domingo, 16 de septiembre de 2018

Trama: Tipos de textos


La trama textual

Cuando aprendemos a hablar no sólo se trata de aprender combinación de sonidos con su significado, es impresionante pensar en la cantidad de cosas que vamos aprendiendo cuando comenzamos a hablar, no se trata sólo de aprender palabras y su uso sino que con ello vamos teniendo una actitud ante la forma de ese discurso.
Se nos dice que un texto es como un tejido, un entramado compuesto por palabras, que las palabras dichas son los hilos del entramado pero que entre hilo e hilo hay un hueco, un espacio que completa el receptor, por eso siempre un texto es incompleto y eso permite jugar con los significados y por eso un mismo mensaje significa cosas distintas para cada receptor. Viéndolo así, sería imposible contar algo completamente, por ejemplo: “...ingresé al baño, abrí la ducha y me bañé...” aquí el emisor eligió de la secuencia los puntos que para él son importantes, el receptor entiende la secuencia y la reconstruye a su modo, ahora podríamos tratar de completar la secuencia: “...giro el picaporte de la puerta del baño, lentamente se abre la puerta y rechinan sus bisagras, recordé que tengo que aceitarlas. Mi pie derecho pisa la cerámica azul del baño y mientras veo mi pie mi mano izquierda, de memoria encuentra la perilla de la luz y esta invade el interior del baño con su claridad amarillenta, allí veo la cortina verde de la ducha que está abierta y veo el jabón que se encuentra en la jabonera...” Sería imposible narrar completamente una secuencia, podría ser infinito si detallo todas las sensaciones y pensamientos, como mínimo, si me ajusto sólo a los actos, una secuencia que dura 15 minutos al narrarla tardaría 15 minutos, el receptor sin duda se aburriría esperando que termine.
Y esta breve reflexión nos lleva a otros temas que desarrollaremos más adelante, ahora volvamos a la clasificación de los textos según su trama y lo que permite esta clasificación es advertir la intención que se propone el emisor con su mensaje. Como hemos visto cuando desarrollábamos el circuito de comunicación un emisor siempre que se comunica tiene al menos una intención y también intenciones ocultas. El receptor adivina intenciones para interpretar el mensaje y una de las cosas que el emisor y receptor comparten es darse cuenta el tipo de texto o trama que el emisor está construyendo y ello es importante porque determina una actitud en el receptor.
Si un emisor dice: “Hola, cómo andás.” El receptor interpreta que es interpelado y que debe emitir un mensaje y seguramente tendrá una trama similar a la anterior. Si uno de los dos comienza un nuevo texto así: “Bueno, cuando yo era chico iba caminando por...” el receptor quedará expectante porque sabe que ese emisor contará algo, y que todo adquiere un significado al final del relato, sabe eso el receptor, por eso escucha y espera ansioso el final. Las intenciones del emisor permiten clasificar los textos en cinco grupos diferentes: descriptivo, narrativo, dialogal, argumentativo y explicativo.


El texto descriptivo

Aquí el emisor tiene la intención de decir cómo es un objeto, una persona o un suceso. Decir cómo es algo pocas veces es un texto solitario, este texto por lo general se inserta en otro tipo de texto, por ejemplo en una narración. Toda descripción es una pausa, por ejemplo en una narración, un cuento, la descripción se convertirá en una pausa y es muy importante usarlas debidamente porque una pausa implica suspenso. Si pensás en una película, cuando está por ocurrir algo importante en el desarrollo de las acciones se genera suspenso con planos que son descriptivos, por ejemplo cuando va a ocurrir un crimen, la cámara se detiene en mostrar una puerta, un picaporte que se abre lentamente y la puerta se abre lentamente mientras que la víctima está distraída en otra cosa. Esta pausa es una descripción y en cine se llaman planos descriptivos. Lo mismo ocurre en un cuento y si el narrador, el emisor, detiene su relato para describir un paragua es porque ese paragua será importantísimo en el desarrollo de las acciones. En nuestra vida cotidiana usamos mucho el texto descriptivo y cuando abusamos de ellos nuestro receptor nos lo hará saber de inmediato porque nos interrumpirá, expresará de alguna manera que las pausas están de más. A continuación un texto descriptivo que está dentro de una carta que Cristóbal Colón escribió dando noticias de lo que encontró en su viaje.


Fragmento de:
Carta de Colón anunciando el descubrimiento

La gente de esta isla y de todas las otras que he hallado y he habido noticia, andan todos desnudos, hombres y mujeres, así como sus madres los paren, aunque algunas mujeres se cobijan un solo lugar con una hoja de hierba o una cofia de algodón que para ellos hacen. Ellos no tienen hierro, ni acero, ni armas, ni son para ello, no porque no sea gente bien dispuesta y de hermosa estatura, salvo que son muy temerosos a maravilla. No tienen otras armas salvo las armas de las cañas, cuando están con la simiente, a la cual ponen al cabo un palillo agudo; y no osan usar de aquellas; que muchas veces me ha acaecido enviar a tierra dos o tres hombres a alguna villa, para haber habla, y salir a ellos de ellos sin número; y después que los veían llegar huían, a no aguardar padre a hijo; y esto no porque a ninguno se haya hecho mal, antes, a todo cabo adonde yo haya estado y podido haber fabla, les he dado de todo lo que tenía, así paño como otras cosas muchas, sin recibir por ello cosa alguna; mas son así temerosos sin remedio. Verdad es que, después que se aseguran y pierden este miedo, ellos son tanto sin engaño y tan liberales de lo que tienen, que no lo creería sino el que lo viese. Ellos de cosa que tengan, pidiéndosela, jamás dicen de no; antes, convidan la persona con ello, y muestran tanto amor que darían los corazones, y, quieren sea cosa de valor, quien sea de poco precio, luego por cualquiera cosica, de cualquiera manera que sea que se le dé, por ello se van contentos. Yo defendí que no se les diesen cosas tan civiles como pedazos de escudillas rotas, y pedazos de vidrio roto, y cabos de agujetas aunque, cuando ellos esto podían llegar, les parecía haber la mejor joya del mundo; que se acertó haber un marinero, por una agujeta, de oro peso de dos castellanos y medio; y otros, de otras cosas que muy menos valían, mucho más; ya por blancas nuevas daban por ellas todo cuanto tenían, aunque fuesen dos ni tres castellanos de oro, o una arroba o dos de algodón filado. Hasta los pedazos de los arcos rotos, de las pipas tomaban, y daban lo que tenían como bestias; así que me pareció mal, y yo lo defendí, y daba yo graciosas mil cosas buenas, que yo llevaba, porque tomen amor, y allende de esto se hagan cristianos, y se inclinen al amor y servicio de Sus Altezas y de toda la nación castellana, y procuren de ayuntar y nos dar de las cosas que tienen en abundancia, que nos son necesarias. Y no conocían ninguna seta ni idolatría salvo que todos creen que las fuerzas y el bien es en el cielo, y creían muy firme que yo con estos navíos y gente venía del cielo, y en tal catamiento me recibían en todo cabo, después de haber perdido el miedo. Y esto no procede porque sean ignorantes, y salvo de muy sutil ingenio y hombres que navegan todas aquellas mares, que es maravilla la buena cuenta que ellos dan que de todo; salvo porque nunca vieron gente vestida ni semejantes navíos.


Algo para tener en cuenta:
Acabamos de leer un fragmento de la carta de un conquistador, así lo llamamos, es una descripción de personas y de situación, nuestra imaginación completa lo que no está narrado y la descripción nos permite imaginar cómo fueron pasando las cosas. Una breve actividad:

Trabajo 1
1-Buscar información sobre algún planeta o astro, prestar atención a sus características, a lo que por ahora sabemos.
2-Imaginar que sos un astronauta que llega a ese lugar con una tripulación que está a tu mando, en el lugar encontrás seres con vida.
3-Escribir una carta a tus jefes en la tierra detallando el hallazgo y lo que harán, en la misma debe haber descripciones, cómo son: el lugar, los seres encontrados y la situación.

Trabajo 2
1-Buscar una escena de “Los Simpson” en donde descubras que hay suspenso, observarla bien, tratá de mirar bien lo que te muestra mientras se produce el momento expectante.
2-Detallar bien todo lo que fue mostrando, sonidos, música, los objetos, personajes, partes que fueron enfocadas antes de que ocurra la acción esperada.
Tener en cuenta para este trabajo que en cine siempre hay suspenso, puede haber suspenso incluso en una escena de amor, en una escena violenta, en un viaje, por ejemplo: “un personaje va manejando su auto, se ve la calle, se ve la cara del conductor, se escucha el sonido de un teléfono, se ven los ojos del conductor que mira hacia el ruido, se vuelve a ver la calle y que el auto está en movimiento, se ve la mano del conductor que toma el teléfono, se ve nuevamente la calle...” Esta simple escena está plagada de suspenso y ese suspenso está logrado con todos esos planos descriptivos, están describiendo una situación y los objetos que en ella participan, es obvio que si en la película mostraran ese viaje y con ese suspenso es porque algo pasará allí. Lo vamos a dejar acá, por ahora, suerte con la escena que elijas, yo propongo “Los Simpson” porque me parece de fácil acceso, todos los días está en el aire en televisión, en Youtube, etc. Pero si vos preferís otra escena de película o serie, tendrá que estar en Youtube y copiás el link, para que yo luego pueda encontrarla.


Textos Narrativos

            Relatan acontecimientos, es una sucesión de acciones, una acción provoca otra y es consecuencia de otra anterior, veremos qué sucede con el orden. Si puedo contar el acontecimiento en el orden en que ocurrieron o si puedo contar todo desparramado, en el policial por ejemplo, vemos que se cuenta primero la última acción, “el crimen”, luego se va contando lo que había pasado antes.
Las acciones son importantes, son los nudos que llevan adelante la narración, si hablamos de acciones serán importantes los verbos, el uso correcto de los mismos permiten que el receptor interprete, ¿qué diferencia existe entre: cantó, cantaba, había cantado? Vos los usás perfectamente cuando le contás algo a tus amigos, pero prestar atención a estos detalles que los hacemos sin pensar nos permite ver el mundo de otras maneras. No nos vayamos de tema, un texto narrativo es contar acciones, contar es contar, cuando jugás a las escondidas y te toca contar ¿qué contás?: números y en un orden 1, 2, 3, 4, 5... muy bien, en una narración, ese orden se puede alterar y el que cuenta puede elegir qué cosas son más importantes y cuales ni siquiera vale la pena contarlas. Como ya vimos en la descripción, en la narración también elegimos los nudos claves: “me peiné, apagué la cocina y salí...”, allí tengo tres nudos en este relato, te darás cuenta que no conté muchas otras cosas: “dejé el peine, camine hacia la cocina, abrí la puerta...” esto último decidí no contarlo, ahora bien puedo alterar el orden y para ello debo usar correctamente los verbos: “salí, me había peinado y había apagado la cocina...” Cuando veamos verbos, veremos todo esto, pero está bueno ir pensándolo. Otra cuestión, siempre que hay una narración hay alguien que cuenta y ¿qué nombre le damos al que cuenta? ¿Cuentero?, puede ser, en nuestra materia le decimos NARRADOR, luego veremos la variedad de tipo de narradores que hay.
            Para ir observando que la narración es importante en nuestras vidas te presento un video de un mago y cuya magia está lograda a partir de su narración:

René Lavand: El gitano Antonio



René Lavand: El cumanés



Textos Dialogales


            Se compone cuando un emisor y un receptor alternan. Cuando dos o más personas plantean un tema a partir de la alternancia en la emisión de distintos mensajes. Un texto complejo puede estar compuesto por los textos de cada individuo, esto es lo que ocurre en una escena de teatro, habla cada personaje, cada personaje dice su mensaje pero ese mensaje unido al de los otros componen otro mensaje que es más complejo. En una conversación, el receptor identifica rápidamente que su actitud debe ser de respuesta inmediata, el emisor espera esa respuesta para continuar, por eso se interpela al receptor para que intervenga activamente.
El final de uno de los discursos se produce ante la interrupción del receptor que pasa a convertirse en emisor y convierte en receptor al que hasta entonces era emisor.
En el diálogo están las voces de dos o más interlocutores, tenemos que pensar que los tipos textuales se mezclan, es obvio que en un cuento predomina el texto narrativo, el que nos cuenta el narrador, pero no por ello descartamos las descripciones y los diálogos, allí los que dialogan son los personajes con su propia voz, distinta de la del narrador. En una obra de teatro o en una entrevista, va a predominar el texto dialogal pero puede aparecer un personaje que en su intervención cuenta algo, allí habrá un texto narrativo pero dentro del diálogo.
            A continuación tenés dos videos, en ambos hay texto dialogal pero en uno es el texto que predomina, en el otro dialogan los personajes pero los diálogos están dentro de una narración, allí predomina el narrativo y hay un narrador. Tratá de descubrir cuál es el tipo textual predominante en cada uno:

Leo Masliah: Problema de tiempo



Leo Masliah: La tragedia de ir a ver Titanic




Textos Argumentativos

            Cuando alguien argumenta, lo que hace es dar razones para convencer a su receptor de una idea, de una opinión, de una afirmación. Este tipo de texto lo construís a diario, todo el tiempo, cuando hablás, lo hacés contestando a otro texto o queriendo convencer al otro de que tenés razón, para ello usás estrategias, cuando acertás en las estrategias que usás, obtenés una especie de triunfo en tu discusión.
Cuando querés convencer a tu madre para que te deje hacer algo que ella se niega, construís texto argumentativo, ella si se mantiene en su postura también creará un texto argumentativo. Cuando un vendedor quiere venderte un auto tratará de convencerte de que ese vehículo vale mucho más del dinero que se pide, el receptor, como sabe que su emisor lo está queriendo convencer, sabe que dentro de su estrategia puede estar la mentira, son las reglas del juego, cuando veamos “La nota de opinión y el ensayo”, veremos más sobre argumentación y sus recursos. En el video anterior, donde había un diálogo, dentro de éste había una argumentación, ambos intentaban convencer a su interlocutor de algo. A continuación te presento una parodia de propaganda, una propaganda por lo general quiere convencer por eso estará compuesta por un texto argumentativo, allí el emisor quiere convencer a sus receptores de algo ¿de qué? Tratá de descubrirlo.

Omar Obaka: ¿Un país sin droga?



Textos Explicativos

            Como lo indica su nombre, el emisor intenta explicar. La explicación de un tema va a utilizar vocablos específicos a ese tema, por eso la explicación en muchos casos intenta descifrar el significado de cada palabra específica, lo que estás leyendo ahora está intentando explicar esta clasificación de tipos textuales y usamos palabras exclusivas y específicas como: argumentación, narración, narrador, emisor, receptor, descriptivo, etc. Conocer el significado específico de estas palabras forma parte de la explicación. Todos los textos escolares, el de los manuales que usás, que intentan explicarte un funcionamiento, un origen, un mecanismo, etc. serán textos explicativos.


lunes, 10 de septiembre de 2018

Publicidad y medios masivos de comunicación

La publicidad es una de las formas de comunicación escrita, visual y multimedia que buscan generar en el público un interés particular por una marca específica de productos o servicios. Es considerada, en la actualidad, una de las fuentes de mensajes cotidianos más presente en la vida del ser humano, y existe un debate constante respecto a los límites que debe imponérsele a la publicidad o los mecanismos de responsabilidad que debe atribuírsele a sus creadores.

Diferencias entre publicidad y propaganda
 Las distinciones entre la propaganda y la publicidad radican en que la primera busca incidir en la ideología y el modo de pensar de la población, por ejemplo, intentando convencer respecto a una decisión electoral o incluso implantar ciertas normas de conducta en la población o erradicar algunas consideradas nocivas.
La publicidad, en cambio, hace caso omiso al modo de pensar del posible público, ya que se interesa únicamente en fomentar la compra de un producto o en visibilizar los valores de la empresa que lo fabrica.

Tipos de medios de comunicación
La publicidad se vale de numerosos medios para alcanzar al público destino, a través de anuncios escritos, visuales, sonoros o audiovisuales. Podemos distinguirlos de la siguiente manera:
  • Escritos. Como anuncios de prensa, volantes, carteles, etc.
  • Visuales. Que combinan el texto con fotografías, dibujos o esculturas de diversa índole para captar la atención.
  • Sonoros. Típicos de la transmisión radial.
  • Audiovisuales. Como los anuncios que aparecen en la televisión o en Internet.
  • Experienciales. Pruebas gratuitas del producto, promoción persona a persona, etc.

El material aquí presentado fue extraído de:
https://www.caracteristicas.co/publicidad/#ixzz5Q4Vr2XCW



Para ir viendo

Es inevitable tener en cuenta lo que venimos desarrollando en clase con respecto a la comunicación. ¿Qué ocurre con el mensaje en los medios? ¿Con un mensaje hecho para muchos receptores al mismo tiempo? ¿Qué ocurre con las intenciones del emisor? ¿Qué ocurre con lo que adivina el receptor de esas intenciones? ¿Qué ocurre con la pasividad y la credulidad del receptor? Estas son algunas de las preguntas que debemos hacernos. Para encontrar algunas respuestas aquí tenemos el siguiente fragmento de una película.




Actividad:

1-Después de ver el video: Buscar una publicidad gráfica -diario, revista, afiche, volante-.
2-Detectar quién es el emisor y qué intención se propone.
3-Tiene imágenes, foto o dibujo o gráfico: ¿qué representa dicha imagen? ¿qué colores predominan? ¿tiene fondo, de qué color?
4-Tiene palabras: ¿cómo son las letras? ¿presenta textos largos o breves?
5-¿Qué ventajas promete el publicista  a quien adquiera el producto?
6-Teniendo en cuenta lo anterior: ¿A quién está dirigida la publicidad? ¿Se puede detectar si está dirigida a hombre, mujer, adultxs, jóvenxs, niñxs, a clases altas, a clases bajas, a alguna profesión específica, etc.?
7-Vos creés que la publicidad dice la verdad, o que es engañosa. Justificar, explicar por qué.
8-Buscar dos publicidades televisivas: una en la que descubras que te están engañando y otra en la que puedas creerle, ¿por qué en cada elección?

martes, 4 de septiembre de 2018

la noticia


Lo que caracteriza a este tipo de mensaje es la relación que se establece entre el emisor y el receptor.
Ya vimos que en los mensajes literarios al EMISOR lo mueven a comunicarse distintas finalidades, explicar cuando se trata de mito o leyenda, enseñar cuando se trata de cuentos populares, la belleza y el entretenimiento cuando aparece la escritura. En todos estos casos el receptor espera una ficción, el receptor se predispone a buscar significados ocultos en la ficción que presenta el emisor.
En el caso de la NOTICIA, el emisor quiere informar, por eso tratará de ser lo más claro posible, intentará que el mensaje no tenga muchos significados ocultos, que el mensaje sea lo más transparente y claro posible. Por su parte el receptor espera de ese tipo de mensaje que sea verdadero, espera verdades y se sentirá defraudado si descubre que el emisor de una noticia le está mintiendo.

A continuación tenés un video de una parodia de noticiero que se burla y exagera el modo de actuar y los defectos que vemos a diario en algunos periodistas.



La noticia gráfica

Uno reconoce una noticia gráfica a simple vista por sus elementos paratextuales:

Título o encabezado: se presenta el tema a ser tratado en una oración generalmente unimembre, es la tipografía más destacada y debe ser breve y conciso porque su intención es llamar la atención del lector. Como suele ser una oración unimembre no se utilizan verbos conjugados, muchas veces se los convierte en sustantivos, por ejemplo: MUERTE EN HURLINGAM, allí el verbo MATAR fue convertido en el sustantivo MUERTE.

Volanta: Suele ubicarse sobre el título y agrega información a éste, completa el sentido del titular llamativo.

Copete o bajada o primer párrafo: en un resumen de la información que tratará la noticia, al igual que la volanta cumple la función de completar el titular. Uno no podría leer diariamente 60 o 70 hojas de un periódico, para eso se utilizan estos elementos, el receptor lee los titulares, cuando le interesa uno, lee la volanta, selecciona y pasa al copete, aquella noticia de la cual quiere informarse con más detalle pasará a leer el cuerpo.

Cuerpo: Toda noticia necesita incluir la respuesta a las siguientes preguntas: ¿Qué ha sucedido? ¿Quiénes están involucrados? ¿Dónde sucedieron los hechos? ¿Cuándo ocurrió? ¿Cómo y por qué ha sucedido?

Imagen: puede tratarse de una foto, un dibujo, un gráfico que completa la información.  



lunes, 3 de septiembre de 2018

El texto argumentativo y la entrevista

En el fragmento de una entrevista Mohamed Alí contesta a una pregunta y allí construye un texto argumentativo. Detectar: ¿Cuál es su opinión? ¿De qué quiere convencer a sus interlocutores? ¿A quién dirige su respuesta? 
Dentro de su argumento utiliza recursos: detectar dónde hay ironía, comparación, hipérbole, cita, ejemplificación, refutación.






La entrevista


TIPOS DE ENTREVISTAS
1. Entrevista perfil o de personalidad. Su objetivo es presentar al público el retrato de un personaje.  El interés está centrado en la persona en sí, sus cualidades, sus opiniones, su trayectoria y biografía, tanto profesional como humana. Este tipo de entrevista admite una mayor libertad formal. Se pueden incluir comentarios y descripciones, así como intercalar datos biográficos del personaje abordado.
2. Entrevista de declaraciones, de información u objetiva. Su finalidad es informar al público de lo que una persona experta en una determinada materia o con un cargo relevante opina sobre un tema concreto. En este caso es el tema lo que está de actualidad.
3. Entrevista mixta. Es la que combina elementos de la entrevista de personalidad y de la de declaraciones.

ESTRUCTURA DE LA ENTREVISTA
1. Título. Debe ser atractivo. Si la persona entrevistada es conocida, basta con seleccionar como titular su nombre o una de las declaraciones manifestadas en la entrevista.
2. Presentación. El entrevistador ofrece información precisa sobre la persona a la que va a entrevistar o hace una breve introducción o resumen de lo que en la entrevista se va a tratar con las circunstancias o motivo de sus declaraciones.
3. Diálogo. Finalmente, se reproduce el diálogo entre el entrevistador y el entrevistado.


Trabajo práctico grupal: Entrevista y Texto Argumentativo

Curso:
Integrantes del grupo:
Tema elegido:
Título:

1. A partir del tema elegido buscar posibles personas a las que se podría entrevistar. Analizar qué tipo de entrevista conviene realizar. Realizar al menos una lista de 20 preguntas que podrían ser usadas en la entrevista.
2. Grabar el diálogo de la entrevista.
3. Elegir un título.
4. Organizar una presentación para la entrevista, puede ser una descripción del personaje, del tema a tratar, pueden usar preguntas que ustedes se hacen con respecto a determinado conflicto, etc. Grabar luego la presentación que será grabada en un nuevo archivo.
5. Realizar por escrito un texto argumentativo, una nota de opinión escrita por ustedes a partir de una opinión que ustedes tengan a partir del resultado de la entrevista. El texto tiene que tener:
            A. Una afirmación o una pregunta, una opinión sobre el tema que intentarán demostrar con el texto.
            B. Agregar al texto recursos:
-ejemplificación
-citas, [podés citar partes de la entrevista, a especialistas en el tema, etc.] recordar usar comillas para la voz del otro.
-refutación
-ironía
-comparación
-metáfora
-hipérbole
            C. Buscar un final convincente.

martes, 6 de marzo de 2018

la nota de opinión, el ensayo



Muchos profesionales del sector periodístico consideran que un artículo de opinión (de género periodístico) es un subgénero o una creación moderna de un ensayo, diferenciado por su temática de actualidad y corta extensión.
¿Qué es un ensayo?
En la literatura el ensayo es una composición escrita en prosa y por lo general breve, en el cual se expone la interpretación personal sobre un tema.
A continuación tenés tres ejemplos y en clase veremos que el texto argumentativo es el que se acomoda mejor al ensayo, argumentar es convencer, es un tipo textual que utilizás a diario, sin pensarlo vos construís este tipo de texto y usas muchos de los recursos que estudiaremos para convencer a tu interlocutor, algunos de ellos son: la refutación, la cita, ejemplificar, enumerar casos, la ironía, la burla, la comparación, y otros más. Ya verás que son recursos que utilizás con mucha frecuencia y va a ser muy fácil que los reconozcas.

Tres héroes [1882]
por José Martí

Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A todos: al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria. Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permiten que pisen el país en que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso; la llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama. En América se vivía antes de la libertad como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga, o morir. Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.


Roberto Arlt escribía en Diario El mundo un artículo diario que se titulaba Aguafuertes Porteñas, allí Arlt mostraba curiosidades de la ciudad. A continuación tenés dos de ellos, uno con su característico humor y el segundo cargado de melancolía o intentando ser objetivo, ¿te acordás qué era eso que llamamos objetividad? 
Arlt murió en 1942 a los 42 años, por eso podemos repasar mientras leemos eso de cronolecto, sociolecto y dialecto ¿te acordás que era?


Ni los perros son iguales
Roberto Arlt

He caído en la maravillosa casa de pensión. El edificio amenaza venirse abajo de un día para otro, pero el patio está tan lleno de plantas, enredaderas y parras, palomas, pollos y pájaros, que no cambiaría mi cuartujo con reja de hierro por todo el Pasaje Güemes. La patrona es gorda, centrina y tuerta. Uno de sus chicos debe tener mal las glándulas de secreción interna; otro es bisojo, en fin: es un caserón estupendo que me recuerda al Arca de Noé. Es una antigua casa de Flores, y cuando se nombra a Flores, hay que sacarse el sombrero porque es la más linda parroquia de la capital. Lástima que han echado a perder la iglesia, pintándola y poniéndole un pararrayos dorado en la cabeza de un santo. Eso es un escándalo, que si yo fuera arzobispo corregiría de inmediato.
No nos vayamos por las ramas y al grano. En la maravillosa casa que se viene abajo, además de las palomas, pollos, pájaros y otros bicharracos con plumas, cuyo nombre zoológico ignoro, habitan dos perros que son exclusiva propiedad de la patrona.
Un perro se llama Chaplin y el otro se llama Guitarra. Chaplin y Guitarra no se llevan bien, por lo que observo.
Chaplin es perro mocito, con barbas en el hocico; barbas ralas todavía. Eso no le impide ser bien educado. En cuanto me vio por primera vez, saltó a mi encuentro ladrándome. La patrona le dijo un autoritario «¡Cucha Chaplin!», y Chaplin, tratando de congraciarse conmigo, bajó la cabeza, me husmeó la punta de los zapatos y meneó la cola.
En su entendimiento de perro respetuoso de las leyes que rigen la vida de la sociedad, se hizo nítido el concepto de que yo era un favorecedor de su ama, y como a tal me miró y luego me agasajó, solidarizándose por completo con su patrona, que me enumeraba todas las bellezas de una cama con pulgas y de un sofá cubierto de tela dorada que es una maravillosa incubadora de pulgas. A medida que la patrona se enternecía describiéndome su pulposo sofá, Chaplin meneaba más y más intensamente la cola, como si quisiera darme a entender que él, en su calidad de perro delicado, también había apreciado las condiciones de melifluidad y blandura del sofá.
A la noche, cuando fui a cenar, compareció Chaplin. Me miró, movió su cola a modo de «buen provecho», y luego se escurrió para no ser inoportuno.
Al día siguiente, cuando terminaba de almorzar, pasó Guitarra. Guitarra es petizón, de color zaino, hocico ratonero. Me miró de reojo y siguió de largo. «Vení Guitarra», le dije, pero como si no lo hubiera llamado. Volvió la cabeza como para largar un tarascón, y se metió en el comedor.
«Mal sujeto este perro», pensé, y sentándome en una hamaca, me quedé contemplando beatíficamente las palomas metidas entre el verdor de las enredaderas.
Al rato, grave y escurridizo, tornó a pasar Guitarra. Quería mirarme, pero no demostrarme su deseo de que me observaba, y como quien no quiere la cosa dio un rodeo frente a mi hamaca, mientras con el rabo del ojo me soslayaba broncoso. Nuevamente, cordial, le dije:
—Vení, Guitarra, vení.
Pero como si lo hubiera insultado, o quisiera quitarle un hueso, dobló bruscamente la cabeza y apresuró el movimiento de sus cortas patas.
No habían transcurrido diez minutos, y ¡vuelta a pasar Guitarra! Esta vez, digno, sin mirar. «¡Maldito perro! —pensé—. Se está haciendo el interesante». Y ya no volví a decirle nada.
Creo que debió ofenderle mi silencio, porque regresó pocos minutos después; dio un rodeo más extenso que nunca al llegar al lugar donde yo me daba mi baño de sol, y para que no quedara duda alguna de que él, Guitarra, me despreciaba cordialmente, descubrió el belfo mostrando la brillante curvatura de los dientes. Y yo me quedé pensando:
—He aquí que Chaplin y Guitarra son dos temperamentos distintos. Chaplin es cordial, respetuoso, amable. Chaplin, si fuera hombre, pertenecería a la sociedad. Los Amigos del Arte o de la Ciudad; en cambio, Guitarra es pesimista. Debe de haber recibido más de un puntapié de los pensionistas, y su entendimiento de can con experiencia le ha enseñado a desconfiar de los hombres y a mantenerse en una soledad agria, en un aislamiento que no transa ni con la dulzura de las palomas, porque en cuanto una de estas se acerca a él, Guitarra, súbitamente broncoso, le tira un mordisco, no sin cerciorarse previamente con una rápida mirada si el patrón lo puede ver.
Guitarra vive orgullosamente solo. Prescinde de afectos. Está en el caserón como si se encontrara en la selva o en el destierro. Va y viene con independencia absoluta mientras que Chaplin, fijándose cómo su amo convierte en liebre a un gato, levanta la cabeza con los ojos lustrosos de cordialidad.
Y mientras las palomas se arrullan entre las glicinas, y los pollos picoteaban la tierra, me he quedado pensando que ni los perros son iguales, que cada bestia tiene carácter distinto, tan distinto que de pronto, al ver que un pollo lo echa a otro tan grande como él a picotazos, me pregunto:
—¿Por qué ese pollo, aparentemente fuerte como el otro, ha huido de este que se queda disfrutando solo un canterito de pasto? Si los pollos pudieran dividirse la tierra, este pollo autoritario y cabrero y el otro… ¡vaya a saber lo que sería!



Y de paso algo para investigar: ¿Quién era Severino Di Giovanni? ¿Qué es anarquismo? 
El formato en este caso es distinto, presenta elementos paratextuales distintos a los anteriores, marcarlos y averiguar cómo se llaman.



He visto Morir…
Por Roberto Arlt
El reo, no es el que muere en la hoguera, sino el que la enciende.
William Shakespeare

Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía

Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
“..de acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…”
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huida hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
“..artículo número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…”
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
“..estamos probando… apercíbase al teniente… Rizzo Patrón, vocales… tenientes coroneles… bando… dése copia… fija número…”
Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
“..Dése vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…”

Habla el Reo

—Quisiera pedirle perdón al teniente defensor…
Una voz: —No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
—Venda no.
Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.
Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
—Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
—¡Viva la anarquía!
—¡Fuego!
Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas.
Fogonazo del tiro de gracia.

Muerto

Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:
—Está prohibido reírse.
—Está prohibido concurrir con zapatos de baile.


domingo, 4 de marzo de 2018

Horacio Quiroga y Edgar A. Poe

Cultores de lo que se llamó el cuento moderno. ¿Qué es la realidad? ¿Qué es la verdad? Ambos autores tuvieron vidas y muertes trágicas, sus vidas atormentadas quedaron reflejadas en sus obras. Herederos de la corriente filosófica conocida como positivismo, donde se parte de una verdad aceptada para convertirse en ciencia, es decir verdad que debe ser demostrada. En Poe por ejemplo, dio origen al formato de cuento que aún se sigue usando, algo sumamente misterioso y finalmente se descubre, así encontró su forma el policial y el cuento extraño, muchas veces las explicaciones provienen de la psicología del personaje, muchas veces convertido en narrador. Quiroga, que conocía la obra de Poe, produjo textos extraordinarios, donde la tragedia se hace presente en el destino del protagonista.
En clase veremos qué es eso de tragedia, ¿qué es la realidad, la verdad, la verosimilitud? Cuáles son sus diferencias.



A la deriva
Horacio Quiroga

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse, con un juramento vio una yararacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque. El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras. El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violeta y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho. El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba. –¡Dorotea! –alcanzó a lanzar en un estertor–. ¡Dame caña! Duración 9’56’’ 151 Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno. –¡Te pedí caña, no agua! –rugió de nuevo–. ¡Dame caña! –¡Pero es caña, Paulino! –protestó la mujer, espantada. –¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo! La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta. –Bueno; esto se pone feo... –murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo la carne desbordaba como una monstruosa morcilla. Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta, que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo. Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú—Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito –de sangre esta vez– dirigió una mirada al sol, que ya trasponía el monte. La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría llegar jamás él solo a Tacurú—Pucú y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados. La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho. –¡Alves! –gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.– ¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! –clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva. El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde 152 las orillas, bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás, siempre la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única. El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración. El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú—Pucú. El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona, en Tacurú—Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje. ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay. Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración... Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un Viernes Santo... ¿Viernes? Sí, o jueves... El hombre estiró lentamente los dedos de la mano. –Un jueves... Y cesó de respirar.


La gallina degollada
Horacio Quiroga

Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.
El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí!… ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que…?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más.
Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba más!… —murmuró.
—¿Qué no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir…
—¡Berta!
—¡Como quieras!
Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces…?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto!
—Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti… ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste?…
—¡Nada!
—¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación… Rojo… rojo…
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama—le dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.


El barril de amontillado
Edgar Allan Poe

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.
—Querido Fortunato —le dije en tono jovial—, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.
—¿Cómo? —dijo él—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
—Por eso mismo le digo que tengo mis dudas —contesté—, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
—¡Amontillado!
—Tengo mis dudas.
—¡Amontillado!
—Y he de pagarlo.
—¡Amontillado!
—Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá…
—Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
—Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.
—Vamos, vamos allá.
—¿Adónde?
—A sus bodegas.
—No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi…
—No tengo ningún compromiso. Vamos.
—No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.
—A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.
—¿Y el barril? —preguntó.
—Está más allá —le contesté—. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
—¿Salitre? —me preguntó, por fin.
—Salitre —le contesté—. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
—¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!…!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
—No es nada —dijo por último.
—Venga —le dije enérgicamente—. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi…
—Basta —me dijo—. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
—Verdad, verdad —le contesté—. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
—Beba —le dije, ofreciéndole el vino.
Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
—Bebo —dijo— a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
—Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
—Esas cuevas —me dijo— son muy vastas.
—Los Montresors —le contesté— era una grande y numerosa familia.
—He olvidado cuáles eran sus armas.
—Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
—¡Muy bien! —dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
—El salitre —le dije—. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos…
—No es nada —dijo—. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
—¿No comprende usted? —preguntó.
—No —le contesté.
—Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
—¿Cómo?
—¿No pertenece usted a la masonería?
—Sí, sí —dije—; sí, sí.
—¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
—Un masón —repliqué.
—A ver, un signo —dijo.
—Éste —le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
—Usted bromea —dijo, retrocediendo unos pasos—. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
—Bien —dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
—Adelántese —le dije—. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi…
—Es un ignorante —interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.
—Pase usted la mano por la pared —le dije—, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
—¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
—Cierto —repliqué—, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
—¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
—El amontillado —dije.
—¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
—Sí —dije—; vámonos ya.
—¡Por el amor de Dios, Montresor!
—Sí —dije—; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:
—¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
—¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!


La máscara de la muerte roja
Edgar Allan Poe

La “Muerte Roja” había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.
Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.
A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una sensación angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, se alzó al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
—¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, se acercó impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.


El Canon Miserable

Episodio número 12, especial por el festejo de la independencia, cuentos, un mensaje desde lejos y acordes que muestran un rumbo. E...