domingo, 4 de marzo de 2018

El cuento tradicional o popular

Así llamamos a las historias anónimas, que fueron transmitidas de generación en generación oralmente, los pueblos aún no tenían forma de escribir y conservar escrito, ocurre lo mismo que con el mito y la leyenda en ese sentido, la diferencia está, como casi siempre que clasificamos los textos, en la intención del emisor, en el caso de estos cuentos no está en explicar sino en entretener o en enseñar, la mayoría de estos relatos quieren dejar una enseñanza, y nos muestran así, a través de las intenciones los valores y preocupaciones que tenía cada pueblo. En La piedra de hacer sopa, está claro, tratá de descubrirlo. En La casa encantada no del todo, Rodolfo Walsh nos dice que pertenece a la factura moderna. Que sea un cuento tradicional no significa que no puede ser clasificado con las normas que generalmente utilizamos con los cuentos de autor, son cuentos tradicionales porque son anónimos, pertenecen a un pueblo y no quieren explicar nada, por eso no son ni leyenda, ni mito, y al igual que los textos modernos los podemos clasificar en Realista, Maravilloso, Fantástico, etc. 
Tratá de discernir cómo clasificarías los siguientes relatos.

La piedra de hacer sopa
(Cuento de Bélgica)

Érase que se era, un soldado que volvía de la guerra. Llegó a un pueblo, un día en que frío soplaba el viento, el cielo era plomizo. El pobre soldado tenía hambre. Se detuvo ante una casa de las afueras y pidió algo para comer. —No tenemos nada ni siquiera para nosotros—, le dijeron, de modo que el soldado siguió su camino. Se detuvo en la casa siguiente y volvió a pedir un mendrugo de pan.
—No tenemos ni para nosotros mismos— le volvieron a decir.
—¿Tienen acaso una olla? —preguntó el soldado.
—Sí, tenemos un gran caldero de hierro.
—¿Tienen un poco de agua? —siguió preguntando.
— Sí, de eso hay mucho— le contestaron.
—Llenen el caldero de agua y pónganlo en el fuego —dijo el soldado—, pues yo tengo una piedra para hacer sopa.
—¿Una piedra para hacer sopa? –preguntaron—. ¿Qué es eso?
—Pues es una piedra con la que se hace sopa –explicó el soldado. Todos se reunieron alrededor suyo, para ver la maravilla. La dueña de casa llenó la gran olla con agua y la colgó sobre el fuego. El soldado sacó una piedra de su bolsillo, una piedra que no parecía muy diferente de las que uno puede recoger en la calle, y la arrojó a la olla.
 —Ahora, dejémosla hervir — dijo. De modo que todos se sentaron a esperar que el agua hirviera. Los vecinos curiosos se acercaron a mirar la receta del soldado.
—¿Podrías darme un poquito de sal? —dijo el soldado.
—Por supuesto —dijo la mujer, y sacó la sal de un tarro. El soldado tomó un puñado lleno y lo puso dentro de la olla. Todos se sentaron de nuevo a esperar. —Unas pocas zanahorias no vendrían mal en esta sopa— dijo el soldado con añoranza.
—¡OH!, si es por eso, tenemos algunas— dijo la mujer, y sacándolas de debajo de un banquillo, donde el soldado las había visto, se las entregó. De modo que pusieron las zanahorias en el caldero, y mientras éstas hervían, el soldado les contaba las aventuras que había corrido. —Unas pocas papas vendrían muy bien, ¿no les parece? —dijo el soldado—. Espesarían un poquito la sopa.
—Tenemos algunas papas —dijo una de las vecinas—. Las traeré.
De modo que pelaron las papas y las pusieron en la olla y siguieron esperando que ésta hirviera. —Mmmmm, está muy buena, una cebolla daría muy buen gusto —dijo el soldado.
—Corre a la casa de al lado y pídele al vecino una cebolla, y dile que venga a ver esto —dijo el granjero a su hijo menor. El chico así lo hizo y volvió con tres cebollas. Mientras todos esperaban, siguieron contando chistes y narrando historias.
—. . . Y no he probado repollo desde que partí de casa de mi madre —decía el soldado.
—Corre a la huerta de nuestra casa y arranca un repollo —dijo otro lugareño a su mujer. Ella salió corriendo y volvió con un repollo, que agregaron al caldo. —No tardará mucho —dijo el soldado. —Sólo un poquito más —dijo la mujer, revolviendo el caldo con un gran cucharón. En ese momento llegó un joven de la aldea. Había salido de caza y traía dos conejos. —Justo lo que necesitamos para darle el toque final —exclamó el soldado, y fue cosa de minutos que los conejos estuvieran limpios y cortados dentro de la olla.
—¡Hum! —dijo el cazador que tenía hambre —. ¡Huele muy bien esta sopa!
—El viajero ha traído una piedra —le explicó el granjero a su hijo— y está preparando una sopa con ella.
Por fin la sopa estuvo lista, ya todos la encontraron muy rica. Hubo suficiente para todos. —Es una sopa maravillosa —dijo el granjero. —Es una piedra maravillosa —dijo su mujer. —Lo es —dijo el soldado— y siempre les dará el mismo resultado si utilizan la receta que les he dado hoy. De modo que terminaron la sopa. Y cuando el soldado se despidió, le regaló a la dueña de casa la piedra para pagarle su hospitalidad. La buena mujer se lo agradeció muchísimo. —No es nada —dijo el soldado, y se fue de la casa sin su piedra. Pero por fortuna, encontró otra justo antes de entrar al pueblo siguiente.

La casa encantada
Anónimo europeo

Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a comenzar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a una fiesta de fin de semana. De pronto, tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el auto. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
—Espéreme un momento —suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiendole alocadamente.
Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondía a su impaciente llamado.
—Dígame —dijo ella—, ¿se vende esta casa?
—Sí —respondió el hombre—, pero no le aconsejo que la compre. ¡Un fantasma, hija mía, frecuenta esta casa!
—Un fantasma —repitió la muchacha—. Santo Dios, ¿y quién es?
—Usted —dijo el anciano, y cerró suavemente la puerta. 

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