Tratá de discernir cómo clasificarías los siguientes relatos.
La piedra de hacer sopa
(Cuento
de Bélgica)
Érase
que se era, un soldado que volvía de la guerra. Llegó a un pueblo, un día en
que frío soplaba el viento, el cielo era plomizo. El pobre soldado tenía
hambre. Se detuvo ante una casa de las afueras y pidió algo para comer. —No
tenemos nada ni siquiera para nosotros—, le dijeron, de modo que el soldado
siguió su camino. Se detuvo en la casa siguiente y volvió a pedir un mendrugo
de pan.
—No
tenemos ni para nosotros mismos— le volvieron a decir.
—¿Tienen
acaso una olla? —preguntó el soldado.
—Sí,
tenemos un gran caldero de hierro.
—¿Tienen
un poco de agua? —siguió preguntando.
—
Sí, de eso hay mucho— le contestaron.
—Llenen
el caldero de agua y pónganlo en el fuego —dijo el soldado—, pues yo tengo una
piedra para hacer sopa.
—¿Una
piedra para hacer sopa? –preguntaron—. ¿Qué es eso?
—Pues
es una piedra con la que se hace sopa –explicó el soldado. Todos se reunieron
alrededor suyo, para ver la maravilla. La dueña de casa llenó la gran olla con
agua y la colgó sobre el fuego. El soldado sacó una piedra de su bolsillo, una
piedra que no parecía muy diferente de las que uno puede recoger en la calle, y
la arrojó a la olla.
—Ahora, dejémosla hervir — dijo. De modo que
todos se sentaron a esperar que el agua hirviera. Los vecinos curiosos se
acercaron a mirar la receta del soldado.
—¿Podrías
darme un poquito de sal? —dijo el soldado.
—Por
supuesto —dijo la mujer, y sacó la sal de un tarro. El soldado tomó un puñado
lleno y lo puso dentro de la olla. Todos se sentaron de nuevo a esperar. —Unas
pocas zanahorias no vendrían mal en esta sopa— dijo el soldado con añoranza.
—¡OH!,
si es por eso, tenemos algunas— dijo la mujer, y sacándolas de debajo de un
banquillo, donde el soldado las había visto, se las entregó. De modo que
pusieron las zanahorias en el caldero, y mientras éstas hervían, el soldado les
contaba las aventuras que había corrido. —Unas pocas papas vendrían muy bien,
¿no les parece? —dijo el soldado—. Espesarían un poquito la sopa.
—Tenemos
algunas papas —dijo una de las vecinas—. Las traeré.
De
modo que pelaron las papas y las pusieron en la olla y siguieron esperando que
ésta hirviera. —Mmmmm, está muy buena, una cebolla daría muy buen gusto —dijo
el soldado.
—Corre
a la casa de al lado y pídele al vecino una cebolla, y dile que venga a ver
esto —dijo el granjero a su hijo menor. El chico así lo hizo y volvió con tres
cebollas. Mientras todos esperaban, siguieron contando chistes y narrando
historias.
—.
. . Y no he probado repollo desde que partí de casa de mi madre —decía el
soldado.
—Corre
a la huerta de nuestra casa y arranca un repollo —dijo otro lugareño a su
mujer. Ella salió corriendo y volvió con un repollo, que agregaron al caldo. —No
tardará mucho —dijo el soldado. —Sólo un poquito más —dijo la mujer,
revolviendo el caldo con un gran cucharón. En ese momento llegó un joven de la
aldea. Había salido de caza y traía dos conejos. —Justo lo que necesitamos para
darle el toque final —exclamó el soldado, y fue cosa de minutos que los conejos
estuvieran limpios y cortados dentro de la olla.
—¡Hum!
—dijo el cazador que tenía hambre —. ¡Huele muy bien esta sopa!
—El
viajero ha traído una piedra —le explicó el granjero a su hijo— y está
preparando una sopa con ella.
Por
fin la sopa estuvo lista, ya todos la encontraron muy rica. Hubo suficiente
para todos. —Es una sopa maravillosa —dijo el granjero. —Es una piedra
maravillosa —dijo su mujer. —Lo es —dijo el soldado— y siempre les dará el
mismo resultado si utilizan la receta que les he dado hoy. De modo que
terminaron la sopa. Y cuando el soldado se despidió, le regaló a la dueña de casa
la piedra para pagarle su hospitalidad. La buena mujer se lo agradeció
muchísimo. —No es nada —dijo el soldado, y se fue de la casa sin su piedra.
Pero por fortuna, encontró otra justo antes de entrar al pueblo siguiente.
La casa encantada
Anónimo
europeo
Una
joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que
ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa
casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la
puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano,
con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle,
despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su
memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después
volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en
el instante en que iba a comenzar su conversación con el anciano.
Pocas
semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a una fiesta de fin de
semana. De pronto, tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el
auto. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de
su sueño.
—Espéreme
un momento —suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiendole
alocadamente.
Ya
no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de
la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora
con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondía a su impaciente
llamado.
—Dígame
—dijo ella—, ¿se vende esta casa?
—Sí
—respondió el hombre—, pero no le aconsejo que la compre. ¡Un fantasma, hija
mía, frecuenta esta casa!
—Un
fantasma —repitió la muchacha—. Santo Dios, ¿y quién es?
—Usted
—dijo el anciano, y cerró suavemente la puerta.
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