En clase veremos qué es eso de tragedia, ¿qué es la realidad, la verdad, la verosimilitud? Cuáles son sus diferencias.
A la deriva
Horacio Quiroga
El
hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó
adelante, y al volverse, con un juramento vio una yararacusú que, arrollada
sobre sí misma, esperaba otro ataque. El hombre echó una veloz ojeada a su pie,
donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de
la cintura. La víbora vio la amenaza y hundió más la cabeza en el centro mismo
de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras. El
hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre y durante un
instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violeta y
comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su
pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho. El dolor en el pie aumentaba,
con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres
fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida
hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica
sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó
por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos
puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero.
La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su
mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo
devoraba. –¡Dorotea! –alcanzó a lanzar en un estertor–. ¡Dame caña! Duración
9’56’’ 151 Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres
tragos. Pero no había sentido gusto alguno. –¡Te pedí caña, no agua! –rugió de
nuevo–. ¡Dame caña! –¡Pero es caña, Paulino! –protestó la mujer, espantada.
–¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo! La mujer corrió otra vez, volviendo
con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada
en la garganta. –Bueno; esto se pone feo... –murmuró entonces, mirando su pie lívido
y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo la carne
desbordaba como una monstruosa morcilla. Los dolores fulgurantes se sucedían en
continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de
garganta, que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando
pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la
frente apoyada en la rueda de palo. Pero el hombre no quería morir, y
descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a
palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las
inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a
Tacurú—Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el
medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y
tras un nuevo vómito –de sangre esta vez– dirigió una mirada al sol, que ya
trasponía el monte. La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque
deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió
el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes
manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría llegar
jamás él solo a Tacurú—Pucú y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves,
aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados. La corriente del río se
precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente
atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros,
exhausto, quedó tendido de pecho. –¡Alves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y
prestó oído en vano.– ¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! –clamó de
nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó rumor.
El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola
de nuevo, la llevó velozmente a la deriva. El Paraná corre allí en el fondo de
una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente
el río. Desde 152 las orillas, bordeadas de negros bloques de basalto, asciende
el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, siempre la eterna
muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes
borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo y reina en él un silencio de
muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una
majestad única. El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo
de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó
pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed
disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. El veneno
comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía
fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del
todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú—Pucú. El bienestar
avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en
la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona, en Tacurú—Pucú?
Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y
el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida,
el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular en penetrantes
efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y
en silencio hacia el Paraguay. Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa
derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un
remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba
entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald.
¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y
medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración... Al recibidor de maderas de mister Dougald,
Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un Viernes Santo...
¿Viernes? Sí, o jueves... El hombre estiró lentamente los dedos de la mano. –Un
jueves... Y cesó de respirar.
La gallina degollada
Horacio Quiroga
Todo
el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del
matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos
estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.
El
patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco
quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los
ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los
idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio,
poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente,
congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría
bestial, como si fuera comida.
Otra
veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía
eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces,
mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre
estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día
sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de
glutinosa saliva el pantalón.
El
mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se
notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos
cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los
tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y
mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor
dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado
ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el
amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así
lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de
matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante,
hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche
convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El
médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando
las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después
de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la
inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado
profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas
de su madre.
—¡Hijo,
mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su
primogénito.
El
padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A
usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse
en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!…
¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que…?
—En
cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo.
Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más,
pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con
el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el
pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar,
sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su
joven maternidad.
Como
es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació
éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero
a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día
siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta
vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor
estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y
toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no
pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un
hijo como todos!
Del
nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de
redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron
mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas
por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por
sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya
sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de
sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra
todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta
inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían
colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y
ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad
imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con
los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados
tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo
tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No
satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón
de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado
sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la
desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos
echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio
específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse
con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del
insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me
parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las
manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta
continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es
la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus
hijos.
Mazzini
volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De
nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno,
de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta
vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo
que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah,
no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba más!…
—murmuró.
—¿Qué
no faltaba más?
—¡Que
si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería
decir.
Su
marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos!
—articuló, secándose por fin las manos.
—Como
quieras; pero si quieres decir…
—¡Berta!
—¡Como
quieras!
Éste
fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables
reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació
así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando
siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella
toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del
mimo y la mala crianza.
Si
aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita
olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo
atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado,
pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor
indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los
rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para
que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía
afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si
hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya
se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua
falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí
mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale
forzado a crear.
Con
estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La
sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad.
No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco,
abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y
esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente
imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a
verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía
tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes
pasos de Mazzini.
—¡Mi
Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces…?
—Bueno,
es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella
se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni
yo jamás te hubiera creído tanto a ti… ¡tisiquilla!
—¡Qué!
¿Qué dijiste?…
—¡Nada!
—¡Sí,
te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier
cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini
se puso pálido.
—¡Al
fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que
querías!
—¡Sí,
víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha
muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos
son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini
explotó a su vez.
—¡Víbora
tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale
al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o
tu pulmón picado, víbora!
Continuaron
cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló
instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había
desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se
han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más
efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció
un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones
y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada
largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a
decir una palabra.
A
las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo,
ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El
día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la
sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta
había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la
carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los
cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la
operación… Rojo… rojo…
—¡Señora!
Los niños están aquí, en la cocina.
Berta
llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno
perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión!
Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e
hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que
salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las
cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su
banco.
Después
de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a
pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un
momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto
los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había
traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los
ladrillos, más inertes que nunca.
De
pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco
horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco,
miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin
decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a
un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el
mueble, con lo cual triunfó.
Los
cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba
pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la
garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a
todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero
la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija
en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente
sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente
avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya
a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de
la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme!
¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá!
¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del
borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá,
¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando
los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna
hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien
sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini,
en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me
parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron
oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se
despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el
patio.
—¡Bertita!
Nadie
respondió.
—¡Bertita!
—alzó más la voz, ya alterada.
Y
el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se
le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi
hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la
cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta
entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta,
que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del
padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina,
Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No
entres! ¡No entres!
Berta
alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la
cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
El barril de amontillado
Edgar Allan Poe
Lo
mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó
el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi
carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra
con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era
ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo
había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía
que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando
su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando
ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es
preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para
que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre,
sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces,
tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel
Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno
de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un
entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los
catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el
tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los
millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato,
como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos
añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de
él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y
siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una
tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me
acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre
estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas
de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con
cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su
mano como en aquel momento.
—Querido
Fortunato —le dije en tono jovial—, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué
buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que
llaman amontillado, y tengo mis dudas.
—¿Cómo?
—dijo él—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
—Por
eso mismo le digo que tengo mis dudas —contesté—, e iba a cometer la tontería
de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No
había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
—¡Amontillado!
—Tengo
mis dudas.
—¡Amontillado!
—Y
he de pagarlo.
—¡Amontillado!
—Pero
como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es
un buen entendido. Él me dirá…
—Luchesi
es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
—Y,
no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de
usted.
—Vamos,
vamos allá.
—¿Adónde?
—A
sus bodegas.
—No
mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted
algún compromiso. Luchesi…
—No
tengo ningún compromiso. Vamos.
—No,
amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho
frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de
salitre.
—A
pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a
usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo
esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y,
ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi
palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la
festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la
mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la
casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la
inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí
dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié,
haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje
que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera,
recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los
últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo
de las catacumbas de los Montresors.
El
andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban
a cada una de sus zancadas.
—¿Y
el barril? —preguntó.
—Está
más allá —le contesté—. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en
las paredes de la cueva.
Se
volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas
de la embriaguez.
—¿Salitre?
—me preguntó, por fin.
—Salitre
—le contesté—. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
—¡Ejem!
¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!…!
A
mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
—No
es nada —dijo por último.
—Venga
—le dije enérgicamente—. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted
rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro
tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto.
Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad.
Además, cerca de aquí vive Luchesi…
—Basta
—me dijo—. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
—Verdad,
verdad —le contesté—. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero
debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y
diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila
de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
—Beba
—le dije, ofreciéndole el vino.
Llevóse
la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con
familiaridad. Los cascabeles sonaron.
—Bebo
—dijo— a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
—Y
yo, por la larga vida de usted.
De
nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
—Esas
cuevas —me dijo— son muy vastas.
—Los
Montresors —le contesté— era una grande y numerosa familia.
—He
olvidado cuáles eran sus armas.
—Un
gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante,
cuyos dientes se clavan en el talón.
—¡Muy
bien! —dijo.
Brillaba
el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a
causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos,
mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las
catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un
brazo, más arriba del codo.
—El
salitre —le dije—. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de
las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se
filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde.
Esa tos…
—No
es nada —dijo—. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí
un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos
llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un
ademán que no pude comprender.
Le
miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No
comprende usted? —preguntó.
—No
—le contesté.
—Entonces,
¿no es usted de la hermandad?
—¿Cómo?
—¿No
pertenece usted a la masonería?
—Sí,
sí —dije—; sí, sí.
—¿Usted?
¡Imposible! ¿Un masón?
—Un
masón —repliqué.
—A
ver, un signo —dijo.
—Éste
—le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
—Usted
bromea —dijo, retrocediendo unos pasos—. Pero, en fin, vamos por el
amontillado.
—Bien
—dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Apoyóse
pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos
por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego,
descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del
aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de
la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido
alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de
nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres
lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del
cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo,
formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había
quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía
otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y
con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso
determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes
pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una
de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En
vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la
profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
—Adelántese
—le dije—. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi…
—Es
un ignorante —interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido
inmediatamente por mí.
En
un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la
roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido
encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro,
separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con
los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado
aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del
recinto.
—Pase
usted la mano por la pared —le dije—, y no podrá menos que sentir el salitre.
Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No?
Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle
algunos cuidados que están en mi mano.
—¡El
amontillado! —exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
—Cierto
—repliqué—, el amontillado.
Y
diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he
aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta
cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda
de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había
colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que
la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio
que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto.
No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y
obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera
y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se
prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí
mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin,
aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las
quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi
pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que
había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una
serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre
encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante
un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas
por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para
tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré
satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de
quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así
lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya
era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava,
novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba
tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo
parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del
nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz
tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La
voz decía:
—¡Ja,
ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos
luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
—El
amontillado —dije.
—¡Je,
je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán
esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
—Sí
—dije—; vámonos ya.
—¡Por
el amor de Dios, Montresor!
—Sí
—dije—; por el amor de Dios.
En
vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé
en alta voz:
—¡Fortunato!
No
hubo respuesta, y volví a llamar.
—¡Fortunato!
Tampoco
me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé
caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el
corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a
terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra
y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra
la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace
requiescat!
La máscara de la muerte roja
Edgar Allan Poe
La
“Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste
había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el
rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo
repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas
escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que
la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de
la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero
el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron
semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se
retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era
ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico
aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la
circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los
cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían
resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de
la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con
precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el
mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse.
El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones,
improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la
seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al
cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los
más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile
de máscaras de la más insólita magnificencia.
Aquella
mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los
salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la
mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en
línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes,
permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se
trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo
extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la
visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había
un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda,
en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor
cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían
vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del
aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías
azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba
tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera
era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada
e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El
séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo
negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una
alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las
ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían
un color de sangre.
A
pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban
de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros.
Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores
paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes
que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los
cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa
forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara
del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color
de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto
terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de
quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí
los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un
gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo,
pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora
iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y
resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada
hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir
momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes
cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre
sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del
reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más
edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una
confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas
risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de
su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente
tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de
sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra
vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese
a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares.
Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos.
Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes,
sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído
que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo,
verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se
había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas
destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos
eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante
y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos
incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En
verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de
sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color
al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta
pareciera el eco de sus pasos.
Mas
otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento
todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están
helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas
han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos
en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al
pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas
en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza
y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora
es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la
sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne
que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las
otras estancias.
Congregábase
densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la
vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron
a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la
música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se
interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una sensación angustiosa. Mas
esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los
pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que
reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso
ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en
el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la
presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la
atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella
nueva presencia, se alzó al final un rumor que expresaba desaprobación,
sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de
fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición
ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella
mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba
incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el
corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción.
Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente
un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes
parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no
revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la
cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía
de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más
detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto,
aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz.
Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte
Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el
rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando
los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora,
con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre
los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de
terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
—¿Quién
se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se
atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y
desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las
almenas!
Al
pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del
este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete
estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa
de cesar a una señal de su mano.
Con
un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento
azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al
intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al
príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana
apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie
alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro
del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso
hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el
mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la
cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la
anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie
se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido
por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a
través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror
que a todos paralizaba. Puñal en mano, se acercó impetuosamente hasta llegar a
tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al
alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a
su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente
sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos
por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al
aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura
permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con
inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con
tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
Y
entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un
ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía
manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y
la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres
seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la
corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.
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