Bienvenidos al portal:
Este blog está destinado a facilitar el acceso al material que utilizaremos en el año. Mis queridos amigos espero que tengamos una alegre convivencia y que podamos disfrutar del mundo de las letras juntos.
Cuando aprendemos a
hablar no sólo se trata de aprender combinación de sonidos con su significado,
es impresionante pensar en la cantidad de cosas que vamos aprendiendo cuando
comenzamos a hablar, no se trata sólo de aprender palabras y su uso sino que
con ello vamos teniendo una actitud ante la forma de ese discurso.
Se nos dice que un
texto es como un tejido, un entramado compuesto por palabras, que las palabras
dichas son los hilos del entramado pero que entre hilo e hilo hay un hueco, un
espacio que completa el receptor, por eso siempre un texto es incompleto y eso
permite jugar con los significados y por eso un mismo mensaje significa cosas
distintas para cada receptor. Viéndolo así, sería imposible contar algo
completamente, por ejemplo: “...ingresé al baño, abrí la ducha y me bañé...”
aquí el emisor eligió de la secuencia los puntos que para él son importantes,
el receptor entiende la secuencia y la reconstruye a su modo, ahora podríamos
tratar de completar la secuencia: “...giro el picaporte de la puerta del baño,
lentamente se abre la puerta y rechinan sus bisagras, recordé que tengo que
aceitarlas. Mi pie derecho pisa la cerámica azul del baño y mientras veo mi pie
mi mano izquierda, de memoria encuentra la perilla de la luz y esta invade el
interior del baño con su claridad amarillenta, allí veo la cortina verde de la
ducha que está abierta y veo el jabón que se encuentra en la jabonera...” Sería
imposible narrar completamente una secuencia, podría ser infinito si detallo
todas las sensaciones y pensamientos, como mínimo, si me ajusto sólo a los
actos, una secuencia que dura 15 minutos al narrarla tardaría 15 minutos, el
receptor sin duda se aburriría esperando que termine.
Y esta breve
reflexión nos lleva a otros temas que desarrollaremos más adelante, ahora
volvamos a la clasificación de los textos según su trama y lo que permite esta
clasificación es advertir la intención que se propone el emisor con su mensaje.
Como hemos visto cuando desarrollábamos el circuito de comunicación un emisor
siempre que se comunica tiene al menos una intención y también intenciones
ocultas. El receptor adivina intenciones para interpretar el mensaje y una de
las cosas que el emisor y receptor comparten es darse cuenta el tipo de texto o
trama que el emisor está construyendo y ello es importante porque determina una
actitud en el receptor.
Si un emisor dice:
“Hola, cómo andás.” El receptor interpreta que es interpelado y que debe emitir
un mensaje y seguramente tendrá una trama similar a la anterior. Si uno de los
dos comienza un nuevo texto así: “Bueno, cuando yo era chico iba caminando
por...” el receptor quedará expectante porque sabe que ese emisor contará algo,
y que todo adquiere un significado al final del relato, sabe eso el receptor,
por eso escucha y espera ansioso el final. Las intenciones del emisor permiten
clasificar los textos en cinco grupos diferentes: descriptivo, narrativo,
dialogal, argumentativo y explicativo.
El texto descriptivo
Aquí el emisor tiene la intención
de decir cómo es un objeto, una persona o un suceso. Decir cómo es algo pocas
veces es un texto solitario, este texto por lo general se inserta en otro tipo
de texto, por ejemplo en una narración. Toda descripción es una pausa, por
ejemplo en una narración, un cuento, la descripción se convertirá en una pausa
y es muy importante usarlas debidamente porque una pausa implica suspenso. Si
pensás en una película, cuando está por ocurrir algo importante en el
desarrollo de las acciones se genera suspenso con planos que son descriptivos,
por ejemplo cuando va a ocurrir un crimen, la cámara se detiene en mostrar una
puerta, un picaporte que se abre lentamente y la puerta se abre lentamente
mientras que la víctima está distraída en otra cosa. Esta pausa es una
descripción y en cine se llaman planos descriptivos. Lo mismo ocurre en un
cuento y si el narrador, el emisor, detiene su relato para describir un paragua
es porque ese paragua será importantísimo en el desarrollo de las acciones. En
nuestra vida cotidiana usamos mucho el texto descriptivo y cuando abusamos de
ellos nuestro receptor nos lo hará saber de inmediato porque nos interrumpirá,
expresará de alguna manera que las pausas están de más. A continuación un texto
descriptivo que está dentro de una carta que Cristóbal Colón escribió dando
noticias de lo que encontró en su viaje.
Fragmento de:
Carta de Colón anunciando el
descubrimiento
La
gente de esta isla y de todas las otras que he hallado y he habido noticia,
andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren, aunque
algunas mujeres se cobijan un solo lugar con una hoja de hierba o una cofia de
algodón que para ellos hacen. Ellos no tienen hierro, ni acero, ni armas, ni
son para ello, no porque no sea gente bien dispuesta y de hermosa estatura,
salvo que son muy temerosos a maravilla. No tienen otras armas salvo las armas
de las cañas, cuando están con la simiente, a la cual ponen al cabo un palillo
agudo; y no osan usar de aquellas; que muchas veces me ha acaecido enviar a
tierra dos o tres hombres a alguna villa, para haber habla, y salir a ellos de
ellos sin número; y después que los veían llegar huían, a no aguardar padre a
hijo; y esto no porque a ninguno se haya hecho mal, antes, a todo cabo adonde
yo haya estado y podido haber fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño
como otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa alguna; mas son así
temerosos sin remedio. Verdad es que, después que se aseguran y pierden este
miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo que tienen, que no lo
creería sino el que lo viese. Ellos de cosa que tengan, pidiéndosela, jamás
dicen de no; antes, convidan la persona con ello, y muestran tanto amor que
darían los corazones, y, quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio,
luego por cualquiera cosica, de cualquiera manera que sea que se le dé, por
ello se van contentos. Yo defendí que no se les diesen cosas tan civiles como
pedazos de escudillas rotas, y pedazos de vidrio roto, y cabos de agujetas
aunque, cuando ellos esto podían llegar, les parecía haber la mejor joya del
mundo; que se acertó haber un marinero, por una agujeta, de oro peso de dos
castellanos y medio; y otros, de otras cosas que muy menos valían, mucho más;
ya por blancas nuevas daban por ellas todo cuanto tenían, aunque fuesen dos ni
tres castellanos de oro, o una arroba o dos de algodón filado. Hasta los
pedazos de los arcos rotos, de las pipas tomaban, y daban lo que tenían como
bestias; así que me pareció mal, y yo lo defendí, y daba yo graciosas mil cosas
buenas, que yo llevaba, porque tomen amor, y allende de esto se hagan
cristianos, y se inclinen al amor y servicio de Sus Altezas y de toda la nación
castellana, y procuren de ayuntar y nos dar de las cosas que tienen en
abundancia, que nos son necesarias. Y no conocían ninguna seta ni idolatría
salvo que todos creen que las fuerzas y el bien es en el cielo, y creían muy
firme que yo con estos navíos y gente venía del cielo, y en tal catamiento me recibían
en todo cabo, después de haber perdido el miedo. Y esto no procede porque sean
ignorantes, y salvo de muy sutil ingenio y hombres que navegan todas aquellas
mares, que es maravilla la buena cuenta que ellos dan que de todo; salvo porque
nunca vieron gente vestida ni semejantes navíos.
Algo para tener en
cuenta:
Acabamos de leer un
fragmento de la carta de un conquistador, así lo llamamos, es una descripción
de personas y de situación, nuestra imaginación completa lo que no está narrado
y la descripción nos permite imaginar cómo fueron pasando las cosas. Una breve
actividad:
Trabajo
1
1-Buscar
información sobre algún planeta o astro, prestar atención a sus
características, a lo que por ahora sabemos.
2-Imaginar que sos
un astronauta que llega a ese lugar con una tripulación que está a tu mando, en
el lugar encontrás seres con vida.
3-Escribir una
carta a tus jefes en la tierra detallando el hallazgo y lo que harán, en la
misma debe haber descripciones, cómo son: el lugar, los seres encontrados y la situación.
Trabajo
2
1-Buscar una escena
de “Los Simpson” en donde descubras que hay suspenso, observarla bien, tratá de
mirar bien lo que te muestra mientras se produce el momento expectante.
2-Detallar bien
todo lo que fue mostrando, sonidos, música, los objetos, personajes, partes que
fueron enfocadas antes de que ocurra la acción esperada.
Tener en cuenta para
este trabajo que en cine siempre hay suspenso, puede haber suspenso incluso en
una escena de amor, en una escena violenta, en un viaje, por ejemplo: “un
personaje va manejando su auto, se ve la calle, se ve la cara del conductor, se
escucha el sonido de un teléfono, se ven los ojos del conductor que mira hacia
el ruido, se vuelve a ver la calle y que el auto está en movimiento, se ve la
mano del conductor que toma el teléfono, se ve nuevamente la calle...” Esta
simple escena está plagada de suspenso y ese suspenso está logrado con todos
esos planos descriptivos, están describiendo una situación y los objetos que en
ella participan, es obvio que si en la película mostraran ese viaje y con ese
suspenso es porque algo pasará allí. Lo vamos a dejar acá, por ahora, suerte
con la escena que elijas, yo propongo “Los Simpson” porque me parece de fácil
acceso, todos los días está en el aire en televisión, en Youtube, etc. Pero si
vos preferís otra escena de película o serie, tendrá que estar en Youtube y
copiás el link, para que yo luego pueda encontrarla.
Textos Narrativos
Relatan
acontecimientos, es una sucesión de acciones, una acción provoca otra y es
consecuencia de otra anterior, veremos qué sucede con el orden. Si puedo contar
el acontecimiento en el orden en que ocurrieron o si puedo contar todo
desparramado, en el policial por ejemplo, vemos que se cuenta primero la última
acción, “el crimen”, luego se va contando lo que había pasado antes.
Las acciones son
importantes, son los nudos que llevan adelante la narración, si hablamos de
acciones serán importantes los verbos, el uso correcto de los mismos permiten
que el receptor interprete, ¿qué diferencia existe entre: cantó, cantaba, había
cantado? Vos los usás perfectamente cuando le contás algo a tus amigos, pero
prestar atención a estos detalles que los hacemos sin pensar nos permite ver el
mundo de otras maneras. No nos vayamos de tema, un texto narrativo es contar
acciones, contar es contar, cuando jugás a las escondidas y te toca contar ¿qué
contás?: números y en un orden 1, 2, 3, 4, 5... muy bien, en una narración, ese
orden se puede alterar y el que cuenta puede elegir qué cosas son más importantes
y cuales ni siquiera vale la pena contarlas. Como ya vimos en la descripción,
en la narración también elegimos los nudos claves: “me peiné, apagué la cocina
y salí...”, allí tengo tres nudos en este relato, te darás cuenta que no conté
muchas otras cosas: “dejé el peine, camine hacia la cocina, abrí la puerta...”
esto último decidí no contarlo, ahora bien puedo alterar el orden y para ello
debo usar correctamente los verbos: “salí, me había peinado y había apagado la
cocina...” Cuando veamos verbos, veremos todo esto, pero está bueno ir
pensándolo. Otra cuestión, siempre que hay una narración hay alguien que cuenta
y ¿qué nombre le damos al que cuenta? ¿Cuentero?, puede ser, en nuestra materia
le decimos NARRADOR, luego veremos la variedad de tipo de narradores que hay.
Para
ir observando que la narración es importante en nuestras vidas te presento un
video de un mago y cuya magia está lograda a partir de su narración:
René Lavand: El gitano Antonio
René Lavand: El cumanés
Textos Dialogales
Se
compone cuando un emisor y un receptor alternan. Cuando dos o más personas
plantean un tema a partir de la alternancia en la emisión de distintos
mensajes. Un texto complejo puede estar compuesto por los textos de cada
individuo, esto es lo que ocurre en una escena de teatro, habla cada personaje,
cada personaje dice su mensaje pero ese mensaje unido al de los otros componen
otro mensaje que es más complejo. En una conversación, el receptor identifica
rápidamente que su actitud debe ser de respuesta inmediata, el emisor espera
esa respuesta para continuar, por eso se interpela al receptor para que
intervenga activamente.
El final de uno de
los discursos se produce ante la interrupción del receptor que pasa a
convertirse en emisor y convierte en receptor al que hasta entonces era emisor.
En el diálogo están
las voces de dos o más interlocutores, tenemos que pensar que los tipos
textuales se mezclan, es obvio que en un cuento predomina el texto narrativo,
el que nos cuenta el narrador, pero no por ello descartamos las descripciones y
los diálogos, allí los que dialogan son los personajes con su propia voz,
distinta de la del narrador. En una obra de teatro o en una entrevista, va a
predominar el texto dialogal pero puede aparecer un personaje que en su
intervención cuenta algo, allí habrá un texto narrativo pero dentro del
diálogo.
A
continuación tenés dos videos, en ambos hay texto dialogal pero en uno es el texto
que predomina, en el otro dialogan los personajes pero los diálogos están
dentro de una narración, allí predomina el narrativo y hay un narrador. Tratá
de descubrir cuál es el tipo textual predominante en cada uno:
Leo Masliah: Problema de tiempo
Leo Masliah: La tragedia de ir a
ver Titanic
Textos Argumentativos
Cuando
alguien argumenta, lo que hace es dar razones para convencer a su receptor de
una idea, de una opinión, de una afirmación. Este tipo de texto lo construís a
diario, todo el tiempo, cuando hablás, lo hacés contestando a otro texto o
queriendo convencer al otro de que tenés razón, para ello usás estrategias, cuando
acertás en las estrategias que usás, obtenés una especie de triunfo en tu
discusión.
Cuando querés
convencer a tu madre para que te deje hacer algo que ella se niega, construís
texto argumentativo, ella si se mantiene en su postura también creará un texto
argumentativo. Cuando un vendedor quiere venderte un auto tratará de
convencerte de que ese vehículo vale mucho más del dinero que se pide, el
receptor, como sabe que su emisor lo está queriendo convencer, sabe que dentro
de su estrategia puede estar la mentira, son las reglas del juego, cuando
veamos “La nota de opinión y el ensayo”, veremos más sobre argumentación y sus
recursos. En el video anterior, donde había un diálogo, dentro de éste había
una argumentación, ambos intentaban convencer a su interlocutor de algo. A
continuación te presento una parodia de propaganda, una propaganda por lo
general quiere convencer por eso estará compuesta por un texto argumentativo,
allí el emisor quiere convencer a sus receptores de algo ¿de qué? Tratá de
descubrirlo.
Omar Obaka: ¿Un país sin droga?
Textos Explicativos
Como
lo indica su nombre, el emisor intenta explicar. La explicación de un tema va a
utilizar vocablos específicos a ese tema, por eso la explicación en muchos
casos intenta descifrar el significado de cada palabra específica, lo que estás
leyendo ahora está intentando explicar esta clasificación de tipos textuales y
usamos palabras exclusivas y específicas como: argumentación, narración,
narrador, emisor, receptor, descriptivo, etc. Conocer el significado específico
de estas palabras forma parte de la explicación. Todos los textos escolares, el
de los manuales que usás, que intentan explicarte un funcionamiento, un origen,
un mecanismo, etc. serán textos explicativos.
La publicidad es
una de las formas de comunicación escrita, visual y multimedia que buscan
generar en el público un interés particular por una marca específica de productos
o servicios. Es considerada, en la actualidad, una de las fuentes de mensajes
cotidianos más presente en la vida del ser humano, y existe un debate constante
respecto a los límites que debe imponérsele a la publicidad o los mecanismos de
responsabilidad que debe atribuírsele a sus creadores.
Diferencias entre publicidad y
propaganda
Las distinciones
entre la propaganda y la publicidad radican en que la primera busca incidir en
la ideología y el modo de pensar de la población, por ejemplo, intentando
convencer respecto a una decisión electoral o incluso implantar ciertas normas
de conducta en la población o erradicar algunas consideradas nocivas.
La publicidad, en
cambio, hace caso omiso al modo de pensar del posible público, ya que se
interesa únicamente en fomentar la compra de un producto o en visibilizar los
valores de la empresa que lo fabrica.
Tipos de medios de comunicación
La publicidad se
vale de numerosos medios para alcanzar al público destino, a través de anuncios
escritos, visuales, sonoros o audiovisuales. Podemos distinguirlos de la
siguiente manera:
Escritos. Como anuncios de prensa,
volantes, carteles, etc.
Visuales. Que combinan el texto con
fotografías, dibujos o esculturas de diversa índole para captar la atención.
Sonoros. Típicos de la transmisión
radial.
Audiovisuales. Como los anuncios que
aparecen en la televisión o en Internet.
Experienciales. Pruebas gratuitas del
producto, promoción persona a persona, etc.
Para ir viendo Es inevitable tener en cuenta lo que venimos desarrollando en clase con respecto a la comunicación. ¿Qué ocurre con el mensaje en los medios? ¿Con un mensaje hecho para muchos receptores al mismo tiempo? ¿Qué ocurre con las intenciones del emisor? ¿Qué ocurre con lo que adivina el receptor de esas intenciones? ¿Qué ocurre con la pasividad y la credulidad del receptor? Estas son algunas de las preguntas que debemos hacernos. Para encontrar algunas respuestas aquí tenemos el siguiente fragmento de una película.
Actividad:
1-Después de ver el video: Buscar una publicidad gráfica -diario, revista, afiche, volante-.
2-Detectar quién es el emisor y qué intención se propone.
3-Tiene imágenes, foto o dibujo o gráfico: ¿qué representa dicha imagen? ¿qué colores predominan? ¿tiene fondo, de qué color?
4-Tiene palabras: ¿cómo son las letras? ¿presenta textos largos o breves?
5-¿Qué ventajas promete el publicista a quien adquiera el producto?
6-Teniendo en cuenta lo anterior: ¿A quién está dirigida la publicidad? ¿Se puede detectar si está dirigida a hombre, mujer, adultxs, jóvenxs, niñxs, a clases altas, a clases bajas, a alguna profesión específica, etc.?
7-Vos creés que la publicidad dice la verdad, o que es engañosa. Justificar, explicar por qué.
8-Buscar dos publicidades televisivas: una en la que descubras que te están engañando y otra en la que puedas creerle, ¿por qué en cada elección?
Lo que caracteriza a este tipo de
mensaje es la relación que se establece entre el emisor y el receptor.
Ya vimos que en los mensajes
literarios al EMISOR lo mueven a comunicarse distintas finalidades, explicar
cuando se trata de mito o leyenda, enseñar cuando se trata de cuentos
populares, la belleza y el entretenimiento cuando aparece la escritura. En
todos estos casos el receptor espera una ficción, el receptor se predispone a
buscar significados ocultos en la ficción que presenta el emisor.
En el caso de la NOTICIA, el
emisor quiere informar, por eso tratará de ser lo más claro posible, intentará
que el mensaje no tenga muchos significados ocultos, que el mensaje sea lo más
transparente y claro posible. Por su parte el receptor espera de ese tipo de
mensaje que sea verdadero, espera verdades y se sentirá defraudado si descubre
que el emisor de una noticia le está mintiendo.
A continuación tenés un video de una parodia de noticiero que se burla y exagera el modo de actuar y los defectos que vemos a diario en algunos periodistas.
La noticia gráfica
Uno reconoce una noticia gráfica
a simple vista por sus elementos paratextuales:
Título
o encabezado: se
presenta el tema a ser tratado en una oración generalmente unimembre, es la
tipografía más destacada y debe ser breve y conciso porque su intención es
llamar la atención del lector. Como suele ser una oración unimembre no se
utilizan verbos conjugados, muchas veces se los convierte en sustantivos, por
ejemplo: MUERTE EN HURLINGAM, allí el verbo MATAR fue convertido en el
sustantivo MUERTE.
Volanta: Suele ubicarse sobre el título
y agrega información a éste, completa el sentido del titular llamativo.
Copete
o bajada o primer párrafo:
en un resumen de la información que tratará la noticia, al igual que la volanta
cumple la función de completar el titular. Uno no podría leer diariamente 60 o
70 hojas de un periódico, para eso se utilizan estos elementos, el receptor lee
los titulares, cuando le interesa uno, lee la volanta, selecciona y pasa al
copete, aquella noticia de la cual quiere informarse con más detalle pasará a
leer el cuerpo.
Cuerpo: Toda noticia necesita incluir
la respuesta a las siguientes preguntas: ¿Qué ha sucedido? ¿Quiénes
están involucrados? ¿Dónde sucedieron los hechos? ¿Cuándo ocurrió? ¿Cómo y por
qué ha sucedido?
Imagen: puede tratarse de una foto, un
dibujo, un gráfico que completa la información.
En el fragmento de una entrevista Mohamed Alí contesta a una pregunta y allí construye un texto argumentativo. Detectar: ¿Cuál es su opinión? ¿De qué quiere convencer a sus interlocutores? ¿A quién dirige su respuesta?
Dentro de su argumento utiliza recursos: detectar dónde hay ironía, comparación, hipérbole, cita, ejemplificación, refutación.
La entrevista
TIPOS
DE ENTREVISTAS
1. Entrevista
perfil o de personalidad. Su objetivo es presentar al público el retrato de un
personaje. El interés está centrado en
la persona en sí, sus cualidades, sus opiniones, su trayectoria y biografía, tanto
profesional como humana. Este tipo de entrevista admite una mayor libertad
formal. Se pueden incluir comentarios y descripciones, así como intercalar
datos biográficos del personaje abordado.
2. Entrevista de
declaraciones, de información u objetiva. Su finalidad es informar al público
de lo que una persona experta en una determinada materia o con un cargo
relevante opina sobre un tema concreto. En este caso es el tema lo que está de
actualidad.
3. Entrevista
mixta. Es la que combina elementos de la entrevista de personalidad y de la de
declaraciones.
ESTRUCTURA
DE LA ENTREVISTA
1. Título. Debe ser
atractivo. Si la persona entrevistada es conocida, basta con seleccionar como
titular su nombre o una de las declaraciones manifestadas en la entrevista.
2. Presentación. El
entrevistador ofrece información precisa sobre la persona a la que va a
entrevistar o hace una breve introducción o resumen de lo que en la entrevista
se va a tratar con las circunstancias o motivo de sus declaraciones.
3. Diálogo.
Finalmente, se reproduce el diálogo entre el entrevistador y el entrevistado.
Trabajo
práctico grupal: Entrevista y Texto Argumentativo
Curso:
Integrantes del grupo:
Tema elegido:
Título:
1. A partir del tema elegido
buscar posibles personas a las que se podría entrevistar. Analizar qué tipo de
entrevista conviene realizar. Realizar al menos una lista de 20 preguntas que
podrían ser usadas en la entrevista.
2. Grabar el diálogo de la
entrevista.
3. Elegir un título.
4. Organizar una presentación
para la entrevista, puede ser una descripción del personaje, del tema a tratar,
pueden usar preguntas que ustedes se hacen con respecto a determinado
conflicto, etc. Grabar luego la presentación que será grabada en un nuevo
archivo.
5. Realizar por escrito un texto
argumentativo, una nota de opinión escrita por ustedes a partir de una opinión
que ustedes tengan a partir del resultado de la entrevista. El texto tiene que
tener:
A.
Una afirmación o una pregunta, una opinión sobre el tema que intentarán
demostrar con el texto.
B.
Agregar al texto recursos:
-ejemplificación
-citas, [podés citar partes de la
entrevista, a especialistas en el tema, etc.] recordar usar comillas para la
voz del otro.
Muchos profesionales del sector
periodístico consideran que un artículo
de opinión (de género periodístico) es un subgénero o una
creación moderna de un ensayo,
diferenciado por su temática de actualidad y corta extensión.
¿Qué es un ensayo?
En la literatura el ensayo es una
composición escrita en prosa y por lo general breve, en el cual se expone la
interpretación personal sobre un tema.
A continuación tenés tres ejemplos
y en clase veremos que el texto argumentativo es el que se acomoda mejor al
ensayo, argumentar es convencer, es un tipo textual que utilizás a diario, sin
pensarlo vos construís este tipo de texto y usas muchos de los recursos que
estudiaremos para convencer a tu interlocutor, algunos de ellos son: la
refutación, la cita, ejemplificar, enumerar casos, la ironía, la burla, la
comparación, y otros más. Ya verás que son recursos que utilizás con mucha
frecuencia y va a ser muy fácil que los reconozcas.
Tres héroes [1882]
por
José Martí
Cuentan
que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo
del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde
estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles
altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se
movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque
todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a
todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A
todos: al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta
hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.
Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y hablar
sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar ni hablar. Un
hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un
hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que
el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con
obedecer a leyes injustas, y permiten que pisen el país en que nació los
hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El niño, desde que puede
pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden
vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres,
y debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su
alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un
hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de ser bribón. Hay
hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres
para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso; la
llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con
rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por
lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama. En América se vivía
antes de la libertad como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario
quitarse la carga, o morir. Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin
decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven
sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro,
como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro,
hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los
que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su
libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de
hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados.
Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de
la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien
que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos
que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene
manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos
hablan de la luz.
Roberto
Arlt escribía en Diario El mundo un artículo diario que se titulaba Aguafuertes
Porteñas, allí Arlt mostraba curiosidades de la ciudad. A continuación tenés dos de ellos, uno con su característico humor y el segundo cargado de melancolía o intentando ser objetivo, ¿te acordás qué era eso que llamamos objetividad?
Arlt murió en 1942
a los 42 años, por eso podemos repasar mientras leemos eso de cronolecto,
sociolecto y dialecto ¿te acordás que era?
Ni los
perros son iguales
Roberto
Arlt
He caído en la maravillosa
casa de pensión. El edificio amenaza venirse abajo de un día para otro, pero el
patio está tan lleno de plantas, enredaderas y parras, palomas, pollos y
pájaros, que no cambiaría mi cuartujo con reja de hierro por todo el Pasaje Güemes.
La patrona es gorda, centrina y tuerta. Uno de sus chicos debe tener mal las
glándulas de secreción interna; otro es bisojo, en fin: es un caserón estupendo
que me recuerda al Arca de Noé. Es una antigua casa de Flores, y cuando se
nombra a Flores, hay que sacarse el sombrero porque es la más linda parroquia
de la capital. Lástima que han echado a perder la iglesia, pintándola y
poniéndole un pararrayosdorado en la cabeza de
un santo. Eso es un escándalo, que si yo fuera arzobispo corregiría de inmediato.
No nos vayamos por las ramas
y al grano. En la maravillosa casa que se viene abajo, además de las palomas,
pollos, pájaros y otros bicharracos con plumas, cuyo nombre zoológico ignoro,
habitan dos perros que son exclusiva propiedad de la patrona.
Un perro se llama Chaplin y
el otro se llama Guitarra. Chaplin y Guitarra no se llevan bien, por lo que
observo.
Chaplin es perro mocito, con
barbas en el hocico; barbas ralas todavía. Eso no le impide ser bien educado.
En cuanto me vio por primera vez, saltó a mi encuentro ladrándome. La patrona
le dijo un autoritario «¡Cucha Chaplin!», y Chaplin, tratando de congraciarse
conmigo, bajó la cabeza, me husmeó la punta de los zapatos y meneó la cola.
En su entendimiento de perro
respetuoso de las leyes que rigen la vida de la sociedad, se hizo nítido el
concepto de que yo era un favorecedor de su ama, y como a tal me miró y luego
me agasajó, solidarizándose por completo con su patrona, que me enumeraba todas
las bellezas de una cama con pulgas y de un sofá cubierto de tela dorada que es
una maravillosa incubadora de pulgas. A medida que la patrona se enternecía
describiéndome su pulposo sofá, Chaplin meneaba más y más intensamente la cola,
como si quisiera darme a entender que él, en su calidad de perro delicado,
también había apreciado las condiciones de melifluidad y blandura del sofá.
A la noche, cuando fui a
cenar, compareció Chaplin. Me miró, movió su cola a modo de «buen provecho», y
luego se escurrió para no ser inoportuno.
Al día siguiente, cuando
terminaba de almorzar, pasó Guitarra. Guitarra es petizón, de color zaino,
hocico ratonero. Me miró de reojo y siguió de largo. «Vení Guitarra», le dije,
pero como si no lo hubiera llamado. Volvió la cabeza como para largar un
tarascón, y se metió en el comedor.
«Mal sujeto este perro»,
pensé, y sentándome en una hamaca, me quedé contemplando beatíficamente las
palomas metidas entre el verdor de las enredaderas.
Al rato, grave y
escurridizo, tornó a pasar Guitarra. Quería mirarme, pero no demostrarme su
deseo de que me observaba, y como quien no quiere la cosa dio un rodeo frente a
mi hamaca, mientras con el rabo del ojo me soslayaba broncoso. Nuevamente,
cordial, le dije:
—Vení, Guitarra, vení.
Pero como si lo hubiera
insultado, o quisiera quitarle un hueso, dobló bruscamente la cabeza y apresuró
el movimiento de sus cortas patas.
No habían transcurrido diez
minutos, y ¡vuelta a pasar Guitarra! Esta vez, digno, sin mirar. «¡Maldito
perro! —pensé—. Se está haciendo el interesante». Y ya no volví a decirle nada.
Creo que debió ofenderle mi
silencio, porque regresó pocos minutos después; dio un rodeo más extenso que
nunca al llegar al lugar donde yo me daba mi baño de sol, y para que no quedara
duda alguna de que él, Guitarra, me despreciaba cordialmente, descubrió el belfo
mostrando la brillante curvatura de los dientes. Y yo me quedé pensando:
—He aquí que Chaplin y
Guitarra son dos temperamentos distintos. Chaplin es cordial, respetuoso,
amable. Chaplin, si fuera hombre, pertenecería a la sociedad. Los Amigos del
Arte o de la Ciudad; en cambio, Guitarra es pesimista. Debe de haber recibido
más de un puntapié de los pensionistas, y su entendimiento de can con
experiencia le ha enseñado a desconfiar de los hombres y a mantenerse en una
soledad agria, en un aislamiento que no transa ni con la dulzura de las
palomas, porque en cuanto una de estas se acerca a él, Guitarra, súbitamente
broncoso, le tira un mordisco, no sin cerciorarse previamente con una rápida
mirada si el patrón lo puede ver.
Guitarra vive orgullosamente
solo. Prescinde de afectos. Está en el caserón como si se encontrara en la
selva o en el destierro. Va y viene con independencia absoluta mientras que
Chaplin, fijándose cómo su amo convierte en liebre a un gato, levanta la cabeza
con los ojos lustrosos de cordialidad.
Y mientras las palomas se
arrullan entre las glicinas, y los pollos picoteaban la tierra, me he quedado
pensando que ni los perros son iguales, que cada bestia tiene carácter
distinto, tan distinto que de pronto, al ver que un pollo lo echa a otro tan
grande como él a picotazos, me pregunto:
—¿Por qué ese pollo,
aparentemente fuerte como el otro, ha huido de este que se queda disfrutando
solo un canterito de pasto? Si los pollos pudieran dividirse la tierra, este
pollo autoritario y cabrero y el otro… ¡vaya a saber lo que sería!
Y de paso algo para investigar: ¿Quién era Severino Di Giovanni? ¿Qué es anarquismo?
El formato en este caso es distinto, presenta elementos paratextuales distintos a los anteriores, marcarlos y averiguar cómo se llaman.
He visto Morir…
Por Roberto Arlt
El
reo, no es el que muere en la hoguera, sino el que la enciende.
William Shakespeare
Las
5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina
el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si
corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores
iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos
vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.
La letanía
Espacio
de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en
medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un
rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
“..de
acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…”
El
oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que
parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de
fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es
Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huida hacia las sienes como
la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja.
Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo.
Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas
pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento,
lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la
muerte.
“..artículo
número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior
tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…”
Di
Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza
tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
Di
Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que
analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son
importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los
términos con que está redactada la sentencia.
“..Dése
vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…”
Habla el Reo
—Quisiera
pedirle perdón al teniente defensor…
Una
voz: —No puede hablar. Llévenlo.
El
condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a
las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico.
Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!
El
reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho.
Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las
rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para
tomar el mate.
Permanece
así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando
los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de
derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha
formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al
condenado. Éste grita:
—Venda
no.
Mira
tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero
permanece así, tieso, orgulloso.
Surge
una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa,
perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di
Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza,
en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será
para recibir las balas?
—Pelotón,
firme. Apunten.
La
voz del reo estalla metálica, vibrante:
—¡Viva
la anarquía!
—¡Fuego!
Resplandor
subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las
balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las
manos tocando las rodillas.
Fogonazo
del tiro de gracia.
Muerto
Las
balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece
sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver.
Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica
que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile,
se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro
dice una mala palabra.
Veo
cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios;
son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de
Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se
reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel
que rezara:
Cultores de lo que se llamó el cuento moderno. ¿Qué es la realidad? ¿Qué es la verdad? Ambos autores tuvieron vidas y muertes trágicas, sus vidas atormentadas quedaron reflejadas en sus obras. Herederos de la corriente filosófica conocida como positivismo, donde se parte de una verdad aceptada para convertirse en ciencia, es decir verdad que debe ser demostrada. En Poe por ejemplo, dio origen al formato de cuento que aún se sigue usando, algo sumamente misterioso y finalmente se descubre, así encontró su forma el policial y el cuento extraño, muchas veces las explicaciones provienen de la psicología del personaje, muchas veces convertido en narrador. Quiroga, que conocía la obra de Poe, produjo textos extraordinarios, donde la tragedia se hace presente en el destino del protagonista. En clase veremos qué es eso de tragedia, ¿qué es la realidad, la verdad, la verosimilitud? Cuáles son sus diferencias.
A la deriva
Horacio Quiroga
El
hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó
adelante, y al volverse, con un juramento vio una yararacusú que, arrollada
sobre sí misma, esperaba otro ataque. El hombre echó una veloz ojeada a su pie,
donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de
la cintura. La víbora vio la amenaza y hundió más la cabeza en el centro mismo
de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras. El
hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre y durante un
instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violeta y
comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su
pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho. El dolor en el pie aumentaba,
con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres
fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida
hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica
sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó
por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos
puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero.
La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su
mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo
devoraba. –¡Dorotea! –alcanzó a lanzar en un estertor–. ¡Dame caña! Duración
9’56’’ 151 Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres
tragos. Pero no había sentido gusto alguno. –¡Te pedí caña, no agua! –rugió de
nuevo–. ¡Dame caña! –¡Pero es caña, Paulino! –protestó la mujer, espantada.
–¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo! La mujer corrió otra vez, volviendo
con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada
en la garganta. –Bueno; esto se pone feo... –murmuró entonces, mirando su pie lívido
y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo la carne
desbordaba como una monstruosa morcilla. Los dolores fulgurantes se sucedían en
continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de
garganta, que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando
pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la
frente apoyada en la rueda de palo. Pero el hombre no quería morir, y
descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a
palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las
inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a
Tacurú—Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el
medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y
tras un nuevo vómito –de sangre esta vez– dirigió una mirada al sol, que ya
trasponía el monte. La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque
deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió
el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes
manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría llegar
jamás él solo a Tacurú—Pucú y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves,
aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados. La corriente del río se
precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente
atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros,
exhausto, quedó tendido de pecho. –¡Alves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y
prestó oído en vano.– ¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! –clamó de
nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó rumor.
El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola
de nuevo, la llevó velozmente a la deriva. El Paraná corre allí en el fondo de
una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente
el río. Desde 152 las orillas, bordeadas de negros bloques de basalto, asciende
el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, siempre la eterna
muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes
borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo y reina en él un silencio de
muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una
majestad única. El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo
de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó
pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed
disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. El veneno
comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía
fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del
todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú—Pucú. El bienestar
avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en
la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona, en Tacurú—Pucú?
Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y
el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida,
el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular en penetrantes
efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y
en silencio hacia el Paraguay. Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa
derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un
remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba
entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald.
¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y
medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y la respiración... Al recibidor de maderas de mister Dougald,
Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un Viernes Santo...
¿Viernes? Sí, o jueves... El hombre estiró lentamente los dedos de la mano. –Un
jueves... Y cesó de respirar.
La gallina degollada
Horacio Quiroga
Todo
el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del
matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos
estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.
El
patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco
quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los
ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los
idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio,
poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente,
congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría
bestial, como si fuera comida.
Otra
veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía
eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces,
mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre
estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día
sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de
glutinosa saliva el pantalón.
El
mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se
notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos
cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los
tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y
mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor
dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado
ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el
amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así
lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de
matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante,
hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche
convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El
médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando
las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después
de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la
inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado
profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas
de su madre.
—¡Hijo,
mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su
primogénito.
El
padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A
usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse
en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!…
¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que…?
—En
cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo.
Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más,
pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con
el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el
pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar,
sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su
joven maternidad.
Como
es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació
éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero
a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día
siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta
vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor
estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y
toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no
pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un
hijo como todos!
Del
nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de
redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron
mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas
por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por
sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya
sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de
sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra
todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta
inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían
colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y
ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad
imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con
los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados
tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo
tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No
satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón
de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado
sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la
desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos
echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio
específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse
con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del
insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me
parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las
manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta
continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es
la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus
hijos.
Mazzini
volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De
nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno,
de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta
vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo
que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah,
no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba más!…
—murmuró.
—¿Qué
no faltaba más?
—¡Que
si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería
decir.
Su
marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos!
—articuló, secándose por fin las manos.
—Como
quieras; pero si quieres decir…
—¡Berta!
—¡Como
quieras!
Éste
fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables
reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació
así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando
siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella
toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del
mimo y la mala crianza.
Si
aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita
olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo
atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado,
pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor
indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los
rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para
que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía
afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si
hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya
se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua
falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí
mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale
forzado a crear.
Con
estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La
sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad.
No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco,
abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y
esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente
imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a
verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía
tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes
pasos de Mazzini.
—¡Mi
Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces…?
—Bueno,
es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella
se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni
yo jamás te hubiera creído tanto a ti… ¡tisiquilla!
—¡Qué!
¿Qué dijiste?…
—¡Nada!
—¡Sí,
te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier
cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini
se puso pálido.
—¡Al
fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que
querías!
—¡Sí,
víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha
muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos
son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini
explotó a su vez.
—¡Víbora
tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale
al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o
tu pulmón picado, víbora!
Continuaron
cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló
instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había
desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se
han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más
efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció
un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones
y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada
largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a
decir una palabra.
A
las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo,
ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El
día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la
sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta
había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la
carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los
cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la
operación… Rojo… rojo…
—¡Señora!
Los niños están aquí, en la cocina.
Berta
llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno
perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión!
Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e
hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que
salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las
cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su
banco.
Después
de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a
pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un
momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto
los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había
traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los
ladrillos, más inertes que nunca.
De
pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco
horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco,
miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin
decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a
un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el
mueble, con lo cual triunfó.
Los
cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba
pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la
garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a
todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero
la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija
en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente
sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente
avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya
a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de
la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme!
¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá!
¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del
borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá,
¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando
los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna
hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien
sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini,
en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me
parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron
oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se
despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el
patio.
—¡Bertita!
Nadie
respondió.
—¡Bertita!
—alzó más la voz, ya alterada.
Y
el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se
le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi
hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la
cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta
entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta,
que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del
padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina,
Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No
entres! ¡No entres!
Berta
alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la
cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.
El barril de amontillado
Edgar Allan Poe
Lo
mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó
el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi
carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra
con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era
ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo
había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía
que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando
su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando
ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es
preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para
que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre,
sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces,
tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel
Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno
de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un
entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los
catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el
tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los
millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato,
como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos
añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de
él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y
siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una
tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me
acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre
estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas
de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con
cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su
mano como en aquel momento.
—Querido
Fortunato —le dije en tono jovial—, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué
buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que
llaman amontillado, y tengo mis dudas.
—Por
eso mismo le digo que tengo mis dudas —contesté—, e iba a cometer la tontería
de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No
había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
—¡Amontillado!
—Tengo
mis dudas.
—¡Amontillado!
—Y
he de pagarlo.
—¡Amontillado!
—Pero
como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es
un buen entendido. Él me dirá…
—Luchesi
es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
—Y,
no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de
usted.
—Vamos,
vamos allá.
—¿Adónde?
—A
sus bodegas.
—No
mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted
algún compromiso. Luchesi…
—No
tengo ningún compromiso. Vamos.
—No,
amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho
frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de
salitre.
—A
pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a
usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo
esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y,
ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi
palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la
festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la
mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la
casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la
inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí
dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié,
haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje
que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera,
recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los
últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo
de las catacumbas de los Montresors.
El
andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban
a cada una de sus zancadas.
—¿Y
el barril? —preguntó.
—Está
más allá —le contesté—. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en
las paredes de la cueva.
Se
volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas
de la embriaguez.
—¿Salitre?
—me preguntó, por fin.
—Salitre
—le contesté—. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
A
mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
—No
es nada —dijo por último.
—Venga
—le dije enérgicamente—. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted
rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro
tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto.
Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad.
Además, cerca de aquí vive Luchesi…
—Basta
—me dijo—. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
—Verdad,
verdad —le contesté—. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero
debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y
diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila
de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
—Beba
—le dije, ofreciéndole el vino.
Llevóse
la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con
familiaridad. Los cascabeles sonaron.
—Bebo
—dijo— a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
—Y
yo, por la larga vida de usted.
De
nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
—Esas
cuevas —me dijo— son muy vastas.
—Los
Montresors —le contesté— era una grande y numerosa familia.
—He
olvidado cuáles eran sus armas.
—Un
gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante,
cuyos dientes se clavan en el talón.
—¡Muy
bien! —dijo.
Brillaba
el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a
causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos,
mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las
catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un
brazo, más arriba del codo.
—El
salitre —le dije—. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de
las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se
filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde.
Esa tos…
—No
es nada —dijo—. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí
un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos
llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un
ademán que no pude comprender.
Le
miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No
comprende usted? —preguntó.
—No
—le contesté.
—Entonces,
¿no es usted de la hermandad?
—¿Cómo?
—¿No
pertenece usted a la masonería?
—Sí,
sí —dije—; sí, sí.
—¿Usted?
¡Imposible! ¿Un masón?
—Un
masón —repliqué.
—A
ver, un signo —dijo.
—Éste
—le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
—Usted
bromea —dijo, retrocediendo unos pasos—. Pero, en fin, vamos por el
amontillado.
—Bien
—dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Apoyóse
pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos
por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego,
descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del
aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de
la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido
alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de
nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres
lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del
cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo,
formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había
quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía
otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y
con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso
determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes
pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una
de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En
vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la
profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
—Adelántese
—le dije—. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi…
—Es
un ignorante —interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido
inmediatamente por mí.
En
un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la
roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido
encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro,
separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con
los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado
aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del
recinto.
—Pase
usted la mano por la pared —le dije—, y no podrá menos que sentir el salitre.
Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No?
Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle
algunos cuidados que están en mi mano.
—¡El
amontillado! —exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
—Cierto
—repliqué—, el amontillado.
Y
diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he
aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta
cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda
de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había
colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que
la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio
que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto.
No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y
obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera
y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se
prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí
mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin,
aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las
quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi
pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que
había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una
serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre
encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante
un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas
por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para
tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré
satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de
quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así
lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya
era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava,
novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba
tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo
parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del
nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz
tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La
voz decía:
—¡Ja,
ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos
luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
—El
amontillado —dije.
—¡Je,
je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán
esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
—Sí
—dije—; vámonos ya.
—¡Por
el amor de Dios, Montresor!
—Sí
—dije—; por el amor de Dios.
En
vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé
en alta voz:
—¡Fortunato!
No
hubo respuesta, y volví a llamar.
—¡Fortunato!
Tampoco
me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé
caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el
corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a
terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra
y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra
la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace
requiescat!
La máscara de la muerte roja
Edgar Allan Poe
La
“Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste
había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el
rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo
repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas
escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que
la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de
la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero
el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron
semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se
retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era
ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico
aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la
circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los
cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían
resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de
la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con
precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el
mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse.
El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones,
improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la
seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al
cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los
más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile
de máscaras de la más insólita magnificencia.
Aquella
mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los
salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la
mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en
línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes,
permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se
trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo
extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la
visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había
un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda,
en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor
cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían
vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del
aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías
azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba
tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera
era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada
e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El
séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo
negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una
alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las
ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían
un color de sangre.
A
pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban
de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros.
Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores
paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes
que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los
cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa
forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara
del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color
de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto
terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de
quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí
los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un
gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo,
pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora
iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y
resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada
hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir
momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes
cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre
sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del
reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más
edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una
confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas
risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de
su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente
tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de
sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra
vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese
a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares.
Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos.
Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes,
sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído
que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo,
verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se
había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas
destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos
eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante
y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos
incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En
verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de
sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color
al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta
pareciera el eco de sus pasos.
Mas
otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento
todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están
helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas
han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos
en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al
pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas
en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza
y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora
es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la
sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne
que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las
otras estancias.
Congregábase
densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la
vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron
a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la
música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se
interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una sensación angustiosa. Mas
esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los
pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que
reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso
ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en
el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la
presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la
atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella
nueva presencia, se alzó al final un rumor que expresaba desaprobación,
sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de
fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición
ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella
mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba
incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el
corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción.
Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente
un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes
parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no
revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la
cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía
de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más
detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto,
aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz.
Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte
Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el
rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando
los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora,
con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre
los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de
terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
—¿Quién
se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se
atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y
desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las
almenas!
Al
pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del
este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete
estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa
de cesar a una señal de su mano.
Con
un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento
azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al
intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al
príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana
apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie
alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro
del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso
hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el
mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la
cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la
anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie
se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido
por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a
través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror
que a todos paralizaba. Puñal en mano, se acercó impetuosamente hasta llegar a
tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al
alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a
su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente
sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos
por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al
aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura
permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con
inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con
tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
Y
entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un
ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía
manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y
la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres
seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la
corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.