martes, 6 de marzo de 2018

la nota de opinión, el ensayo



Muchos profesionales del sector periodístico consideran que un artículo de opinión (de género periodístico) es un subgénero o una creación moderna de un ensayo, diferenciado por su temática de actualidad y corta extensión.
¿Qué es un ensayo?
En la literatura el ensayo es una composición escrita en prosa y por lo general breve, en el cual se expone la interpretación personal sobre un tema.
A continuación tenés tres ejemplos y en clase veremos que el texto argumentativo es el que se acomoda mejor al ensayo, argumentar es convencer, es un tipo textual que utilizás a diario, sin pensarlo vos construís este tipo de texto y usas muchos de los recursos que estudiaremos para convencer a tu interlocutor, algunos de ellos son: la refutación, la cita, ejemplificar, enumerar casos, la ironía, la burla, la comparación, y otros más. Ya verás que son recursos que utilizás con mucha frecuencia y va a ser muy fácil que los reconozcas.

Tres héroes [1882]
por José Martí

Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A todos: al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria. Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permiten que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso; la llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama. En América se vivía antes de la libertad como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga, o morir. Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.


Roberto Arlt escribía en Diario El mundo un artículo diario que se titulaba Aguafuertes Porteñas, allí Arlt mostraba curiosidades de la ciudad. A continuación tenés dos de ellos, uno con su característico humor y el segundo cargado de melancolía o intentando ser objetivo, ¿te acordás qué era eso que llamamos objetividad? 
Arlt murió en 1942 a los 42 años, por eso podemos repasar mientras leemos eso de cronolecto, sociolecto y dialecto ¿te acordás que era?


Ni los perros son iguales
Roberto Arlt

He caído en la maravillosa casa de pensión. El edificio amenaza venirse abajo de un día para otro, pero el patio está tan lleno de plantas, enredaderas y parras, palomas, pollos y pájaros, que no cambiaría mi cuartujo con reja de hierro por todo el Pasaje Güemes. La patrona es gorda, centrina y tuerta. Uno de sus chicos debe tener mal las glándulas de secreción interna; otro es bisojo, en fin: es un caserón estupendo que me recuerda al Arca de Noé. Es una antigua casa de Flores, y cuando se nombra a Flores, hay que sacarse el sombrero porque es la más linda parroquia de la capital. Lástima que han echado a perder la iglesia, pintándola y poniéndole un pararrayos dorado en la cabeza de un santo. Eso es un escándalo, que si yo fuera arzobispo corregiría de inmediato.
No nos vayamos por las ramas y al grano. En la maravillosa casa que se viene abajo, además de las palomas, pollos, pájaros y otros bicharracos con plumas, cuyo nombre zoológico ignoro, habitan dos perros que son exclusiva propiedad de la patrona.
Un perro se llama Chaplin y el otro se llama Guitarra. Chaplin y Guitarra no se llevan bien, por lo que observo.
Chaplin es perro mocito, con barbas en el hocico; barbas ralas todavía. Eso no le impide ser bien educado. En cuanto me vio por primera vez, saltó a mi encuentro ladrándome. La patrona le dijo un autoritario «¡Cucha Chaplin!», y Chaplin, tratando de congraciarse conmigo, bajó la cabeza, me husmeó la punta de los zapatos y meneó la cola.
En su entendimiento de perro respetuoso de las leyes que rigen la vida de la sociedad, se hizo nítido el concepto de que yo era un favorecedor de su ama, y como a tal me miró y luego me agasajó, solidarizándose por completo con su patrona, que me enumeraba todas las bellezas de una cama con pulgas y de un sofá cubierto de tela dorada que es una maravillosa incubadora de pulgas. A medida que la patrona se enternecía describiéndome su pulposo sofá, Chaplin meneaba más y más intensamente la cola, como si quisiera darme a entender que él, en su calidad de perro delicado, también había apreciado las condiciones de melifluidad y blandura del sofá.
A la noche, cuando fui a cenar, compareció Chaplin. Me miró, movió su cola a modo de «buen provecho», y luego se escurrió para no ser inoportuno.
Al día siguiente, cuando terminaba de almorzar, pasó Guitarra. Guitarra es petizón, de color zaino, hocico ratonero. Me miró de reojo y siguió de largo. «Vení Guitarra», le dije, pero como si no lo hubiera llamado. Volvió la cabeza como para largar un tarascón, y se metió en el comedor.
«Mal sujeto este perro», pensé, y sentándome en una hamaca, me quedé contemplando beatíficamente las palomas metidas entre el verdor de las enredaderas.
Al rato, grave y escurridizo, tornó a pasar Guitarra. Quería mirarme, pero no demostrarme su deseo de que me observaba, y como quien no quiere la cosa dio un rodeo frente a mi hamaca, mientras con el rabo del ojo me soslayaba broncoso. Nuevamente, cordial, le dije:
—Vení, Guitarra, vení.
Pero como si lo hubiera insultado, o quisiera quitarle un hueso, dobló bruscamente la cabeza y apresuró el movimiento de sus cortas patas.
No habían transcurrido diez minutos, y ¡vuelta a pasar Guitarra! Esta vez, digno, sin mirar. «¡Maldito perro! —pensé—. Se está haciendo el interesante». Y ya no volví a decirle nada.
Creo que debió ofenderle mi silencio, porque regresó pocos minutos después; dio un rodeo más extenso que nunca al llegar al lugar donde yo me daba mi baño de sol, y para que no quedara duda alguna de que él, Guitarra, me despreciaba cordialmente, descubrió el belfo mostrando la brillante curvatura de los dientes. Y yo me quedé pensando:
—He aquí que Chaplin y Guitarra son dos temperamentos distintos. Chaplin es cordial, respetuoso, amable. Chaplin, si fuera hombre, pertenecería a la sociedad. Los Amigos del Arte o de la Ciudad; en cambio, Guitarra es pesimista. Debe de haber recibido más de un puntapié de los pensionistas, y su entendimiento de can con experiencia le ha enseñado a desconfiar de los hombres y a mantenerse en una soledad agria, en un aislamiento que no transa ni con la dulzura de las palomas, porque en cuanto una de estas se acerca a él, Guitarra, súbitamente broncoso, le tira un mordisco, no sin cerciorarse previamente con una rápida mirada si el patrón lo puede ver.
Guitarra vive orgullosamente solo. Prescinde de afectos. Está en el caserón como si se encontrara en la selva o en el destierro. Va y viene con independencia absoluta mientras que Chaplin, fijándose cómo su amo convierte en liebre a un gato, levanta la cabeza con los ojos lustrosos de cordialidad.
Y mientras las palomas se arrullan entre las glicinas, y los pollos picoteaban la tierra, me he quedado pensando que ni los perros son iguales, que cada bestia tiene carácter distinto, tan distinto que de pronto, al ver que un pollo lo echa a otro tan grande como él a picotazos, me pregunto:
—¿Por qué ese pollo, aparentemente fuerte como el otro, ha huido de este que se queda disfrutando solo un canterito de pasto? Si los pollos pudieran dividirse la tierra, este pollo autoritario y cabrero y el otro… ¡vaya a saber lo que sería!



Y de paso algo para investigar: ¿Quién era Severino Di Giovanni? ¿Qué es anarquismo? 
El formato en este caso es distinto, presenta elementos paratextuales distintos a los anteriores, marcarlos y averiguar cómo se llaman.



He visto Morir…
Por Roberto Arlt
El reo, no es el que muere en la hoguera, sino el que la enciende.
William Shakespeare

Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía

Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
“..de acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…”
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huida hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
“..artículo número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…”
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
“..estamos probando… apercíbase al teniente… Rizzo Patrón, vocales… tenientes coroneles… bando… dése copia… fija número…”
Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
“..Dése vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…”

Habla el Reo

—Quisiera pedirle perdón al teniente defensor…
Una voz: —No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
—Venda no.
Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.
Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
—Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
—¡Viva la anarquía!
—¡Fuego!
Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas.
Fogonazo del tiro de gracia.

Muerto

Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:
—Está prohibido reírse.
—Está prohibido concurrir con zapatos de baile.


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