las más débiles les otorgó ésta;
a otras les concedió defensas naturales, y a las que carecían de ellas, dióles
un medio distinto para su seguridad. A las que hizo indefensas por su pequeñez,
les otorgó alas para huir, o una morada subterránea. A las que dotó de gran
tamaño, con él les concedió su seguridad. Y así distribuyó equilibradamente
todas las cualidades, para que ninguna especie pudiera ser aniquilada.
Y
una vez que dio medios a cada especie para poder escapar a la reciproca
destrucción, distribuyó defensas contra las inclemencias climatológicas venidas
de Zeus, revistiéndolas de espesas pelambres y gruesas pieles, aptas para
proteger ya del frío, ya del calor, y para que, cuando fueran a dormir, esas
mismas pelambres y pieles les sirvieran de lecho natural. Y calzó a unos con a
modo de zuecos, a otros con resistente piel por la que no circula la sangre.
Procuró
después distintos alimentos a cada especie. A unas, hierba de la tierra; a
otras, frutos de los árboles; a otras, raíces; incluso a algunas les dio como
alimento el devorar otros animales. Dio a éstas, poca fecundidad, en tanto que
se la otorgó abundante a sus víctimas, asegurando así la preservación de la
especie.
Al
final, Epimeteo, que no era muy inteligente, se dio cuenta de que había
consumido todas las cualidades en los seres irracionales, y que había dejado a
la especie humana carente de ellas. Y no sabía qué hacer.
En
medio de sus dudas se presentó Prometeo para supervisar la distribución, viendo
a los demás animales bien provistos de todo, pero que el hombre estaba desnudo,
descalzo, privado de abrigo e inerme. Y era inminente la llegada del día fijado
por el destino, en el que el hombre tenía que emerger del seno de la tierra a
la luz.
Apurado
con el problema de cómo encontrar para el hombre un medio de conservación,
Prometeo robó a Atenea el secreto de las artes y a Hefaistos el fuego –pues sin
éste aquellas no hubieran podido ser adquiridas ni útiles- y los entregó al
hombre. Así entró el hombre en posesión de las artes necesarias para la vida,
excepto una, la política, que no le fue concedida. Pues Prometeo no pudo entrar
en la Acrópolis, vivienda de Zeus, defendida por formidables centinelas. Por el
contrario, sin ser visto, entró en la morada común a Atenea y Hefaistos, donde
ejercían sus artes, y apoderándose de la del fuego, perteneciente a él, y de
las de ella, se las entregó a los hombres. De este modo el hombre tuvo lo
necesario para la vida. Mas Prometeo, según narra la tradición, tuvo que
soportar después el castigo por su robo.
Al
ser partícipe el hombre de un privilegio divino, en primer lugar fue el único
entre los animales que, por su común origen con los dioses, creyó en ellos y
les honró con la construcción de altares y estatuas. Después obtuvo con rapidez
el arte de emitir sonidos y palabras articuladas, e inventó la vivienda, el vestido,
el calzado, los medios para cubrirse y el aprovechamiento de los alimentos que
provienen de la tierra. Pero los hombres, pese a estar así de provistos,
vivieron en un principio dispersos, sin que existiera la polis. Por eso fueron
víctimas de las fieras, al ser más débiles que ellas en todos los aspectos, ya
que su habilidad práctica les bastaba para atender a la alimentación, pero era
insuficiente para combatir a aquellas. Y esto se debía a que no poseían el arte
de la política, del que es parte el de la guerra.
Trataron
entonces de reunirse y de proveer a su conservación mediante la fundación de
grupos sociales, pero, una vez reunidos, se dañaban recíprocamente, por carecer
del arte de la política, de modo que se dispersaron de nuevo y siguieron pereciendo.
Temiendo
Zeus que nuestra especie se aniquilara, envió a Hermes para que trajese a los
hombres el sentido del respeto y de la justicia, a fin de que sirviesen en la
sociedad de principios ordenadores y de lazos productores de amistad.
“¿De
qué modo, preguntó Hermes a Zeus, he de buscar la distribución entre los
hombres del respeto y la justicia? ¿Acaso tal como se hizo con las artes? Éstas
se han repartido de tal manera que un solo médico basta para muchos profanos, e
igualmente sucede con las demás profesiones. ¿Debo, pues, distribuir a los
hombres el respeto y la justicia
con igual criterio
o he de repartirlos entre todos?”
“Entre
todos, dijo Zeus, de modo que cada uno tenga su parte, ya que la sociedad no
podría subsistir, si, al modo que sucede en las demás artes, sólo unos pocos
participaran de ellos. Y en mi nombre les dictarás esta ley: que se mate, como
a una peste social, al que no pueda ser partícipe del respeto y de la
justicia”.
El Mito de Pandora
A
pesar de haberse vengado de Prometeo de una manera muy cruel, Zeus aún le
guardaba odio por haberle enseñado a los humanos el secreto del fuego. También
estaba preocupado porque si los seres humanos se hacían más poderosos, podían
quitarle su trono en el Olimpo, por lo que ideó un plan: en parte para vengarse
aún más de Prometeo y en parte para resguardar su posición.
Por
voluntad de Zeus, su hija Nefesto modeló a una muchacha con una mezcla de
arcilla y agua. Atenea le infundió el soplo de la vida y la instruyó en las
artes femeninas de la costura y la cocina; Hermes, el dios alado, le enseñó la
astucia y el engaño, y Afrodita le mostró como conseguir que todos los hombres
la desearan. Otras diosas la vistieron de plata y le ciñeron la cabeza con una
guirnalda de flores, luego la llevaron a la presencia de Zeus.
Toma
este cofre -le dijo, entregándole una cajita de cobre bruñido-. Es tuyo,
llévalo siempre contigo, pero no lo abras por nada del mundo. No me preguntes
la razón y sé feliz, pues los dioses te han dado todo lo que las mujeres desean.
Pandora,
que así se llamaba la muchacha, sonrió. Pensaba que el cofre estaba lleno de
piedras preciosas.
Ahora
tenemos que encontrarte un marido que te ame, y yo conozco al hombre adecuado, Epimeteo.
Él te hará feliz.
Epimeteo
era hermano de Prometeo, pero le faltaba toda la prudencia de su hermano.
Prometeo le había advertido a su hermano que no aceptara ningún regalo de Zeus,
pero él, un poco halagado y quizás temeroso de rechazarle, aceptó a Pandora
como esposa. Hermes acompañó a la muchacha a la casa del flamante marido en el
mundo de los hombres.
Bueno,
amigo Epimeteo -le dijo- no olvides que Pandora tiene un estuche que no debe
abrir por ningún concepto.
Epimeteo
tomó el estuche y lo colocó en sitio seguro. Al principio, Pandora fue feliz
viviendo con él y olvidó el estuche, pero con el tiempo empezó a reconcomerla
el gusanillo de la curiosidad. “¿Por qué no podemos ver al menos que contiene”?
se preguntaba.
Un
día, mientras Epimeteo dormía, abrió el cofre, y rápidos como el viento,
salieron todos los males que desde entonces nos afligen: el cansancio, la
pobreza, la vejez, la enfermedad, los celos, el vicio, las pasiones, la
suspicacia…
Desesperada,
Pandora intentó cerrar el cofre, pero ya era demasiado tarde. La venganza de
Zeus se había realizado: la raza humana no podía ser tan noble como había
querido Prometeo. La vida sería una lucha constante contra dificultades de todo
género. Había pocas probabilidades de que el hombre pudiera aspirar al trono de
Zeus.
Pero
el triunfo del rey sobre los dioses no era completo. Una cosa de nada había
quedado en el fondo del estuche y Pandora consiguió encerrarla. Era la
esperanza. Con ella el género humano había encontrado la manera de sobrevivir
en este mundo hostil. La esperanza daba una razón para seguir viviendo.
Adán y Eva
La
creación de Adán es descrita en Génesis 2:7. Dios lo creó del polvo de la
tierra, sopló en su nariz el aliento de la vida y lo puso en el jardín de Edén.
Adán
fue dado la labor de nombrar a los animales.
Adán
estaba sólo, Dios tomó una de las costillas de Adán y formó una mujer llamada
Eva.
Adán
murió a la edad de 930 años.
En
hebreo Adán significa: del suelo; tierra rojiza.
Jehová
plantó un jardín en un lugar llamado Edén. Este jardín tenía muchas flores,
árboles y animales. Luego, Dios hizo al primer hombre, Adán. Lo hizo con
tierra y después le sopló en la nariz. ¿Sabes qué pasó entonces? ¡El hombre
empezó a vivir! Jehová le dijo a Adán que cuidara del jardín y que les
pusiera nombre a todos los animales.
Jehová
le dio a Adán una orden muy importante. Le dijo: “Puedes comer fruta de
cualquier árbol menos de uno, que es muy especial. Si comes la fruta de
ese árbol, morirás”.
Más
tarde, Jehová dijo: “Voy a hacerle una ayudante a Adán”. Así que hizo que Adán
se quedara bien dormido y usó una de sus costillas para hacerle una esposa.
Se llamaba Eva. Adán y Eva fueron la primera familia. ¿Cómo se sintió Adán
cuando vio a su esposa? Estaba tan contento que dijo: “¡Mira lo que
Jehová ha creado con una de mis costillas! ¡Por fin hay alguien como yo!”.
Jehová
les dijo a Adán y Eva que tuvieran muchos hijos y llenaran la tierra. Quería
que fueran felices trabajando juntos para convertir la tierra en un
paraíso. Sería un hermoso parque, como el jardín de Edén. Pero las cosas
no salieron así.
Un día,
mientras Eva estaba sola, una serpiente habló con ella. Le preguntó:
“¿Es verdad que Dios no les deja comer las frutas de ningún árbol?”. Eva
le respondió: “Podemos comer cualquier fruta, menos la de un árbol.
Si comemos la de ese árbol, nos moriremos”. La serpiente dijo: “No se
van a morir. Si la comen, serán como Dios”. ¿Era eso verdad? No. Era una
mentira, pero Eva se la creyó. Cuanto más miraba aquella fruta, más la
deseaba. Así que la probó y le dio también a Adán. Él sabía
que iban a morir si desobedecían a Dios, pero de todas maneras comió.
Más
tarde, Adán y Eva se escondieron porque se dieron cuenta que estaban desnudos. Cuando Dios los encontró Eva le echó la culpa a la serpiente, y Adán culpó a
Eva. Jehová los expulsó del jardín. Además, puso ángeles y una espada de
fuego a la entrada para que nunca más pudieran regresar.
Ahora a trabajar. Compará las historias, detectá qué cosas estaría intentado explicar cada historia, qué cosas les preocupaba a los griegos, que cosas a los hebreos (judeo-cristianos luego). Qué ocurre con el marco temporal espacial, ¿qué sabemos hoy de la procedencia del hombre? Investigá lo que nos dice la ciencia, ¿por qué el hombre pudo razonar?