Muchos profesionales del sector
periodístico consideran que un artículo
de opinión (de género periodístico) es un subgénero o una
creación moderna de un ensayo,
diferenciado por su temática de actualidad y corta extensión.
¿Qué es un ensayo?
En la literatura el ensayo es una
composición escrita en prosa y por lo general breve, en el cual se expone la
interpretación personal sobre un tema.
A continuación tenés tres ejemplos
y en clase veremos que el texto argumentativo es el que se acomoda mejor al
ensayo, argumentar es convencer, es un tipo textual que utilizás a diario, sin
pensarlo vos construís este tipo de texto y usas muchos de los recursos que
estudiaremos para convencer a tu interlocutor, algunos de ellos son: la
refutación, la cita, ejemplificar, enumerar casos, la ironía, la burla, la
comparación, y otros más. Ya verás que son recursos que utilizás con mucha
frecuencia y va a ser muy fácil que los reconozcas.
Tres héroes [1882]
por
José Martí
Cuentan
que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo
del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde
estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles
altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se
movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque
todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a
todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A
todos: al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta
hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.
Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y hablar
sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar ni hablar. Un
hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un
hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que
el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con
obedecer a leyes injustas, y permiten que pisen el país en que nació los
hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El niño, desde que puede
pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden
vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres,
y debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su
alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un
hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de ser bribón. Hay
hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres
para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso; la
llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con
rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por
lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama. En América se vivía
antes de la libertad como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario
quitarse la carga, o morir. Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin
decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven
sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro,
como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro,
hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los
que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su
libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de
hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados.
Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de
la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien
que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos
que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene
manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos
hablan de la luz.
Roberto
Arlt escribía en Diario El mundo un artículo diario que se titulaba Aguafuertes
Porteñas, allí Arlt mostraba curiosidades de la ciudad. A continuación tenés dos de ellos, uno con su característico humor y el segundo cargado de melancolía o intentando ser objetivo, ¿te acordás qué era eso que llamamos objetividad?
Arlt murió en 1942
a los 42 años, por eso podemos repasar mientras leemos eso de cronolecto,
sociolecto y dialecto ¿te acordás que era?
Ni los
perros son iguales
Roberto
Arlt
He caído en la maravillosa
casa de pensión. El edificio amenaza venirse abajo de un día para otro, pero el
patio está tan lleno de plantas, enredaderas y parras, palomas, pollos y
pájaros, que no cambiaría mi cuartujo con reja de hierro por todo el Pasaje Güemes.
La patrona es gorda, centrina y tuerta. Uno de sus chicos debe tener mal las
glándulas de secreción interna; otro es bisojo, en fin: es un caserón estupendo
que me recuerda al Arca de Noé. Es una antigua casa de Flores, y cuando se
nombra a Flores, hay que sacarse el sombrero porque es la más linda parroquia
de la capital. Lástima que han echado a perder la iglesia, pintándola y
poniéndole un pararrayos dorado en la cabeza de
un santo. Eso es un escándalo, que si yo fuera arzobispo corregiría de inmediato.
No nos vayamos por las ramas
y al grano. En la maravillosa casa que se viene abajo, además de las palomas,
pollos, pájaros y otros bicharracos con plumas, cuyo nombre zoológico ignoro,
habitan dos perros que son exclusiva propiedad de la patrona.
Un perro se llama Chaplin y
el otro se llama Guitarra. Chaplin y Guitarra no se llevan bien, por lo que
observo.
Chaplin es perro mocito, con
barbas en el hocico; barbas ralas todavía. Eso no le impide ser bien educado.
En cuanto me vio por primera vez, saltó a mi encuentro ladrándome. La patrona
le dijo un autoritario «¡Cucha Chaplin!», y Chaplin, tratando de congraciarse
conmigo, bajó la cabeza, me husmeó la punta de los zapatos y meneó la cola.
En su entendimiento de perro
respetuoso de las leyes que rigen la vida de la sociedad, se hizo nítido el
concepto de que yo era un favorecedor de su ama, y como a tal me miró y luego
me agasajó, solidarizándose por completo con su patrona, que me enumeraba todas
las bellezas de una cama con pulgas y de un sofá cubierto de tela dorada que es
una maravillosa incubadora de pulgas. A medida que la patrona se enternecía
describiéndome su pulposo sofá, Chaplin meneaba más y más intensamente la cola,
como si quisiera darme a entender que él, en su calidad de perro delicado,
también había apreciado las condiciones de melifluidad y blandura del sofá.
A la noche, cuando fui a
cenar, compareció Chaplin. Me miró, movió su cola a modo de «buen provecho», y
luego se escurrió para no ser inoportuno.
Al día siguiente, cuando
terminaba de almorzar, pasó Guitarra. Guitarra es petizón, de color zaino,
hocico ratonero. Me miró de reojo y siguió de largo. «Vení Guitarra», le dije,
pero como si no lo hubiera llamado. Volvió la cabeza como para largar un
tarascón, y se metió en el comedor.
«Mal sujeto este perro»,
pensé, y sentándome en una hamaca, me quedé contemplando beatíficamente las
palomas metidas entre el verdor de las enredaderas.
Al rato, grave y
escurridizo, tornó a pasar Guitarra. Quería mirarme, pero no demostrarme su
deseo de que me observaba, y como quien no quiere la cosa dio un rodeo frente a
mi hamaca, mientras con el rabo del ojo me soslayaba broncoso. Nuevamente,
cordial, le dije:
—Vení, Guitarra, vení.
Pero como si lo hubiera
insultado, o quisiera quitarle un hueso, dobló bruscamente la cabeza y apresuró
el movimiento de sus cortas patas.
No habían transcurrido diez
minutos, y ¡vuelta a pasar Guitarra! Esta vez, digno, sin mirar. «¡Maldito
perro! —pensé—. Se está haciendo el interesante». Y ya no volví a decirle nada.
Creo que debió ofenderle mi
silencio, porque regresó pocos minutos después; dio un rodeo más extenso que
nunca al llegar al lugar donde yo me daba mi baño de sol, y para que no quedara
duda alguna de que él, Guitarra, me despreciaba cordialmente, descubrió el belfo
mostrando la brillante curvatura de los dientes. Y yo me quedé pensando:
—He aquí que Chaplin y
Guitarra son dos temperamentos distintos. Chaplin es cordial, respetuoso,
amable. Chaplin, si fuera hombre, pertenecería a la sociedad. Los Amigos del
Arte o de la Ciudad; en cambio, Guitarra es pesimista. Debe de haber recibido
más de un puntapié de los pensionistas, y su entendimiento de can con
experiencia le ha enseñado a desconfiar de los hombres y a mantenerse en una
soledad agria, en un aislamiento que no transa ni con la dulzura de las
palomas, porque en cuanto una de estas se acerca a él, Guitarra, súbitamente
broncoso, le tira un mordisco, no sin cerciorarse previamente con una rápida
mirada si el patrón lo puede ver.
Guitarra vive orgullosamente
solo. Prescinde de afectos. Está en el caserón como si se encontrara en la
selva o en el destierro. Va y viene con independencia absoluta mientras que
Chaplin, fijándose cómo su amo convierte en liebre a un gato, levanta la cabeza
con los ojos lustrosos de cordialidad.
Y mientras las palomas se
arrullan entre las glicinas, y los pollos picoteaban la tierra, me he quedado
pensando que ni los perros son iguales, que cada bestia tiene carácter
distinto, tan distinto que de pronto, al ver que un pollo lo echa a otro tan
grande como él a picotazos, me pregunto:
—¿Por qué ese pollo,
aparentemente fuerte como el otro, ha huido de este que se queda disfrutando
solo un canterito de pasto? Si los pollos pudieran dividirse la tierra, este
pollo autoritario y cabrero y el otro… ¡vaya a saber lo que sería!
Y de paso algo para investigar: ¿Quién era Severino Di Giovanni? ¿Qué es anarquismo?
El formato en este caso es distinto, presenta elementos paratextuales distintos a los anteriores, marcarlos y averiguar cómo se llaman.
He visto Morir…
Por Roberto Arlt
El
reo, no es el que muere en la hoguera, sino el que la enciende.
William Shakespeare
Las
5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina
el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si
corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores
iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos
vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.
La letanía
Espacio
de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en
medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un
rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
“..de
acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…”
El
oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que
parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de
fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es
Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huida hacia las sienes como
la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja.
Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo.
Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas
pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento,
lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la
muerte.
“..artículo
número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior
tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…”
Di
Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza
tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
“..estamos
probando… apercíbase al teniente… Rizzo Patrón, vocales… tenientes coroneles…
bando… dése copia… fija número…”
Di
Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que
analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son
importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los
términos con que está redactada la sentencia.
“..Dése
vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…”
Habla el Reo
—Quisiera
pedirle perdón al teniente defensor…
Una
voz: —No puede hablar. Llévenlo.
El
condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a
las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico.
Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!
El
reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho.
Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las
rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para
tomar el mate.
Permanece
así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando
los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de
derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha
formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al
condenado. Éste grita:
—Venda
no.
Mira
tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero
permanece así, tieso, orgulloso.
Surge
una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa,
perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di
Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza,
en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será
para recibir las balas?
—Pelotón,
firme. Apunten.
La
voz del reo estalla metálica, vibrante:
—¡Viva
la anarquía!
—¡Fuego!
Resplandor
subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las
balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las
manos tocando las rodillas.
Fogonazo
del tiro de gracia.
Muerto
Las
balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece
sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver.
Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica
que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile,
se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro
dice una mala palabra.
Veo
cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios;
son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de
Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se
reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel
que rezara:
—Está
prohibido reírse.
—Está
prohibido concurrir con zapatos de baile.
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